A lo largo de varios miles de años, otra media decena de sistemas había enmudecido. Se encontraban en la misma región galáctica remota que el primero. Empero, nadie se había preocupado. Se supuso que formarían parte del mismo experimento social.
Cien, mil, diez mil; hubieron de silenciarse cien mil colonias para que la humanidad volviera la cabeza y se fijara. Antes de emprender acción alguna, la cifra había ascendido a más de un millón.
Aun entonces, las sondas superlumínicas de ondas-S provocaban más curiosidad que preocupación. Eran educadas solicitudes de respuesta: ¿Estáis bien? ¿Podemos hacer algo por vosotros?
A esa pregunta, y a cualquier otra forma de acercamiento directo e indirecto, las colonias respondían siempre iguaclass="underline" con el silencio. Humanos, compuestos, naves, señales sub y superlumínicas: lo que fuera que se enviara jamás volvía. Un silencio de millones de años había empezado a extenderse por la galaxia.
Melissa estaba detallando esa propagación, sistema por sistema, milenio a milenio, cuando Drake la interrumpió.
—Vale, estoy de acuerdo contigo. El papel que te he asignado no tiene sentido. De modo que cambiémoslo: Puesto que no sabemos nada del Shiva, tú y yo nos ocuparemos de averiguar algo.
Sabía que estaba sobre la pista adecuada. Por uno u otro medio, ya fuera gracias a la habilidad, el subterfugio, la traición o el flagrante asesinato, tenían que recabar información relacionada con el Shiva. Se alegró de que Melissa le ahorrara la pregunta evidente: ¿Cómo?
Drake ya no tenía componentes orgánicos. Su consciencia no necesitaba comer ni dormir. No había ningún motivo por el que no pudiera trabajar de sol a sol, hasta el último segundo de cada día. ¿Era, entonces, tan sólo su propia obstinación lo que imponía un ritmo circadiano a sus actos, incluyendo «día», «noche», «sueño» y «comidas»?
Pensaba que no. Su conducta tenía lógica: puesto que esta era no había conseguido resolver el problema del Shiva, su valor, si es que tenía alguno, debía de residir en el hecho de que era un salvaje escapado de los primeros tiempos de la humanidad; cuanto más lograra conservar esos rasgos arcaicos, más probable sería que pudiera ofrecer algo nuevo —o viejo— y diferente.
Estableció un régimen de trabajo. Organizaba «informes al desayuno», «almuerzos de trabajo», «sesiones de planificación estratégica» todas las «tardes» y «asambleas al finalizar la jornada». Prefería los grupos pequeños, no más de dos o tres personas a la vez. Insistía en tomarse descansos de todo el mundo, para poder estar a solas y meditar las cosas.
A la enorme masa de compuestos, con sus diecinueve capas, no le gustaba esa actitud. Podía sentir su impaciencia como una presión invisible transmitida a través de sus seis elegidos. Envió su propio mensaje: Haré las cosas a mi manera, o no haré nada.
Le hizo falta sangre fría para mantener su palabra después de su primera reunión con Par Leon y Cass Leemu.
—Hace treinta y tres millones de años que descubrimos los primeros indicios del Shiva —dijo Leon—. En la actualidad, el cómputo total de colonias conocidas que han sido silenciadas está entre los noventa y siete y los noventa y ocho miles de millones. No incluyo las colonias que se encuentran en partes de la galaxia alejadas de la región afectada, que supuestamente han renunciado a toda interacción por otros motivos. Si quieres conocer la cifra exacta… —Ante la impaciente y muda negativa de Drake, continuó—. Indican la extinción, o el silenciamiento, al menos, de casi tres mil colonias al año. Pero esa cifra es sumamente equívoca. El proceso comenzó lentamente y ha estado creciendo de forma exponencial. En el último año, como a ti te gusta medir el tiempo, se ha perdido el contacto con casi setenta y cinco mil colonias. Doscientas al día, una cada siete minutos. Estas son sus localizaciones.
La gran espiral de la galaxia refulgió en el aire ante ellos. Le habían arrancado un bocado. Al filo de ese sector oscuro centelleaban miles de puntos naranjas. Resaltaban una fina frontera entre la luz y la oscuridad.
—Y ahora mira esto. —Los puntos naranjas se desvanecieron y fueron reemplazados por otro conjunto un diminuto paso más cerca del centro galáctico—. Estas, según nuestras estimaciones, son las colonias donde se espera que aparezca el Shiva a continuación.
Parecía un cambio insignificante. En comparación con toda la galaxia, lo era; pero Drake no se dejó engañar. Siete mil quinientos sistemas estelares o colonias del espacio libre, despojados de todo contacto humano.
—¿Qué están haciendo los compuestos al respecto?
No esperaba ninguna respuesta práctica, y no la obtuvo.
Par Leon se limitó a frotarse la barbilla y poner cara de circunstancias.
—¿Hacer? ¿Qué podemos hacer?
—Bueno, por lo menos, podrías avisar a las colonias.
—Pero si ya lo saben. Hace cientos o incluso miles de años que lo saben.
—¿Y se quedan ahí plantadas, de brazos cruzados?
—En absoluto. Muchas se han trasladado más cerca del centro galáctico.
—Vale. Así que seguiréis moviéndoos… hasta que dentro de unos cuantos millones de años, el Shiva haya ocupado toda la galaxia. ¿Adónde iréis entonces?
Drake se volvió hacia Cass Leemu.
—Sé que llevará tiempo hacer un inventario de toda la tecnología humana, pero no podemos esperar. Debemos hacer algo ahora mismo. Coge la lista que tengas ya y escoge los diez ingenios de mayor densidad de energía. Querré repasar la lista completa, pero no esperes por mí. Reúnete con Mel Bradley y envía mensajes de ondas-S superlumínicas a las siguientes colonias que aparecen en la lista de Leon. Diles que procuren tener esos diez ingenios preparados cuanto antes. Diles que pronto les enviaremos otro mensaje de ondas-S, enseñándoles cómo hacer que los ingenios actúen como armas para repeler una invasión procedente del espacio.
Cass no vaciló.
—Tienes la lista encima de la mesa, delante de ti. —Apareció ahí de repente—. Puedes repasarla, en forma anidada interactiva. Puedes solicitar más detalles sobre cualquier parte.
Par Leon y ella se esfumaron. ¿Les había ordenado Drake que lo hicieran? Daba igual. Con los compuestos uno nunca sabía a ciencia cierta quién estaba haciendo qué.
Se concentró en el primer borrador de una lista de tecnología útil que había realizado Cass. Drake le había impartido ciertas normas de selección básicas para ordenar los ingenios según su posible valor: cualquier cosa que implicara enormes cantidades de energía, de cualquier tipo, cualquier cosa que ejecutara manipulaciones del tiempo y el espacio a gran escala; cualquier cosa que se pudiera emplear como escudo para repeler objetos o radiación; cualquier cosa capaz de realizar modificaciones planetarias o estelares. Por último —sabía que por ignorancia podía pasar por alto las defensas más importantes de todas— había encargado a Cass que incluyera cualquier cosa que ella pensara que podría ser absolutamente incomprensible para Drake.
En esa categoría parecían encajar más artículos que en cualquier otra. Los humanos, en forma compuesta y operando con o sin sus ayudantes inorgánicos, se habían vuelto sobrehumanos según los estándares de épocas anteriores. No parecía que hubiera nada que no pudieran hacer. Sabían cómo apagar y encender la luz de las estrellas. Podían crear agujeros negros en el espacio abierto, o utilizar los ya existentes a modo de fuente de energía. Podían construir colonias en el espacio libre del tamaño de todo el sistema solar. Podían enviar mensajes impulsados por frentes de ondas aceleradas a cientos de miles de años luz, de una punta de la galaxia a otra, en cuestión de horas. Podían proteger cualquier objeto de cualquier ataque, desde bombas de fusión a rayos de neutrinos.