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– ¿Quiere usted decir en el cementerio de los pobres, en la fosa común?

El portero había asentido con la cabeza.

– Donde entierran los cuerpos que no han sido identificados ni reclamados.

– Creo que me gustaría ver el cadáver, sólo para estar seguro -había dicho Randall. La Policía había encontrado una identificación en el cuerpo; sin embargo, alguien más pudo haber llevado consigo los papeles con el nombre de Lebrun. Randall tenía que verlo por sí mismo. Tenía que estar completamente seguro-. ¿Cómo puedo hacerlo?

– Primero, tendrá que ir a la Questura, el cuartel general de Policía, y obtener un permiso para ver el cadáver y hacer la identificación.

Así pues, Randall había ido al cuartel general de la Policía de Roma y solicitado ver los restos de Robert Laforgue, alias Robert Lebrun. Atendido por un joven oficial italiano, Randall había dado los diferentes nombres de Lebrun, una descripción del francés, la edad de la víctima, y algunas otras señas. Después había pronunciado su propio nombre y sus antecedentes, inventando una historia acerca de su amistad con Lebrun y diciendo haberlo conocido en París y que lo veía siempre que visitaba Roma. Había llenado cuatro páginas del Proceso Verbale, una especie de informe oficial, y una vez hecho eso, se le había concedido un permiso por escrito para ver el cuerpo, identificarlo y reclamarlo, si así lo deseaba. Como Randall aparentaba estar confuso, el joven oficial lo había puesto en el taxi y lo había dirigido hacia el depósito de cadáveres de la ciudad.

El taxi aminoró la marcha y Randall miró por la ventana. Estaban transitando entre los edificios que había en los terrenos de la Città Universitaria. Habían llegado a la Piazzale del Verano, y el chófer frenó su vehículo. Señaló hacia un edificio de ladrillos amarillos, de tres pisos de alto, que estaba detrás de un muro que tenía puertas dobles de hierro pintadas de azul.

– Obitorio -murmuró el chófer.

Randall le pagó, añadiendo una generosa propina; el chófer se volvió a santiguar, esperó a que su pasajero bajara del auto, y se alejó velozmente.

Empujando una de las puertas de hierro para entrar, Randall se encontró en un pequeño patio rodeado de edificios. Sobre la entrada del edificio más cercano y más grande había un letrero iluminado por una lámpara exterior. Decía: UNIVERSITA DI ROMA, INSTITUTO DI MEDICINA LEGALE E DELLE ASSICURAZIONI, OBITORIO COMUNALE.

Obitorio Comunale. Vaya maldito lugar para su reunión cumbre con Robert Lebrun.

Entrando al edificio principal había un guardia que llevaba un uniforme indescriptible. Había varias puertas frente a Randall. Él mostró su permiso policíaco al guardia, quien le señaló un cuarto a la derecha donde un oficial italiano, fofo y con un espeso bigote, cuello rojo en su uniforme negro, estaba de pie revisando unos papeles detrás de un largo mostrador de mármol.

El oficial levantó la cabeza cuando Randall se acercó, y le hizo una pregunta en italiano.

– Lo lamento, pero yo únicamente hablo inglés -dijo Randall.

– Yo también hablo inglés, aunque no muy bien -dijo el oficial de la Morgue.

El tono de su voz era apaciguado; el sosegado tono profesional y respetuoso, común a los directores de funerarias y oficiales de los depósitos de cadáveres en el mundo entero.

– Mi nombre es Randall. He venido a identificar un cuerpo, el de un amigo. Su nombre es Robert Lebrun… no, Robert Laforgue. Lo trajeron aquí ayer.

– ¿Tiene usted el permiso de la Policía?

– Sí, lo tengo -Randall le entregó su pase.

El oficial uniformado lo examinó, frunció los labios, tomó un micrófono de intercomunicación de detrás del mostrador, habló rápidamente en italiano, lo volvió a colocar en su lugar y se volvió hacia Randall.

– Si me hace el favor de seguir conmigo -dijo.

Regresaron al vestíbulo de entrada y se dirigieron hacia otra puerta que tenía un vidrio despulido y un letrero: INGRESSO E VIETATO, que Randall interpretó como que la entrada estaba prohibida. El oficial abrió el cerrojo de la puerta y Randall penetró al corredor que le seguía, sintiéndose asaltado por un hedor intolerable. El olor era, inconfundiblemente, el de los cadáveres, y le sobrevino una horrible sensación de náusea. Su instinto fue el de darse la vuelta y huir. Esta identificación era inútil. La supervivencia era lo único que importaba, pero el oficial lo tenía firmemente tomado de un brazo y lo estaba empujando por el corredor.

Al final, un policía estaba de guardia ante una puerta que tenía un letrero: STANZE DI RICONOSCIMENTO.

– ¿Qué es eso? -inquirió Randall.

– Salas de Reconocimiento -tradujo el oficial-. Es aquí donde usted identifica.

El policía mantuvo abierta la puerta, y Randall, cubriéndose las fosas nasales con la mano, se forzó a sí mismo a entrar. Era un cuarto pequeño con moderno alumbrado fluorescente. Dos puertas que había en un muro de vidrio en el lado opuesto del cuarto se habían abierto y un asistente hizo rodar eficientemente una camilla sobre la cual estaba tendido un cuerpo, envuelto de cabeza a pies con una sábana blanca.

El oficial sacudió la cabeza hacia la camilla y, como un autómata, Randall se acercó con él al cuerpo.

El oficial tomó la orilla de la sábana y la levantó parcialmente hacia atrás.

– ¿Es éste… su Robert Laforgue?

A Randall se le subió el estómago hasta la garganta, mientras se inclinaba hacia delante. Echó una mirada y retrocedió. El anciano rostro arrugado, con la piel muerta como si fuera un pedazo de papiro, quebrada, magullada y purpúrea, ya sin sangre, pertenecía a Robert Laforgue, alias Lebrun.

– Sí -susurró Randall, controlando la náusea.

– ¿Está usted seguro de la identificación?

– Seguro.

El oficial dejó caer la sábana, con la mano hizo una seña al asistente para que se llevara la camilla, y se volvió hacia Randall.

– Gracias, Signore. Hemos terminado aquí.

Mientras se alejaban del pabellón de identificación y cruzaban el corredor, lo que Randall pudo percibir no fue meramente el fétido olor de la muerte, sino la asquerosa peste de la coincidencia.

Este nuevo olor sucio lo inundó. Cuando él había querido ver el original del Papiro número 9, en Amsterdam, el documento había desaparecido, por coincidencia. Cuando había querido ver el negativo del papiro, los materiales de Edlund, el fotógrafo, se habían perdido en un incendio, por coincidencia. Cuando estuvo preparado para recibir la evidencia del fraude, en Roma, el falsificador había muerto en un accidente el día anterior, por coincidencia. Por coincidencia… ¿o intencionadamente?

El oficial de la Morgue le estaba hablando.

– Signore, ¿sabe usted de algún pariente que haga la reclamación para recibir el cuerpo?

– Dudo que exista alguno.

– Así que, puesto que usted es el único que aparece para hacer la identificación (no ha habido otros), sería legal que usted hiciera la disposición. -El oficial miró a Randall esperanzadamente-. Si usted desea.

– ¿Qué quiere usted decir?

– Puesto que la identificación está hecha, ahora debemos deshacernos del cuerpo. Si usted no hace la reclamación, el cadáver va a ser enterrado en el Campo Comune…

– Oh, sí, ya sé. La fosa común.

– Si usted desea la responsabilidad, nosotros podemos arreglar que la compañía privada de funerales se lleve el cuerpo, lo embalsame, lo ponga en la capilla y lo entierre en el cementerio católico, el Cimitero Verano, con servicios apropiados. Además, una lápida. Nosotros hacemos este respetable entierro en la iglesia, si usted paga. Lo que usted quiera, Signore.

Habían llegado al vestíbulo de entrada, y se dirigieron hacia el cuarto que tenía el mostrador de mármol, Randall no tuvo dudas. Al margen de que Lebrun hubiera sido sincero o un farsante, la verdad es que había estado dispuesto a colaborar con él. A pesar de que no había tenido la oportunidad, merecía algo a cambio. El respeto humano, por lo menos.