– ¡Gracias, muchas gracias a usted! -exclamó el doctor Deichhardt, quien junto con Wheeler ayudó al abad a ponerse en pie-. Ahora -anunció el editor alemán-, iremos arriba para disfrutar de un almuerzo en celebración del acontecimiento. Usted, padre, debe acompañarnos antes de partir hacia su concilio en Helsinki.
– Será un honor -dijo el abad.
Wheeler había recogido la libreta de apuntes de Petropoulos.
– Yo llegaré un poco tarde. Será mejor que telefonee al señor Hennig en Maguncia. Tendremos que suspender el trabajo de encuadernación. Será necesario corregir las traducciones, componer los caracteres de toda la página e imprimirla nuevamente para cada edición.
– Sí, sí, debe hacerse de inmediato -convino el doctor Deichhardt-. Dígale a Hennig que no podemos retrasarnos. Pagaremos los costos adicionales del taller y el tiempo extra de los operarios.
Mientras comenzaban a salir de la bóveda, Randall y su grupo se hicieron a un lado para abrir camino al abad y a los editores. Al pasar frente a Randall, el abad se detuvo brevemente.
– Ahora podrá usted comprender, señor Randall, aquello que le dije cuando me mostró la fotografía del papiro allá en Simopetra. La fotografía no era tan clara. Por un lado, no tenía dimensión de profundidad y no revelaba ninguna muesca recalcada sobre el papiro. Con mucha frecuencia, para una persona como yo, que ha vivido entre estos documentos antiguos, el original ofrece lo que ninguna reproducción puede mostrar claramente.
– Sí, me alegra que haya podido ver el original, padre -dijo Randall-. Ciertamente ha ayudado usted a solucionar un problema grave.
El abad sonrió.
– Usted compartirá el crédito conmigo.
Al decir esto, el abad y los editores salieron, seguidos por Sobrier y Riccardi. Randall se encontró a solas en la bóveda con el doctor Jeffries, que estaba molesto, el doctor Knight, con su apariencia beatífica, y el bullicioso señor Groat.
– Un momento, señor Groat -exclamó el doctor Jeffries-. Antes de que guarde usted este papiro, déjeme echarle otro vistazo a esa confusión.
El doctor Jeffries caminó vacilante hacia el fragmento de papiro, que seguía prensado entre las dos placas de vidrio. Randall y Knight lo siguieron.
El doctor Jeffries se hallaba obviamente perturbado. Randall se daba cuenta de que la responsabilidad total de encabezar el equipo de traductores y aprobar la traducción final había sido de Jeffries. Habérsele encontrado semejante error había significado un rudo golpe para su orgullo. En ese instante Jeffries lo demostraba, recorriendo con los dedos su hirsuta cabellera blanca y arrugando la rosada nariz hasta que se tornó color carmesí. Se colocó su binóculo y observó el papiro.
Randall, que aún no había visto al controvertido papiro original, se acercó para echarle una mirada. Era una hoja bastante grande de antiguo papel oscuro, arrugada, moteada, delgada, con las orillas escamadas. Tenía dos muescas desiguales, como si las hebras del meollo hubiesen sido mordisqueadas pos lepismas. Lo más asombroso era la claridad de la escritura aramea. A simple vista y sin ser experto, Randall podía descifrar porciones completas de las apiñadas columnas.
– Umm… umm… no comprendo -musitaba el doctor Jeffries-. Nunca comprenderé cómo pude haber interpretado mal esa oración. Ahora, conforme la veo, parece tan distinta, tan clara, tan correcta para haberla traducido como el abad lo hizo. Unas cuantas manchas, por supuesto, pero, no obstante, debería yo haber visto las palabras correctamente. -Movió la cabeza con tristeza-. Debe ser mi edad; mi edad y mis ojos…
– ¿Usted tradujo esta sección? -inquirió Randall.
– Sí -suspiró el doctor Jeffries.
– Pero hubo otros cuatro en su comité, quienes comprobaron la traducción después de usted, doctor Jeffries. También ellos lo interpretaron mal.
– Umm… es verdad. No obstante, el error…
– El error -dijo el doctor Knight con divertida mueca- es que los colegas que trabajan con alguien tan eminente como el doctor Bernard Jeffries pueden sentirse intimidados por él. Si él da una opinión, se convierte en un decreto, en un mandato que los estudiosos menores temen contradecir o revocar. Digo esto sólo por el alto respeto que me inspira la erudición del doctor Jeffries.
El doctor Jeffries bufó.
– La erudición requiere de vista aguda, y la mía ya no lo es. De hecho, ya no realizaré proyectos semejantes -se giró para ver a su protegido. Ahora les corresponde a hombres más jóvenes, con ojos más jóvenes y mentes más ágiles. Florian, quizá renuncie pronto a mi cátedra en Oxford. Quizá me mude a Ginebra para asumir a otras responsabilidades, muy diferentes. Cuando renuncie yo, pedirán mi recomendación para un sustituto. Recordaré la promesa que le hice, Florian. Además, no puedo pensar en alguien que estuviera mejor capacitado que usted.
El doctor Knight inclinó la cabeza.
– Su buena opinión acerca de mí es todo lo que yo deseo, doctor Jeffries. Ha sido un día propicio -señaló el papiro-. Lo que importa, en realidad, es la maravilla y el portento de este hallazgo que, como dijo el abad, cambiará el curso de la cristiandad.
Randall también señaló el papiro.
– Doctor Jeffries, éstas son las líneas que el abad acaba de traducir, ¿verdad?
– Las líneas que causaron los problemas -dijo el doctor Jeffries-. Sí, ésas son.
Randall acercó la cabeza a sólo unos cuantos centímetros del papiro para examinar atentamente los pequeños caracteres.
– Asombroso -dijo-. Son mucho más claros, más fáciles de leer que la fotografía que yo tengo del fragmento -levantó la vista-. ¿A qué se deberá? Yo pensé que la fotografía infrarroja restauraba la escritura antigua que no podía ser descifrada, y que la hacía más clara que el original. ¿No es verdad?
– Temería generalizar -dijo el doctor Jeffries desinteresadamente.
– Creo que Edlund me lo dijo en alguna ocasión. Si eso es cierto, entonces, de hecho, la fotografía debería ser más clara y más fácil de leer que este original.
– Cuando uno busca la precisión, siempre se refiere al original -dijo el doctor Jeffries impacientemente-. No hay distorsiones. Bueno, no hablemos más de ese maldito asunto. Subamos a comer.
Los tres subieron en el ascensor al primer piso donde Randall, habiendo decidido omitir el almuerzo, dejó a los dos letrados de Oxford y regresó a su oficina. Al entrar al cubículo de la secretaria, se sintió incómodo de pensar que tendría que enfrentarse a Ángela antes del anochecer. Pero su escritorio se hallaba limpio y el cuarto vacío, y entonces Randall recordó que la noche anterior le había pedido a ella que hiciera otro trabajo de investigación en la Sociedad Bíblica Holandesa.
Reconfortado por el pensamiento de que podría estar a solas… libre de Ángela, Wheeler y los demás… entró a su oficina, se quitó la chaqueta, se aflojó la corbata, encendió su pipa y empezó a caminar lentamente alrededor del cuarto.
En la Zaal G, el comedor, los editores celebraban el acontecimiento.
Solo en su oficina, Randall no estaba de humor para festejos; todavía no.
Un escrúpulo, un presentimiento le machacaba todavía el cerebro, y él quería definirlo mejor. Hans Bogardus había ensombrecido el proyecto al descubrir un error en el evangelio de Santiago, y ahora un experto incensurable, venido desde Grecia, había explicado el error y proclamado que la nueva Biblia era original y auténtica. Todo esto era verdad. Sin embargo, lo que había sucedido mientras tanto era lo que inquietaba a Randall.
En el Monte Atos, el abad había estado renuente a emitir un juicio acerca de la fotografía del papiro en duda, pero en ese momento había pensado que estaba correctamente traducido. Así las cosas, Petropoulos había admitido que todo el Nuevo Testamento debería ser considerado sospechoso. Ahora, unos cuantos días después, el abad había estudiado el mismo papiro, en su original, y había emitido juicio absoluto en el sentido de que el arameo no había sido traducido correctamente y, por lo tanto, el Nuevo Testamento se hallaba fuera de toda sospecha.