Sí, había cavilado la noche anterior, y todavía estaba cavilando, sentado en la cafetería del Aeropuerto Schiphol. Era demasiada coincidencia… la repentina desaparición de un papiro que estaba en duda… la víspera de la prueba final de autenticidad. Apenas se atrevía a hacer conjeturas acerca de cómo había ocurrido la desaparición. Constantemente tenía que recordarse a sí mismo que la pérdida del papiro era tan dañina para los cinco editores como para su propia fe. Sin ese fragmento, ellos eran vulnerables y él ya no podía tener fe. La desaparición simplemente no podía ser obra interna. Y sin embargo, tampoco podía ser obra externa, de ninguna manera.
Desafiando toda lógica, la sombra de la desconfianza, de la sospecha, permanecía en la mente de Randall.
Una voz se escuchó de nuevo por el altavoz del aeropuerto, pero esta vez llamándolo a él.
– Señor Steven Randall… Se solicita la presencia del señor Steven Randall en la inlichtingen…. en la mesa de información.
¿Qué podría ser?
Apresuradamente, Randall pagó su cuenta y salió de la cafetería, dirigiéndose a la mesa principal de información en la Sala de Llegadas de Schiphol.
Dio su nombre a una bella jovencita holandesa que estaba detrás del mostrador.
La joven buscó el mensaje y lo entregó a Randall.
Decía: «Señor Steven Randall. Comuníquese inmediatamente con el señor George L. Wheeler al "Gran Hotel Krasnapolsky". Urgentísimo.»
En pocos segundos, Randall se hallaba al teléfono, esperando que la secretaria de Wheeler lo comunicara con el editor norteamericano.
Randall afianzó fuertemente el auricular al oído, sin saber qué esperar, consciente sólo de una cosa: que el vuelo 912 de Air France, procedente de París y en el cual viajaba el abad Petropoulos, aterrizaría dentro de exactamente cuatro minutos.
La voz de Wheeler llegó al auricular… No era una voz ronca, ni rasposa, sino jubilosa como una campana…
– ¿Es usted, Steven? Le tengo buenas noticias. Las mejores. ¡Lo encontramos!… ¡Hemos localizado el papiro!
El corazón de Randall estaba agitado.
– ¿Lo encontraron?
– ¿Creería usted que no fue robado… que no fue sacado de la bóveda? Ahí estuvo todo el tiempo. ¿Qué le parece? Lo recobramos en un acto de desesperación. Ya no sabíamos qué hacer. Hace una hora, yo sugerí que buscáramos en la bóveda una vez más. Pero esta vez quería que todas esas gavetas de metal y vidrio fueran desmanteladas; que las sacaran y las desarmaran. Así que pusimos a trabajar a dos carpinteros, y cuando sacaron la gaveta 9 y la pusieron en el suelo, ¡lo encontramos, encontramos el papiro faltante! Lo que sucedió es que la parte de atrás de la gaveta se había aflojado y zafado, y el papiro, con sus flexibles hojas protectoras de acetato de celulosa, de alguna manera se había deslizado hacia atrás y había caído a través de la apertura que había en la parte posterior de la gaveta, quedando prensado y oculto contra la pared de la bóveda. Lo encontramos ahí colgado, y gracias a Dios que no había pasado nada; estaba intacto. ¿Qué le parece todo esto, Steven?
– Me parece muy bien -jadeó Randall-. Me parece estupendamente bien.
– Así que traiga al abad Petropoulos. El papiro está aquí, esperándolo. Estamos listos para recibirlo.
Randall colgó el auricular y recargó el brazo y la cabeza contra el teléfono, debilitado por el alivio.
Luego oyó la voz que venía del altavoz.
– Air France anuncia la llegada de su vuelo 912, procedente de París.
Se dirigió a la sala de espera donde los pasajeros salían de la aduana.
Estaba listo para recibir al abad, para enfrentarse a la verdad y… una vez más… a la fe.
Era una escena rara, pensó Randall.
Todo el grupo se encontraba dentro de la bóveda, en el sótano del «Hotel Krasnapolsky», habiendo estado allí, prestando atención en silencio, durante cuando menos veinte minutos. Todos estaban concentrados en la única figura que estaba sentada en la cámara, la de Mitros Petropoulos, abad del monasterio de Simopetra, en el Monte Atos.
El abad, con su gorro negro como de turco, enfundado en su túnica negra y con su blanca barba rozando la orilla de la mesa, estaba agachado sobre la hoja de papiro café que había sido sacada de su carpeta de celulosa y que ahora estaba prensada entre dos placas de vidrio. Petropoulos estaba completamente absorto en su examen de los tenues caracteres arameos escritos en estrechas columnas sobre el áspero meollo de papiro. De vez en cuando, casi abstraídamente, buscaba a tientas su gruesa lupa, acercándola a los ojos mientras se agachaba más sobre la mesa. En repetidas ocasiones se refirió a extraños libros de consulta, buscando luego su pluma estilográfica y haciendo anotaciones en una libreta de apuntes que tenía a un lado.
Detrás de él, a una distancia respetuosa, el doctor Deichhardt, George Wheeler, Monsieur Fontaine, Sir Trevor Young y el Signore Gayda observaban tensos y nerviosos. Más allá de los editores, el solemne y ahora calmado señor Groat esperaba.
Randall, rodeado por el doctor Jeffries, el doctor Knight, el profesor Sobrier y monseñor Riccardi, estaba de pie a la entrada de la bóveda, absorto en el suspense de aquel espectáculo de un solo hombre.
Randall pensó fugazmente si todos formarían parte de un velatorio. Miró su reloj. Ahora habían transcurrido veinticinco… tic tac… veintiséis minutos.
De pronto, el abad Petropoulos se movió. Su frágil cuerpo se enderezó, recargándose contra el respaldo de la silla.
– Muy bien -dijo firmemente, agarrándose la barba y volviéndose hacia los editores-, estoy satisfecho.
El silencio se había roto; sin embargo, nadie más habló.
El abad Petropoulos resumió:
– La discrepancia es explicable. Ha habido un pequeño error, un error comprensible, pero, no obstante, un error, en la lectura del arameo original y en su traducción. Una vez que se haga la corrección, nadie podrá dudar del texto. Su autenticidad está más allá de toda duda.
Los tensos y contraídos rostros de los cinco editores, como si fueran uno solo, se relajaron y brillaron aliviados.
Todos rodearon al abad, extendiendo la mano para felicitarlo, saludándolo con agradecimiento y felicitándose a sí mismos.
– ¡Maravilloso, maravilloso! -dijo el doctor Deichhardt, alardeando-. Ahora, hablemos del error que usted ha encontrado…
El abad Petropoulos tomó su libreta de apuntes.
– La oración dudosa había sido leída del arameo original por los traductores como: «Y Nuestro Señor, al huir de Roma con sus discípulos, hubo de caminar aquella noche a través de los abundantes campos del Lago Fucino, que había sido desaguado por órdenes de Claudio César y cultivado y labrado por los romanos.» Varios de los rasgos, las enroscaduras, los ganchos de la escritura, casi invisibles, deben haber sido pasados por alto, pero, al detectarlos, ofrecen diferentes palabras y cambian el significado. Correctamente leída e interpretada, la oración aramea en realidad se traduce como: «Y Nuestro Señor, al huir de Roma con sus discípulos, hubo de caminar aquella noche a través de los abundantes campos cercanos al Lago Fucino; que sería desaguado por órdenes de Claudio César y cultivado y labrado por los romanos.» Como ustedes ven, «a través de los abundantes campos cercanos al» había sido mal interpretado por «a través de los abundantes campos del», y «que sería desaguado» había sido mal interpretado por «que había sido desaguado».
El abad puso la libreta sobre la mesa.
– Así que su misterio está resuelto. Todo está bien. Señores, quisiera añadir que considero el haber visto este papiro de Santiago como uno de los acontecimientos más conmovedores de mi larga vida. Todo el descubrimiento marca un punto muy elevado en la historia espiritual del hombre. Este texto alterará, mejorándolo, el curso de la cristiandad. Agradezco a ustedes la oportunidad que me han brindado para acercarme tanto a la persona de Nuestro Señor.