– Discúlpeme -dijo María-. Estaba diciéndole que estoy encantada de conocerlo y que de dónde es usted.
– Soy de Nueva York. Mucho gusto en conocerla, María.
– Julio dice que usted también es amigo del Duca Minimo -su sonrisa se hizo más amplia-. ¿Es cierto eso?
– Sí, somos amigos.
– Es un viejo agradable. Quería casarse con mi mejor amiga, Gravina, pero no tenía los medios. Qué lástima.
– Puede ser que pronto tenga dinero -dijo Randall.
– Oh, ¿de verdad? Eso espero. Se lo diré a Gravina -sus ojos se fijaron en los de Randall-. ¿Te gusto? ¿Piensas que soy bonita?
– Eres muy bonita, María.
– Bene. ¿Quieres hacer el amor ahora mismo? Te haré todo. Te haré un buen trabajo. Puedo hacerlo normalmente o a la francesa, como te guste. Estarás feliz. Sólo serán veinte mil liras. No es demasiado por un buen trabajo. ¿Quieres venir con María ahora?
– Mira, María, aparentemente Julio no te lo explicó… pero hay algo más importante que necesito de ti.
Ella parpadeó como si estuviera loco.
– ¿Más importante que hacer el amor?
– En este momento, sí. María, ¿sabes tú dónde vive Lebrun… el Duca… el Duca Minimo… sabes dónde vive?
Ella se puso instantáneamente en guardia.
– ¿Por qué me lo preguntas?
– Yo tenía su dirección, pero la perdí. Se suponía que nos íbamos a reunir hace una hora. Julio pensó que tú me podrías ayudar.
– ¿Nada más para eso viniste conmigo?
– Es muy importante.
– Para ti sí, para mí no. Lo siento. Conozco su dirección, pero no puede darla. Él nos hizo jurar a mi amiga y a mí que nunca la daríamos. No puedo faltar a mi promesa. Así que tal vez ahora sí tengas tiempo para que María te haga el amor.
– Solamente tengo tiempo para verlo a él, María. Si él es tu amigo, puedo decirte que quiero verlo para ayudarlo -Randall sacó su billetero del bolsillo interior de la chaqueta-. Tú dijiste que harías el amor por veinte mil liras. Está bien, ¿te parece que vale veinte mil liras si puedes hacerme feliz de una manera diferente?
Él estaba extrayendo de su cartera los billetes de alta denominación cuando ella miró nerviosamente alrededor y le empujó la cartera.
– Aquí no, por favor.
– Lo lamento -Randall volvió a meter su billetero en el bolsillo, pero guardó el rollo de liras dentro del puño-. Para mí lo vale. No tienes que hacer nada. Sólo muéstrame dónde vive.
María contempló el dinero, que estaba medio escondido en la mano de Randall, y lo miró a él astutamente.
– He jurado no decirlo. Pero tú quieres ayudarlo. ¿Lo vas a hacer rico?
Randall estaba dispuesto a estar de acuerdo con todo.
– Sí.
– Si es por él, yo misma te mostraré dónde vive. Su apartamento está cerca de aquí.
Él suspiró aliviado.
– Gracias.
Sin demora, Randall pagó la cuenta de María y ambos se levantaron y abandonaron juntos el Café de París. Pasaron por el kiosco de la esquina, alcanzaron la luz verde del semáforo y cruzaron la Via Veneto hacia la esquina del «Hotel Excelsior».
Ella señaló una ancha calle que corría al lado del hotel.
– Via Boncompagni -dijo-. Él vive en esta calle, no muy lejos. Tres o cuatro manzanas. Podemos caminar.
María tomó a Randall del brazo y empezaron a caminar animadamente por la Via Boncompagni. Ella iba tarareando al caminar, pero al finalizar la primera manzana, se detuvo abruptamente y estiró la palma de su mano.
– Págame ahora -le dijo.
Él depositó el fajo de liras en la mano de María, que soltó a Randall con la otra mano mientras contaba cuidadosamente los billetes. Satisfecha, metió el dinero en su bolso blanco.
– Te llevaré con tu amigo -dijo ella.
María comenzó a caminar de nuevo, volviendo a tararear, y Randall caminó a su lado. Al llegar a la tercera manzana, él dijo:
– ¿Cómo sabes tú dónde vive el Duca?
– Te lo diré, pero no se lo repitas a él. Es muy orgulloso. Algunas veces, cuando Gravina o yo, y una o dos de las otras chicas también, no podemos conseguir cuarto en un hotel porque está lleno, hacemos un arreglo con el Duca para usar su habitación para atender nuestros clientes. Le pagamos a él la mitad de nuestros ingresos por usar su cuarto. A nosotros no nos importa. Él es amable, y eso le ayuda a pagar su renta.
– ¿Cuánto paga de renta?
– Por una habitación con baño y una pequeña cocina, cincuenta mil liras al mes.
– ¿Cincuenta mil? Eso equivale, aproximadamente, a ochenta dólares? ¿Puede él con ese gasto?
– Ha vivido aquí durante muchos años, dice él. Desde que era rico.
Estaban cruzando una intersección, la Via Piemonte, y llegando a la cuarta manzana.
– ¿Cuándo fue rico? -preguntó Randall.
– Él dice que hace cuatro o cinco años.
Eso concordaba, pensó Randall. Hacía cinco años que Lebrun había recibido su parte de la transacción con Monti por el descubrimiento de Ostia Antica.
– Aquí es -anunció María.
Se habían detenido frente a un edificio de apartamentos de seis pisos que tenia la fachada de piedra manchada de hollín. La entrada del edificio estaba entre la Iranian Express Company y un local con un letrero de BARBIERE y el típico poste de peluquería frente a la tienda.
Sobre el edificio de apartamentos de Lebrun, cincelada en piedra, había sólo una palabra: CONDOMINIO.
Debajo estaban dos enormes puertas de madera completamente abiertas, y más adentro había una puerta de vidrio y un pasillo de entrada con una especie de caseta, y hasta el fondo había un patio.
– Aquí te dejo -dijo María extendiéndole la mano-. Debo regresar a trabajar.
Randall le estrechó la mano.
– Gracias, María; pero, ¿dónde…?
– Entra. La caseta que ves a la derecha es donde el portiere deposita el correo. A la izquierda está el ascensor y también hay una escalera. Pero primero debes ver al portiere para decirle que quieres ver al Duca. Si no está en la caseta, ve al patio. A un lado están unas ventanas con macetas y plantas, frente a donde el portiere y su esposa viven. Llamas allí. Ellos te llevarán con tu amigo. Buona fortuna. -Ella empezó a alejarse, pero se detuvo y regresó para decirle-: Cuando le veas, no le digas que María te trajo hasta aquí.
– No se lo diré, María. Te lo prometo.
Randall la vio alejarse hacia la Via Veneto, meciendo sus desfajadas nalgas y su bolsa blanca, y luego se volvió hacia el edificio de apartamentos.
Robert Lebrun, pensó él. ¡Por fin!
A grandes zancadas cruzó la sucia entrada con piso de mármol, abrió la puerta de vidrio y penetró. La caseta del portero estaba vacía. Randall continuó hacia el oscuro patio.
Un montón de plantas de hule llenaban el centro del patio, y a la izquierda, desde una ventana abierta, un hombre joven, bastante moreno y de apariencia siciliana, estaba regando una hilera de plantas que había en el pretil de la ventana. De repente, dejó de regar para observar a Randall con curiosidad.
– Hola -dijo Steven-. ¿Habla usted inglés?
– Sí, un poco.
– ¿Dónde puedo encontrar al portero?
– Yo soy el portero. ¿Quiere algo?
– Un amigo mío vive aquí y yo quisiera…
– Un momento.
El portero desapareció de la ventana y segundos después volvió a aparecer a través de una puerta lateral que daba al patio. Era un hombre pequeño y gallardo que vestía una camisa azul de trabajo y unos parcheados pantalones de mezclilla. Se enfrentó a Randall con las manos en las caderas.
– ¿Quiere usted ver a alguien?
– A un amigo -Randall se preguntó qué nombre debería usar, lamentándose de no haberle preguntado a María bajo qué nombre conocían al anciano. Probablemente el italiano-. Signore Toti.
– Toti. Lo siento, pero no. No hay ningún Toti.