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– ¿Tienes esas fotografías aquí? -le preguntó-. Estoy especialmente interesado en ver cualquier fotografía que tu padre haya sacado de los papiros de Santiago cuando los descubrió; o, mejor aún, acercamientos fotográficos de los papiros originales después de que fueron tratados químicamente y prensados entre vidrios.

Sí, Ángela había traído consigo a Amsterdam una variada colección de fotografías. Dirigiéndose al armario, sacó una caja de cartón, la abrió y dejó caer docenas de fotografías sobre la alfombra verde al centro del cuarto.

Ahora, media hora después, ambos se encontraban sentados en el piso, él sin la chaqueta y con las piernas cruzadas, examinando cada fotografía que ella le pasaba.

Para Randall, la memoria visual de la excavación resultó fascinante. Entre otras cosas, le ofrecía su primera imagen del profesor Monti; un hombre de baja estatura, corpulento y de edad avanzada, con el rostro gentil y angelical de un organillero italiano. Aparecían también varios obreros italianos, sudando bajo el ardiente sol romano en las trincheras de la excavación. Habían varias fotografías posadas de Ángela y de Claretta, su hermana mayor, que era más alta, más delgada y menos hermosa que Ángela, paradas junto a su padre en el campo del triunfo. Había algunas fotografías del profesor Monti mostrando sus descubrimientos, pero el escrito arameo de los papiros se perdía en la distancia que había entre el sujeto y la cámara. Había de todo, excepto lo que Randall buscaba.

Terminó de ver la última fotografía y levantó la vista.

– Muy bien, Ángela. Muchas de estas fotos serán útiles para nuestra campaña publicitaria. Las veré nuevamente durante el fin de semana y sacaremos varias copias de las mejores.

Los ojos de Ángela se fijaron en él.

– No pareces muy entusiasmado.

– Oh, son buenas. Supongo que yo esperaba… bueno… tal vez que tuvieras algunos acercamientos fotográficos de los papiros.

– Había algunos, si la memoria no me falla -dijo ella-. Mi padre solía sentarse a examinar ciertas fotografías durante horas, antes de que su hallazgo fuera autenticado y arrendado por el Gobierno italiano a los editores. Papá incluso tomó clases de arameo, así que podía leer los papiros con la misma facilidad con la que leía el italiano, el alemán o el inglés. Prácticamente los memorizó todos; cada palabra, cada rasgo. ¡Estaba tan orgulloso y enamorado de los papiros!

– ¿Dónde se encuentran esos acercamientos en estos momentos?

– No lo sé. Traté de hallarlos para traerlos conmigo a Amsterdam, pero no pude encontrar uno solo. Le pregunté a mi padre, pero él es el típico profesor distraído. No podía recordar dónde los había puesto. Yo supongo que no le importaba. Ya los había fotografiado en su cerebro. Tal vez los entregó en el Ministerio, donde a su vez probablemente los cedieron al doctor Deichhardt -Ángela se veía esperanzada-. Quizá le podrías preguntar al doctor Deichhardt.

– Sí, supongo que podría hacerlo.

– De todos modos, yo pensé que tú tenías tu propio juego, proporcionado por el señor Edlund.

– Solamente tengo… bueno, no importa. Sólo quería ver otras fotografías.

Ella lo miraba inquisitivamente y él evadió su mirada, ocupándose en recoger laboriosamente las fotografías esparcidas sobre la alfombra para regresarlas a la caja de cartón.

Cuando hubo terminado, Randall se dio cuenta de que Ángela todavía lo miraba fijamente.

– Steven -dijo ella tranquilamente-, ¿por qué has estado eludiéndome?

– ¿He estado eludiéndote?

– Sí. Algo ha ocurrido. ¿Cuándo volverás a amarme?

Él sintió que los músculos detrás del cuello se le ponían tensos.

– Cuando pueda volver a creer en ti, Ángela.

– ¿No crees en mí ahora?

– No -le dijo lisa y llanamente-. No, no creo en ti, Ángela.

Vaya. Por fin se lo había dicho. Se sintió aliviado y nuevamente disgustado, y con derecho a estarlo. Afrontó abiertamente la mirada de ella, en espera de sus protestas. Ángela no habló, ni dejó entrever reacción alguna. Su hermoso rostro permaneció inmóvil, salvo por varios pestañeos.

– Muy bien -dijo él-. Tú lo quisiste. Terminemos con el asunto de una vez.

Ella aguardó en silencio.

– No creo en ti porque ya no puedo creer en ti -le dijo-. Me engañaste la semana pasada, Ángela. Ya antes me habías mentido, pero había sido una mentira pequeña y sin trascendencia. Esta vez fue una mentira grande que pudo haber sido importante.

Randall esperaba una respuesta, pero no la hubo. Ángela parecía más triste que molesta.

– Me mentiste acerca del Monte Atos -continuó Randall-. Me dijiste que habías ido allí con tu padre para ver al abad Petropoulos. También dijiste que el abad había analizado los papiros y los había autenticado. ¿Lo recuerdas? Ésas fueron mentiras descaradas, Ángela. Lo sé porque yo fui personalmente al Monte Atos. ¿Sabías que estuve en el Monte Atos la semana pasada?

– Sí, Steven, lo sabía.

Randall no quiso indagar cómo ella se había enterado de su viaje. No quiso desviarse.

– Yo estuve en el Monte Atos, pero tú no. A ninguna mujer, a ninguna hembra se le ha permitido entrar a la Península Atonita durante más de mil años. Las mujeres están proscritas en ese lugar. Tú nunca estuviste allí, ni tampoco tu padre. Y el abad jamás ha visto a tu padre… ni había visto los papiros, hasta esta mañana. ¿Puedes negarlo?

– No, no puedo, Steven. No lo negaré. -Su voz era apenas un susurro- Sí, te mentí.

– Entonces, ¿cómo esperas que crea en ti… que confíe en ti… que crea cualquier otra cosa que me digas?

Ángela cerró los ojos, se los frotó con la mano y luego lo miró a él, angustiada.

– Steven, yo… yo no sé si puedo alcanzarte, penetrarte. Hay tanto en ti que es puro cerebro y nada de corazón. Sólo el corazón podría comprender que a veces una mentira es la verdad más pura que uno puede decir desde el fondo del alma. Steven, cuando me telefoneaste desde París, mi corazón podía escuchar y sentir esa parte tuya, de tu naturaleza, que más me preocupa y menos me gusta de ti.

– ¿Y qué es eso? -dijo él agresivamente.

– Tu cinismo. Tu cinismo irracional, defensivo y autoprotector. Tal vez implique una autoprotección para ti, Steven, y evite que tú salgas lastimado. Pero también es antivida, y yace entre tú y la vida y te impide recibir o dar amor profundo, amor verdadero. Una persona sin fe no puede amar. Te oí cuando me llamaste desde París. Me percaté de que nuevamente estabas dudando de la autenticidad del hallazgo de mi padre. Noté que estabas perdiendo la poca confianza que habías ganado. Otra vez te estabas convirtiendo en el Steven Randall que nunca pudo vivir cerca de sus padres, de su esposa, de su hija, de nadie. Ahí estabas, frente a una contundente evidencia de autenticidad, otorgada y sostenida por los estudiosos bíblicos más respetados y experimentados de todo el mundo, tratando nuevamente de desacreditar el milagro que mi padre había desenterrado en Ostia Antica. En París… en Atos… siempre buscando a alguien, incluyendo al propio demonio, que estuviera de acuerdo contigo para justificar tu cinismo. Pues bien, ya no lo pude soportar. Quise ponerle un freno a todo eso. No por consideración a mi padre, créeme, sino por ti. Así que dije lo que primero se me ocurrió. Yo recordaba el nombre del abad Petropoulos en el Monte Atos, porque yo había mecanografiado las cartas que mi padre le envió cuando sostenían correspondencia. Pero no sabía nada acerca del Monte Atos, así que caí en una mentira estúpida y disparatada. Sí, te mentí. Estuve dispuesta a mentirte, a decirte que habíamos estado en Atos… cualquier cosa… para impedir que trataras de arruinar la última cosa que podría dar significado a tu existencia. Era como si estuvieras neuróticamente obsesionado por la idea de realizar aquello en lo que De Vroome había fracasado… destruir a Resurrección Dos, la obra más importante en la vida de mi padre, una ardiente esperanza para la Humanidad y, finalmente, nuestra relación y tu propia vida. Eso es lo que traté de impedir, Steven; pero, obviamente, fracasé. Tú fuiste a Atos compulsivamente, y cuando el abad no estuvo de acuerdo contigo y nos apoyó a todos nosotros, todavía no quedaste satisfecho. Sean cuales fueren los hechos, probados y comprobados, tú tenías que insistir. Yo no sé tras de qué andas ahora, pero me acabo de dar cuenta de que tú no estás realmente interesado en estas fotografías. Tú andas tras de alguna otra cosa… y yo no sé lo que es… algo que te diga que tienes razón en continuar desconfiando y no creyendo. Te volvería a mentir con tal de detenerse. Te mentiría mil veces para impedir tu autodestrucción.