El día de hoy, durante la mañana y la tarde de este lunes, Randall no había trabajado para Resurrección Dos. Todo lo contrario (como Wheeler habría señalado, de haberlo sabido), Randall se había entregado a actividades opuestas a los intereses de sus engañados patrones.
Thad Crawford había resuelto lo que Wheeler (otra vez Wheeler, ¡maldito!) habría calificado como las treinta monedas de plata. Randall había recogido ya los veinte mil dólares en las oficinas de American Express, cerca de la Piazza di Spagna. El efectivo, en billetes de alta denominación, se encontraba en una caja de seguridad en el «Hotel Excelsior», listo para ser entregado a Lebrun a cambio de la prueba de su falsificación.
Antes de eso, habían llegado dos llamadas telefónicas de Sam Halsey desde París. La primera había sido para informar que después de mucho presionar al departamento de Prensa del Ministerio de la Defensa Nacional, su portavoz, renuentemente, había permitido a Sam examinar los documentos clasificados en el Service Historique de l'Armée en Vincennes. Allí, el guardián sí había cooperado. Revisó junto con Sam los antiguos archivos y le confirmó que, en efecto, había existido un regimiento formado por convictos voluntarios de la Guayana Francesa en el año de 1915 y que habían combatido en la Fuerza Expedicionaria de la Isla del Diablo, bajo el mando del general Pétain. Sin embargo, hubo una desilusión. En el registro de enlistados no existía «Lebrun, Robert». Lo más parecido a ese nombre, bajo la L, había sido un «Laforgue, Robert». Pero Sam aún no terminaba. Se iba a dirigir al Ministerio de Justicia para seguir hurgando, y ofreció a Randall que volvería a llamarle dentro de unas cuantas horas.
Sam Halsey había llamado por segunda vez en menos de una hora. Los empolvados archivos del Ministerio de Justicia, correspondientes a 1912, tampoco tenían registrado a ningún criminal bajo el nombre de «Lebrun, Robert». Pero con su olfato de reportero, y sólo por no dejar, Halsey había buscado ese otro nombre similar, el nombre de «Laforgue, Robert».
– Lotería, Steven… encontré un falsificador, un criminal con cinco alias, uno de los cuales era… escucha esto, amigo mío… «Lebrun, Robert», sentenciado a cadena perpetua en la colonia penal de la Guayana Francesa, en 1912.
Así que Lebrun había dicho la verdad. A pesar de lo que Wheeler decía, a Lebrun no se le había sorprendido en una sola falsedad, por lo menos hasta ahora. La creencia de Randall en la historia de la falsificación y en la evidencia que esperaba, se había fortalecido por completo.
Confiadamente, Randall había bajado al Café Doney diez minutos antes de las cinco para aguardar la llegada de Robert Lebrun.
Randall dejó de lado sus divagaciones y se concentró en el presente, en la proximidad de su pesquisa. Miró su reloj, e instantáneamente se sintió inquieto y ansioso por lo que las manecillas le indicaron. Eran exactamente las cinco veintiséis. Echó una ojeada alrededor, buscando nuevamente. La acera estaba abarrotada. Tantos extraños, tantos rostros diferentes… pero ninguno era el rostro de la persona que estaba indeleblemente marcada en su cerebro.
Ya habían pasado 30 minutos de la hora que Robert Lebrun había fijado inequívocamente para su encuentro.
Randall se concentró en el continuo desfile de peatones que se movían incesantemente; en los hombres, en los ancianos, previendo el salto de entusiasmo que daría cuando viera al encorvado viejo, con su andar desgarbado, el cabello teñido de color castaño, los anteojos con cristales oscuros y aros de metal, sus astutas facciones corroídas y carcomidas por el tiempo, y arrugadas como una ciruela pasa… el hombre que traería dos objetos que vender: primero, un pequeño paquete con un devastador fragmento que contenía en tinta invisible el alarido del fraude y luego, otro paquete, más voluminoso, con una pequeña caja de acero en la que estaban las desoladas porciones de un antiguo rompecabezas y el réquiem para Santiago el Justo y Petronio el centurión.
Los minutos seguían pasando y el hombre no se veía por ningún lado.
El Campari de Randall permanecía intacto sobre la mesa, pero éste finalmente lo tomó y se lo bebió hasta el fondo.
Todavía no aparecía Robert Lebrun.
Poco a poco, Randall se fue descorazonando. Sus grandes esperanzas se habían derrumbado, se habían convertido en un desastre interno, y a los cinco minutos después de las seis de la tarde, sus esperanzas desaparecieron por completo.
Wheeler se lo había advertido: Él no irá a usted, Steven. Y Lebrun no había venido.
Randall se sintió abrumado, engañado e indignado. ¿Qué le había ocurrido a ese hijo de puta? ¿Había temido entregar sus pruebas? ¿Había cambiado de parecer? ¿Había decidido que no podía confiar en su nuevo socio, retractándose del compromiso? ¿Había negociado por otro lado, buscando una mejor oferta y recibiéndola? O, ¿a sabiendas de que estaba meramente perpetrando otra estafa, había sentido dudas de última hora?
Fuera cual fuese la respuesta, Randall tenía que saber por qué Robert Lebrun no había cumplido su promesa. Si Lebrun no venía a él, entonces, ¡maldita sea!, él iría a Lebrun. O, por lo menos, lo intentaría.
Randall arrojó quinientas liras y una propina sobre la mesa, se puso en pie y se dirigió a buscar a su especialista en Lebrun, el jefe de personal del Doney, Julio, el encargado de los camareros.
Julio estaba parado junto a. la puerta que había entre el café al aire libre y el restaurante interior, ajustándose el nudo de su corbata de lazo. Saludó a Randall efusivamente.
– ¿Está todo en orden, señor Randall?
– No precisamente -dijo Randall con seriedad-. Iba a encontrarme aquí con nuestro amigo (usted sabe, el que usted llama Toti o Duca Minimo) Robert Lebrun. Habíamos hecho una cita de negocios para las cinco de la tarde. Ya son más de las seis y aún no ha aparecido. ¿Es posible que hubiera venido antes de las cinco?
Julio negó con la cabeza.
– No, había muy poca gente en el café. Yo lo habría visto.
– Anteayer me dijo usted que, por lo que sabe, él siempre viene al Doney a pie. Usted admitió que por su pierna artificial, Lebrun no podría caminar una gran distancia, lo cual significa que probablemente vive cerca de aquí.
– Yo supongo que así es.
– Julio, reflexione. ¿Puede recordar si alguna vez oyó decir dónde vive?
El encargado parecía afligido.
– Nunca he sabido nada. Ni siquiera tengo una remota idea. Después de todo, señor Randall, tenemos muchos clientes, incluso muchos regulares -Julio trataba de serle útil a Randall-. Naturalmente, no hay residencias privadas, cuando menos no muchas, en las proximidades de este barrio, y si las hubiera, Toti… Lebrun… el señor Lebrun seguramente no podría darse ese lujo. Yo tengo la impresión de que él es pobre.
– Sí, es pobre.
– Así pues, tampoco tendría los medios para vivir permanentemente en un hotel. Existen unos cuantos hoteles baratos en la zona (que usan la mayoría de las muchachas que caminan por las calles), pero esos hoteles serían también demasiado caros para nuestro amigo. Yo creo que debe tener un pequeño apartamento. Hay muchos de clase inferior, no muy lejos, a una distancia que puede cubrirse caminando desde el Doney. Pero la pregunta es: ¿cuál es el domicilio? Y eso yo no lo puedo decir.