No había explicación lógica, salvo una.
Si Robert Lebrun no hubiera muerto por accidente, sino que hubiera sido asesinado deliberadamente, entonces, la persona o las personas que habían averiguado lo que Lebrun hacía para Randall también habrían podido averiguar lo que éste había estado haciendo en Roma y Ostia Antica.
Era la única posibilidad, pero insignificante y vaporosa, ya que los sospechosos no tenían rostro ni nombre.
Un callejón sin salida.
Randall había terminado de hacer el nudo de su corbata cuando retumbó la puerta de la celda y se abrió cuán ancha era.
Un joven alto y fuerte que llevaba una cinta roja en la visera del kepis y un uniforme azul marino, y que tenía aspecto de agregado del colegio militar de Saint Cyr, entró alegremente en la celda.
– ¿Tuvo usted un descanso satisfactorio, Monsieur Randall? Soy el inspector Bavoux, de la Garde Républicaine. Me han dado instrucciones de acompañarlo hasta el Palais de Justice. La vista preliminar comenzará dentro de una hora. Los testigos estarán ya reunidos. Usted tendrá todas las oportunidades de ser escuchado.
Randall se levantó del catre y se puso su chaqueta deportiva.
– He solicitado que el dominee Maertin de Vroome, de Amsterdam, preste testimonio en mi favor. ¿Está él entre los testigos citados?
– Ciertamente, Monsieur.
Randall dio un suspiro de alivio.
– ¡Gracias a Dios!… Muy bien, inspector. Estoy listo. Vamos.
Estaban reunidos en una pequeña y funcional sala de audiencias situada en la galería de los jueces de instrucción, en el piso cuarto del Palais de Justice.
Mientras entraba al edificio del Palais y daba vuelta a la izquierda, hacia la Galerie de la Sainte Chapelle, Steven Randall sintió que recobraba la confianza al ver la sencilla inscripción que había en lo alto de la escalera de entrada: LIBERTÉ, ÉGALITÉ, FRATERNITÉ.
«Vaya, está bien», pensó él.
Ahora, todavía parado rígidamente junto al banquillo de los acusados, Randall se percató de que habían pasado veintidós minutos desde que se iniciaran los procedimientos, sorprendentemente informales. Él sabía que se acercaba el momento en que sería escuchado. No sentía ansiedad. Estaba tranquilo y seguro. Se le llamaría simplemente para que expusiera las razones por las cuales creía que el trozo de papiro que había sacado de Italia y traído a Francia era una falsificación. Una vez que su creencia fuera apoyada por el testimonio de un experto, por la irrebatible opinión del eminente dominee Maertin de Vroome, Randall quedaría reivindicado. Todo lo demás, antes y después de la intervención de De Vroome, era pura faramalla legal. Randall estaba seguro de que cuando De Vroome certificara la falsificación, el magistrado no podría hacer otra cosa que ponerle una multa por la agresión al oficial y dejarlo en libertad.
Con el rabillo del ojo, Randall miró una vez más a los testigos, cuya presencia apenas le había sorprendido al entrar en la moderna sala. En el resultado de aquella audiencia se jugaban la vida, la reputación y su fortuna en dólares, libras, francos, liras y marcos.
Había cinco hileras de bancos. En la primera fila, como figuras esculpidas en granito, estaban sentados Wheeler, Deichhardt, Fontaine, Young y Gayda. Detrás de ellos, solemnes y atentos, estaban De Vroome, Aubert y Heldering. En la última fila estaba Naomí Dunn, impasible y con los labios apretados. Los testigos anteriores ya no estaban allí. Hecha su declaración, los habían dejado ir.
No había extraños, ni miembros de la Prensa, ni espectadores curiosos. El juez lo había aclarado desde el principio. Los procedimientos estaban cerrados al público debido a que, como lo manifestó tan simpáticamente el magistrado, «el asunto a examinar requiere discreción».
«La Sala de las Estrellas», pensó Randall.
Se preguntó quién habría arreglado que la sesión fuera secreta. La intriga de los editores, sin duda, con sus poderosas relaciones eclesiásticas que llegaban hasta el Vaticano y el Consejo Mundial de Iglesias. En el fondo, Francia respondía a los deseos de la Iglesia. Y también estaban allí Monsieur Fontaine y su alter ego, el profesor Sobrier. Además, estaban Signore Gayda y su influyente Monsignore Riccardi. Hombres como aquéllos no se interesaban sólo en la religión, sino también en la política. Allí contarían mucho. Habían querido llevar el asunto en secreto, y se habían salido con la suya.
A Randall no le importaba, porque tenía a De Vroome, y con él, pronto surgiría la verdad y se lograría una comunicación con el público.
Escuchando a medias a los testigos que todavía estaban siendo interrogados, Randall revivía los sucesos que se habían desarrollado antes de aquel momento.
El juge d'instruction (llamado Le Clere) había entrado a la sala y se había sentado detrás de uno de los dos enormes escritorios de acero que estaban frente a la silla de los testigos y a los asistentes sentados en los bancos. Contrario a lo que pudiera esperarse, el magistrado no llevaba la tradicional toga negra con pechera blanca, sino un estrecho y ordinario traje de civil, de un tono pardo conservador. Tenía el aspecto anémico, sietemesino, descolorido del pequeño funcionario o el burócrata típico, con una voz desconcertantemente penetrante y el cabello parado, como si llevara una peluca de alambre.
Había llevado ordenadamente los procedimientos. Desde un tercer escritorio, puesto en ángulo recto con los dos del magistrado, el greffier, o escribano, dejó su máquina de escribir y se puso de pie para leer en voz alta las acusaciones contra Randall, primero en francés y después en inglés. Impaciente, el juge d'instruction había declarado que prescindiría de los servicios de un intérprete (salvo para los testigos que sólo hablaban francés) con el fin de ahorrar tiempo. Esto resultó posible porque, para ser justos con el acusado, la sesión se celebraría en inglés. Y después había proseguido a paso veloz, como si el tiempo fuera oro o como si tuviera una cita para comer temprano y no quisiera perdérsela.
El primer testigo había sido el funcionario de aduanas del Aeropuerto de Orly, Monsieur Delaporte, quien detalló el horrendo comportamiento del acusado. El segundo testimonio había sido el del guardia de la Sûreté Nationale, llamado Gorin, un protector de la seguridad pública que se explicaba bastante mal y a quien la Policía de seguridad de Orly había avisado con anticipación de que habría que cachear a un contrabandista, y que éste tal vez se pusiera violento. Gorin había contribuido a atraparlo.
El tercer testigo había sido el inspector de la police de l'air, el oficial Queyras, de la Policía del aeropuerto, quien declaró que el jefe de los carabinieri de Roma le había comunicado que un norteamericano, un tal Steven Randall, había adquirido ilegalmente un tesoro cristiano de gran antigüedad, que lo había sacado de Roma sin permiso y que intentaría llevarlo a París. Queyras había preparado una de las tarjetas color de rosa (en las que se describe a los delincuentes buscados por la Policía), y cuando Randall llegó, Queyras le había confiscado la bolsa de cuero con el fragmento de papiro y se había unido a los que sometieron al huraño visitante. Después de entregar, como evidencia, su tarjeta color de rosa con la descripción del delincuente, a Queyras se le permitió retirarse junto con los dos testigos anteriores.