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– ¿Cómo ése? -preguntó Randall incrédulamente-. ¿Qué hay con los demás? ¿Todavía están aquí?

– Sólo ése -dijo Wheeler, temblando con una mezcla de ira y frustración-. Todo lo demás está en su lugar. -Abriéndose camino entre Randall y Groat, fue a inspeccionar la cerradura de la enorme puerta de acero-. No hay señales, ni pintura descascarillada. No ha sido forzada.

Randall se dirigió al celador.

– ¿Cuándo fue la última vez que usted vio el Papiro número 9?

– Ayer por la noche -dijo el atemorizado Groat-, cuando cerré la bóveda para irme a casa. Todas las noches, antes de irme, reviso cada una de las gavetas para asegurarme de que cada espécimen esté en su lugar y estudiar la condición en que se encuentra, para saber si el aparato humedecedor está preservando adecuadamente los fragmentos.

Wheeler se dio la vuelta.

– ¿Ha venido alguien de visita desde anoche?

– No, nadie -dijo Groat-, hasta que usted y el señor Randall llegaron.

– ¿Y qué me dice de los guardias que Heldering mantiene en este lugar? -quiso saber Randall.

– Es imposible para ellos -dijo el celador-. No tendrían manera alguna de entrar. No saben la intrincada combinación de seguridad.

– ¿Quién conoce la combinación? -preguntó Randall.

Wheeler se interpuso entre los dos.

– Yo le puedo decir quién tiene acceso. Sólo somos siete personas. Groat, por supuesto, Heldering y los cinco editores: Deichhardt, Fontaine, Gayda, Young y yo mismo. Nadie más.

– ¿Pudo alguien haber robado la clave de la combinación? -dijo Randall.

– No -contestó Wheeler llanamente-. La combinación nunca se ha escrito sobre papel. Todos la sabemos de memoria. -Movió la cabeza-. Esto simplemente no pudo suceder. Es increíble. Es el misterio más extraño al que me haya enfrentado jamás. Tiene que haber una solución sencilla. Repito que no pudo suceder.

– Pero sucedió -dijo Randall- y, por coincidencia, falta precisamente el fragmento de papiro que nos interesa, el que bajamos a ver.

– Me importa un bledo de qué papiro se trata -interrumpió Wheeler-. No podemos permitirnos el lujo de perder un solo fragmento. Dios mío, esto podría ser un desastre. Ni siquiera somos dueños de los papeles. Pertenecen al Gobierno italiano. Son tesoros nacionales. Después de que el arrendamiento caduque, tendremos que devolverlos. Y esto no es lo peor. Lo peor de todo es que deberemos tener todos los papiros originales para respaldar y comprobar la validez de nuestro Nuevo Testamento Internacional.

– Especialmente el Papiro número 9 -dijo Randall en voz baja-. Ése es el que está en duda.

Wheeler frunció el ceño.

– No hay nada que esté en duda.

– Plummer y De Vroome afirmarán ante el mundo que éste sí lo está, y por consecuencia toda la Biblia, a menos de que el abad Mitros Petropoulos lo pueda ver y nos dé la respuesta.

Wheeler se golpeó la frente con la palma de la mano.

– ¡Petropoulos! Me había olvidado de él. ¿Cuándo llega a la ciudad?

– Mañana por la mañana.

– Pues, maldita sea, tendrá usted que aplazar su visita. Envíele un telegrama. Dígale que su examen tiene que posponerse. Dígale que estaremos en contacto con él en Helsinki.

El corazón de Randall se hundió.

– George, yo no puedo hacer semejante cosa. Petropoulos ya está en camino de Amsterdam.

– ¡Maldita sea, Steven, tiene que hacerlo! No tenemos nada que mostrarle. Y dejemos ya de perder el tiempo. Tengo que notificar a Heldering y a su personal… y a Deichhardt y a los otros. Nuestra labor principal es averiguar dónde está ese papiro y recuperarlo.

– La Policía de Amsterdam -dijo Groat-. Debemos llamar a la Policía.

Wheeler se giró para mirarlo.

– ¿Está usted loco? Si permitimos que toda esa maldita fuerza policíaca de la ciudad se entere de esto, estaremos perdidos. Sería el fin de nuestra seguridad. De Vroome se enteraría de todo, y nos sacaría la delantera. No, eso no lo podemos hacer. Nosotros tenemos nuestra propia fuerza policíaca, así que voy a poner a Heldering sobre el asunto. Todo el mundo dentro de Resurrección Dos (y esto tendrá que ser una labor interna) será interrogado severamente. Cada oficina y cada escritorio serán completamente registrados. Aun las habitaciones donde vive nuestro personal, todas serán escudriñadas, hasta que recuperemos ese papiro faltante. Groat, usted quédese aquí en la bóveda, y no se aleje. El guardia de seguridad también. Yo, yo voy a subir directamente a hacer sonar la alarma. Y usted… usted, Steven, notifíquele a Petropoulos que no lo podemos recibir, cuando menos no por ahora.

Diez minutos después, cuando Randall regresó a su oficina, todavía profundamente preocupado, había encontrado un sobre apoyado contra el calendario de su escritorio.

Era un cablegrama enviado desde Atenas.

Estaba firmado por el abad Mitros Petropoulos.

El abad se hallaba, en verdad, camino de Amsterdam, y con ansiosos deseos de examinar el fragmento. Llegaría mañana por la mañana, a las 10,50.

Randall gruñó para sus adentros. El experto entre los expertos, el restaurador de la fe, ya estaba en camino. Ya no podría detenerlo. Y ya no estaba el error hallado por Bogardus para mostrárselo. No había nada que mostrarle, nada.

Randall se sintió enfermo. No de frustración… sino de desconfianza.

A la mañana siguiente, habiendo llegado al Aeropuerto Schiphol con media hora de anticipación, Steven Randall se hallaba sentado a la barra de la cafetería, aguardando la llegada del abad Mitros Petropoulos en el vuelo de Air France al cual había transbordado en París.

Sorbiendo su café caliente (la tercera taza de la mañana), Randall contemplaba tristemente el quinteto de alegres lámparas globulares que se elevaba sobre la barra.

Se sentía más deprimido que nunca. No tenía idea de qué le podría decir al abad, salvo la verdad, acerca de la desaparición del Papiro número 9; verdad que los editores no querían que se supiera. A Randall no se le ocurría una sola mentira, así que había decidido decir la verdad y ofrecer infinitas disculpas por haber desviado al anciano sacerdote. Se podía imaginar la consternación de Petropoulos al enterarse del extravío. Y se preguntaba, además, si el abad abrigaría sospechas… las mismas sospechas que a él le carcomían el cerebro desde el día anterior.

Porque la larga búsqueda de ayer no reveló ningún indicio acerca del paradero del papiro extraviado.

Heldering y sus agentes de seguridad habían interrogado a todas las personas que trabajaban para Resurrección Dos en ambos pisos del «Gran Hotel Krasnapolsky». Además, habían hurgado por todos los rincones de cada oficina y sala de conferencias. Habían hecho una lista de todos los miembros del proyecto que no se encontraban en el hotel y los habían ido a buscar, comenzando con el doctor Knight, que estaba trabajando en el «San Luchesio», y terminando con Ángela Monti, que se encontraba en el «Hotel Victoria», después de haber regresado de su tarea de investigación. Incluso habían registrado el apartamento del señor Groat y, según Randall había oído, se habían colado a las habitaciones de Hans Bogardus mientras el ex bibliotecario se encontraba ausente.

El inspector Heldering y sus agentes no habían averiguado nada ni descubierto rastro alguno del Papiro número 9.

Los editores, que habían evitado el pánico y que no estaban dispuestos a rendirse, se habían encerrado en una oficina con Heldering hasta la medianoche. Para todos los involucrados, el misterio se había profundizado. Para Randall, sólo sus sospechas habían aumentado.

La noche anterior se había retirado, solo, a su suite del «Hotel Amstel» para cavilar. Había contestado sólo una llamada, la de Ángela, evadiendo sus preguntas acerca de qué era lo que estaba sucediendo y por qué la habían interrogado tan bruscamente. Randall le mintió diciendo que iba a tener una junta con los miembros de su personal en la habitación contigua, y le había prometido que la vería la noche siguiente, o sea esta noche. El encuentro con Ángela sería otro evento que le resultaría miserable, pero sabía que ya no lo podría posponer.