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– Y entonces, ¿cómo pudo traducirlas?

– De la misma manera como el doctor Jeffries y sus colaboradores tradujeron algunas de las palabras desconocidas que seguramente encontraron en los papiros de Santiago… mediante la comparación con palabras conocidas dentro del texto, tratando de comprender el significado y el sentido que el escritor quería dar a sus palabras, y por analogía con las formas gramaticales conocidas. Lo que estoy diciendo es que con frecuencia resulta imposible expresar un lenguaje antiguo en palabras modernas. En tales casos, la traducción se convierte más que nada en un asunto de interpretación. Pero esta clase de interpretación puede conducir a cometer errores.

El abad se acarició la barba pensativamente, y luego continuó.

– El segundo escollo, señor Randall, radica en que cada palabra aramea puede tener varios significados. Por ejemplo, existe una palabra en arameo que significa «inspiración», «instrucción» y «felicidad». Un traductor tendría que decidir cuál de esas definiciones quiso emplear Santiago. La decisión del traductor es simultáneamente subjetiva y objetiva. Subjetivamente, debe evaluar la yuxtaposición de las diferentes palabras que aparecen en una o varias líneas. Objetivamente, debe tratar de ver que un punto o un rasgo que pudo haber existido alguna vez, podría encontrarse borrado ahora. Es tan fácil pasar por alto, calcular mal, cometer errores. Los seres humanos no somos omnisapientes, sino susceptibles a los juicios equivocados. Los traductores de la Versión del Rey Jaime del Nuevo Testamento trabajaron empleando antiguos textos griegos que se referían a Jesús como «su Hijo». De hecho, el griego antiguo no contenía una palabra como el posesivo «su», así que la Versión Común Revisada se corrigió para que dijera «un Hijo». Este cambio fue probablemente más preciso, y alteró el significado de la referencia a Jesús.

– ¿Pudo haber ocurrido algo semejante en esta traducción?

– Posiblemente. El arameo fue traducido de tal modo que dijera que «Nuestro Señor… hubo de caminar aquella noche a través de los abundantes campos del Lago Fucino, que había sido desaguado». Si se sustituye «campos del» por «campos alrededor del» o «campos cercanos al» y «que había sido» por «que sería», el significado cambia completamente.

– ¿Usted cree que sea posible que esas palabras hayan sido traducidas erróneamente?

– Creo que ésa es la explicación más factible.

– Y, ¿si no hubieran sido traducidas erróneamente? ¿Si ésta fuese una traducción correcta y precisa?

– Entonces consideraría yo que la autenticidad del Evangelio según Santiago estaría bajo sospecha.

– Y, ¿si estuvieran sólo mal traducidas?

– Consideraría que el nuevo evangelio es auténtico y que constituye el descubrimiento más trascendental en la historia del hombre.

– Padre -dijo Randall, inclinándose en su silla hacia delante-, ¿no cree que valdría la pena cualquier esfuerzo por averiguar si este evangelio es, en verdad, el más trascendental en la historia del hombre?

El abad Petropoulos parecía confuso.

– ¿Qué está usted tratando de decir?

– Estoy sugiriendo que vaya usted conmigo a Amsterdam mañana por la mañana, para que allí examine el papiro original y de una vez por todas nos diga si es que tenemos un descubrimiento verdadero o un hallazgo posiblemente falso.

– ¿Desea usted que yo vaya a Amsterdam?

– Mañana mismo. Con gastos pagados. Además, se haría una generosa contribución a su monasterio. Y, sobre todo, su autentificación pondría al Nuevo Testamento Internacional fuera de toda suspicacia.

El abad Petropoulos asintió con la cabeza pensativamente.

– Lo último es lo más importante. Sería, en realidad, obra de Dios. Sí, señor Randall, puedo hacer ese viaje. Pero no mañana.

– ¡Estupendo! -exclamó Randall-. ¿Cuándo puede hacerlo?

– Desde hace tiempo he estado planeando concurrir, como representante de nuestra república monástica de Monte Atos, a un concilio eclesiástico de la Iglesia Ortodoxa Griega, que será presidido por mi superior y amigo, Su Santidad, el Patriarca de Constantinopla. Es imperativo que yo asista a las sesiones junto con los metropolitanos de la Iglesia. Debemos hacer cualquier esfuerzo por unir más a nuestros cerca de ocho millones de fieles. La sesión de apertura del concilio se llevará a cabo en Helsinki dentro de siete días, y yo debo salir de Atenas rumbo a Helsinki dentro de cinco.

El viejo abad se puso en pie lentamente. Randall pensó que seguramente escondía una sonrisa detrás de su espesa barba.

– Así es que, señor Randall -continuó el abad-, he estado considerando la posibilidad de salir de aquí un día antes, dentro de cuatro días, para hacer una breve desviación. Después de todo, podría decirse que Amsterdam queda en camino a Helsinki, ¿verdad? Sí, iré allá para examinar el papiro original y decirle si se trata de un milagro o de un engaño… Ahora, señor Randall, debe descansar antes de la cena. Estamos preparando para usted nuestra especialidad favorita. ¿Ha probado el pulpo cocido alguna vez?

Randall había esperado que, al regresar a Amsterdam y a su empleo en el «Hotel Krasnapolsky» tres días después, encontraría a George L. Wheeler y a los otros cuatro editores furiosos por haberse ausentado sin el consentimiento de ellos.

En cambio, la reacción de Wheeler lo había tomado completamente por sorpresa.

En realidad, Randall había vuelto la noche anterior (había salido del Monte Atos al amanecer del lunes y había llegado a Amsterdam en la noche del martes) y había querido enfrentarse a Wheeler de inmediato, para continuar con la escena impostergable que le esperaba con Ángela Monti. Pero el viaje de regreso, la pérfida bajada de la montaña a horcajadas sobre una mula, la travesía en la lancha privada y luego en el vapor costero, el vuelo en avión de Salónica a París, el transbordo, el vuelo a Amsterdam y el recorrido en taxi desde el Aeropuerto Schiphol hasta su hotel, había sido más agotador que el viaje de ida.

Había regresado a su suite sucio, tambaleándose de fatiga y sin ánimos de enfrentarse a Wheeler o a Ángela. Estaba demasiado exhausto incluso para tomar una ducha. Se había dejado caer en la cama, quedándose dormido hasta la mañana siguiente.

Al dirigirse a su oficina en el «Krasnapolsky», había decidido que aún no estaba listo para discutir con Ángela. Primero lo primero, se dijo a sí mismo. Debían hacerse dos pruebas de fe; una acerca de la validez de la Palabra, y otra acerca de la honestidad de Ángela. Y era importante enfrentarse primero a la de la Palabra.

Desde el cuarto de recepción de las oficinas de los editores, Randall había hecho una llamada interna a Ángela, la había saludado, había ignorado su calurosa bienvenida y le había explicado que estaría ocupado con los editores todo el día (puesto que él sabía que en realidad no lo estaría y no quería verla cuando regresara a su oficina, le había pedido que hiciera una investigación en la Netherlands Bijbelgenootschap, la Sociedad Bíblica). En cuanto a una cita para esta noche, había estado evasivo. Le dijo que quizás estaría todavía ocupado, pero que él la avisaría.

Una vez hecho eso, se dirigió a la oficina de Wheeler preparado para lo peor, pero se llevó una sorpresa.

Impulsivamente, había hablado de un hilo, sin dar al editor oportunidad de que lo interrumpiera, diciéndole dónde había estado y qué había hecho durante los últimos cinco días.

Wheeler lo había escuchado con interés benigno y le había respondido de una manera casi congratulatoria.