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Ahora, mirando atentamente a través de la ventanilla trasera de la limusina «Mercedes-Benz» que entraba a la zona abierta, tendida de una plaza, Randall escuchó a su chófer holandés y rechoncho de mediana edad, quien con voz ronca le había dicho llamarse Theo:

– El Dam. Nuestra plaza central. Es nuestro eje, con las calles principales de Amsterdam, saliendo de él, como los rayos de una rueda.

Ésta era una de las pocas vistas de Amsterdam que Randall reconoció por completo. Claramente la recordaba de su viaje anterior, además de que Darlene acababa de refrescarle la memoria al leerle algo acerca del Dam, de un folleto de la KLM, hacía quince minutos. Al centro de la plaza había dos islas de personas. Una estaba alrededor del Monumento a la Liberación, que los holandeses habían hecho para conmemorar a sus compatriotas muertos durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando lo había visto algunos años antes, en los escalones del monumento abundaban estudiantes de aspecto extravagante y de todas las nacionalidades, que generalmente fumaban marihuana durante el día y a menudo habían sido sorprendidos copulando allí por la noche. Esta mañana había igualmente muchos jóvenes turistas recostados sobre los escalones, como siempre, pero se veían más vivos y estaban absortos en las conversaciones que sostenían unos con otros, o leían tranquilamente bajo el sol de la incipiente mañana. En las cercanías se encontraba la segunda isla del Dam; un rectángulo de cemento semejante a un parque sin césped, con un organillo, un espectáculo de títeres y un puesto de helados rodeado de niños. Aquí, numerosos ciudadanos de mayor edad descansaban en los bancos o daban de comer a las palomas.

– A la izquierda, el Koninklijkpaleis -agregó Theo con voz rasposa tras el volante. Obedientemente, Randall inspeccionó el enorme palacio real, que ocupaba todo un lado de la plaza-. Nuestro santuario, como la Abadía de Westminster de los ingleses -continuó Theo- Construido sobre un pantano, así que debajo hay trece mil pilotes de madera. La reina no vive allí. Ella vive fuera de la ciudad. Sólo usa el palacio para recepciones oficiales; ocasiones de Estado.

– ¿Tiene el palacio un recinto especial para el trono? -preguntó Randall.

– ¿Recinto del Trono? Troonkame? Ik versta het niet -entonces comprendió-. Ja, ja, ik weet wat u zeqt. Natuurlijk, wij hebben het.

– Theo, ¿puede hacerme el favor de hablar en…?

– Excuse, excuse -dijo rápidamente el chófer-. Recinto del Trono…, sí, absolutamente; por supuesto tenemos uno… una inmensa sala para ceremonias… salón muy hermoso.

Randall sacó de su bolsillo un bloc de notas amarillo y anotó unas cuantas palabras. Acababa de tener su primera idea publicitaria desde su llegada a Holanda. La sometería a prueba con sus jefes. Nuevamente comenzaba a sentirse bien.

– Al frente, de Bijenkorf -anunció Theo.

Randall reconoció la tienda de departamentos más grande de Amsterdam, de Bijenkorf o Beehive, un manicomio de clientes, de seis pisos de alto. En ese momento, docenas de compradores cruzaban en torrentes las cromadas puertas giratorias.

– Allí, al lado de la tienda, donde usted va -dijo Theo-. El «Kras».

– ¿El qué?

– El «Gran Hotel Krasnapolsky», donde están sus oficinas. Nadie puede decir ese nombre con facilidad, así que para nosotros es el «Kras». Un sastre polaco, A. W. Krasnapolsky, abandonó su taller de sastrería y puso allí, en la Warmoesstraat, en 1865, un café con vino y pasteles a la Mathilde, hechos por su cuñada. Después puso un salón de billar y después el Wintertuin, el invernadero. Luego compró casas de todo el rededor y puso pisos extras, haciendo cien cuartos para un hotel. Hoy, trescientos veinticinco cuartos. El «Kras». Mire, allí está el señor Wheeler; lo está esperando.

En efecto, George L. Wheeler estaba esperando debajo del dosel de vidrio que se proyectaba sobre la acera.

Cuando Randall descendió de la limusina, Wheeler saltó para estrecharle la mano.

– Qué bien que llegó sano y salvo -dijo Wheeler-. Lamento mucho que haya tenido ese desagradable encuentro con Plummer. No puedo imaginarme cómo diablos supo él que usted estaba en Amsterdam.

– Más vale que lo averigüemos -dijo Randall con preocupación.

– Sí, más vale. Es una de las cosas de las que nos encargaremos hoy. Se lo advertí a usted; son astutos, no reparan en esfuerzos ni en gastos para destruirnos. Pero no se preocupe, estaremos preparados -Wheeler gesticuló aparatosamente sobre el hombro de Randall y añadió-: Aquí lo tiene. El «Kras». Nuestra fortaleza durante por lo menos un mes más; tal vez dos.

– Se ve como cualquier hotel de lujo.

– Preferimos que así sea -dijo Wheeler-. Hemos alquilado una pequeña parte de la planta baja para reuniones del cuerpo completo de colaboradores, y nuestros empleados pueden hacer uso de todos los servicios de comida y bebida a precios reducidos… el Bar Americano, el Palm Court y el Salón Blanco para cenar. Sin embargo, Resurrección Dos tiene en realidad su barricada arriba, en los pisos primero y segundo. Hemos tomado esas plantas completas, primordialmente porque de esta manera podemos mantenerlas seguras. Para el trabajo de publicidad, Steven, le hemos asignado a usted y a su equipo, dos salas de conferencias arriba, en el primer piso. Su oficina privada será el Zaal F, con un cuarto secretarial contiguo. Tendrá usted dos cuartos más… en realidad son cuartos del hotel, los números 204 y 205. No los hemos convertido en oficinas. Allí es donde podrá recibir o entrevistar a las personas en privado. También pueden servirle para recluirse si es que desea tranquilidad para pensar o dormir una siesta; aunque dudo que vaya a tener mucho tiempo para siestas durante ese mes.

– Yo también lo dudo -concordó Randall-. Bien, ¿por dónde empezamos?

– Por entrar -dijo Wheeler tomando a Randall por el brazo, pero sin moverse de su lugar-. Una cosa más. Tenemos varias entradas aquí sobre la Warmoesstraat. Puede usted usar cualquiera de ellas. Puede utilizar la entrada principal del hotel, que está detrás de nosotros; pero si lo hace, siempre correrá el riesgo, al cruzar el lobby, de toparse con alguien como ese Plummer saliendo del Prinses Beatrix Lounge o del Prinses Margriet Zalen o del Bar Americano, y de que lo demoren o lo acosen antes de que llegue usted a los ascensores. Claro está que, cuando salga usted del ascensor, será inspeccionado por nuestros guardias de seguridad. A decir verdad, Steven, preferiría que cualquier persona con tarjeta roja usara otra entrada.

– ¿Qué quiere decir con eso de tarjeta roja?

– Ya verá. La mejor entrada está un poco más arriba por Warmoesstraat.

Wheeler apretó más fuertemente el brazo de Randall y lo empujó calle arriba, teniendo la tienda de departamentos a un lado y el hotel al otro. Llegaron a un letrero que decía: INGANG KLEINE ZALEN. La puerta giratoria estaba enmarcada por dos columnas de mármol verde-negro.

– Por aquí -dijo Wheeler.

Entraron por un angosto pasillo ubicado entre un pequeño cuarto a la izquierda y un cuarto más grande a la derecha, ambos con las puertas totalmente abiertas. Un robusto guardia que cargaba pistola y cinturón con cartuchos y vestía uniforme veraniego de caqui, bloqueaba la entrada al cuarto más grande.

– Allá arriba -dijo Wheeler- está el corredor que conduce directamente a un ascensor. Muy bien, será mejor que lo identifiquemos a usted con el inspector Heldering. -Distraídamente, Wheeler saludó al guardián y le dijo-: Heldering está esperándonos.

El guardia se hizo a un lado y Wheeler empujó a Randall hacia la oficina de seguridad. Había seis personas en el cuarto. Dos muchachas robustas estaban ocupadas trabajando con unos archivos. Dos bronceados jóvenes con ropas de civiles aparentemente examinaban un mapa sobre una mesa. Un hombre de mayor edad, en mangas de camisa, que se agitaba sobre un pequeño tablero, estaba sentado dentro de un semicírculo formado por un equipo que incluía micrófonos, tableros de botones de presión y un aparato televisor cuyas cuatro pantallas parecían captar la actividad que había en los pasillos y corredores de los dos pisos superiores.