– ¿Hubo algún herido?
– No, no; nada de eso. Afortunadamente, la casa se hallaba vacía cuando el fuego se inició. Todos nos encontrábamos en el «Kras», en una junta especial a la cual nos citaron por la noche.
– ¿Una junta especial por la noche? ¿Acerca de qué?
– Los editores la convocaron, pero sólo el doctor Deichhart y la señorita Dunn los representaron. Nos hablaron de la necesidad de trabajar con mayor rapidez. No tuvo importancia. Sólo una charla para levantarnos el ánimo.
– ¿Y el incendio se inició mientras ustedes estaban fuera?
– Sí -dijo Edlund sombríamente-. Un vecino vio salir el humo y llamó a la estación central de alarmas en el Nieuwe Achtergracht. Una bomba de incendios y un camión de escalera llegaron a los pocos minutos. A la hora que Paddy, Elwin y yo regresamos, las llamas habían sido apagadas, pero yo tuve que permanecer levantado mientras el jefe de bomberos y sus ayudantes trataban de determinar la causa.
Randall examinó el edificio.
– La casa parece casi nueva.
– El fuego fue controlado donde se inició, o sea en mi cuarto oscuro y mi taller, antes de que se extendiera. Pero causó graves daños, tanto al cuarto oscuro como al laboratorio.
– ¿Quiere usted decir que solamente sus talleres fotográficos se quemaron?
– Sólo eso. El fuego destruyó casi la mitad del cuarto oscuro, y parte del resto. Permítame mostrárselo.
Penetraron por el estrecho pasillo de entrada impregnado por olores de cocina, atravesaron una estancia de techo alto donde habían unos sofás de terciopelo verde y una vitrina tallada, y donde aún persistía un claro aroma a humo, y luego llegaron a un cuarto aislado, ubicado en la parte de atrás, donde el hedor a quemado era más penetrante.
Una pesada puerta de roble estaba abierta, hecha pedazos por las hachas y mellada la cerradura de combinación, similar a la que protegía la bóveda del «Krasnapolsky»; la madera de la parte interior se hallaba chamuscada y negra.
– Éste es mi cuarto oscuro y mi taller… o lo que queda de ellos -dijo Edlund-. No se podrá ver bien hasta que restauren la electricidad. Las luces rojas no funcionan ahora. Pero esta parte del cuarto se utiliza para revelar las fotografías, y para colgarlas y secarlas. Ésas son paredes de mosaico, y sobre la mesa de formica abro mis rollos de película; aquellos tanques sirven para… bueno, eso no es de interés para usted. Pero, ¿puede usted ver? La pared de la derecha y el equipo que había ahí están carbonizados. El muro de enfrente está casi totalmente quemado. Y la cortina que separaba esta área de mis habitaciones contiguas se consumió. Si me hace el favor de seguirme.
Edlund caminó cautelosamente a través del apestoso cuarto oscuro, seguido por Randall; pasaron junto a una máquina que tenía un pedal que había sido grotescamente derretido por las llamas, y entraron a otro cuarto donde restos de cámaras, reflectores y un archivo reventado se sumaban a la devastación.
Sintiéndose desamparado, Edlund examinó este segundo cuarto.
– Aparentemente, el fuego se inició aquí. ¡Qué revoltijo! En mala hora ocurrió este incendio. Tendré que trabajar veinticinco horas al día para reponer la pérdida.
– ¿Cómo se inició el fuego? -preguntó Randall.
– En un principio, el subjefe de bomberos insistió en que fue un acto de vandalismo. Le demostré que eso era imposible. Este cuarto oscuro… de hecho los dos cuartos… fueron especialmente diseñados y construidos en la parte remodelada de esta vieja casa, para proteger la zona por razones de seguridad. Como usted ve, no hay manera de entrar… Esos respiradores cubiertos son demasiado pequeños, así que sólo queda la pesada puerta de roble, que es a prueba de fuego. Usted la vio. La brigada de bomberos tuvo que hacerla pedazos para entrar con sus mangueras. Esa puerta no fue tocada previamente por maleantes, y ningún incendiario podría adivinar la combinación de la cerradura para abrir esta puerta, que es la única.
– ¿Cuántas personas conocen la combinación?
– Yo tengo la combinación, naturalmente -dijo Edlund-. Nadie más usa esta oficina. -Luego recapacitó-. Bueno, supongo que otras personas de Resurrección Dos deben conocerla también, puesto que ellos mandaron construir el cuarto oscuro. Supongo que el inspector Heldering tendrá la numeración del disco. Quizá también el doctor Deichhardt y los otros editores. No lo sé. Finalmente convencí al subjefe de bomberos de que no pudieron haber sido maleantes. No tenían manera de entrar.
– Y, ¿qué tal si los maleantes lograron entrar por conducto de alguien de Resurrección Dos?
Edlund miró a Randall.
– También he considerado eso, pero no tiene lógica. ¿Por qué desearía alguien del proyecto destruir nuestra labor?
– ¿Por qué lo desearía alguien, en verdad? -dijo Randall, casi para sí mismo.
– Así que los bomberos continuaron inspeccionando, y hasta hace un rato, cuando llegaba usted, el comandante de la brigada me entregó el informe. Aunque esto no sea absolutamente concluyente, el comandante cree que el fuego se inició debido a un corto circuito.
Edlund se tapó la nariz.
– Aquí apesta. Salgamos.
Salieron del cuarto oscuro hacia un corredor que quedaba más allá de la destruida puerta de roble. El hostigado fotógrafo ofreció a Randall un cigarrillo, y cuando éste lo rechazó, Edlund sacó uno de la cajetilla y lo encendió.
– Lamento mucho agobiarlo con mi pequeño trauma -le dijo-, especialmente cuando usted ha sido tan amable de haber venido a verme a mi casa por primera vez. Soy un mal anfitrión. ¿Tiene algún asunto de qué hablar conmigo, Steven?
– Sólo una cosa. -Señaló la carpeta de manila que llevaba consigo-. Quería echarle un vistazo al negativo de una copia fotográfica que usted me hizo… el negativo de la fotografía del Papiro número 9.
Edlund reaccionó completamente consternado.
– Pero eso era parte de lo que se perdió. Usted vio la habitación interior con los aparatos y el archivo arruinados. Mi juego completo de negativos, todos y cada uno, se consumió en el fuego. Ahora sólo quedan las cenizas. Así que, como usted podrá ver, no puedo complacerlo hoy. Pero esto no es tan grave. Ya he hecho los arreglos necesarios para tomar mañana nuevas fotografías de los papiros y el pergamino en la bóveda. El día siguiente tendré los nuevos negativos, y le podré mostrar el que usted desea ver. Así que eso no significa una pérdida para usted. No tenga preocupación.
– Eso no me preocupa -dijo Randall cuidadosamente-. Yo tengo un juego completo de copias sacadas de sus negativos originales. Sólo quería comparar la copia que yo tengo aquí del Papiro número 9 con su negativo original, para ver si la copia había sacado todo lo que hay en el negativo.
Edlund se hallaba desconcertado.
– Por supuesto que todo lo que había en el negativo está en su copia fotográfica. ¿Por qué no habría de ser así? Yo mismo me encargo del revelado y de las copias. Lo hago con mucho cuidado…
– Oscar, no me mal interprete -interrumpió Randall rápidamente-. No estoy poniendo en duda su trabajo. Es sólo que, bueno, al examinar nuevamente el juego completo de copias, antes de decidir cómo las usaríamos en nuestra campaña publicitaria, descubrimos que había una, sólo una, que parecía no tener la misma calidad… bueno, la misma claridad y precisión que las demás.
– ¿Cuál? ¿La número 9? Eso no puede ser. Todas son iguales, de la misma calidad, hechas de la misma manera. La fotografía, ¿la trae consigo? Permítame verla.
Randall sacó de un sobre la copia brillante, ampliada a 28 por 36 centímetros, del Papiro número 9, y se la dio a Edlund.
– Ésta es.
El sueco hizo un brevísimo examen de la fotografía.
– No tiene nada de malo -dijo-. La misma calidad que las otras. Todo se ve claramente. Lo siento, Steven, pero esta copia no es diferente de las otras que yo hice.