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Steven Randall suspendió la mecanografía, revisó las cuatro hojas que había escrito y examinó su bloc de notas. Lo que había garabateado le recordó cuánto le había inspirado las reuniones con aquellos expertos y especialistas del primer piso, de los cuales la mayoría era gente de propósitos y determinación. A diferencia de sí mismo, cada uno de ellos parecía sentir amor hacia su trabajo; parecía haberle encontrado un verdadero significado.

Estando a punto de considerar sus notas una vez más, Randall se vio súbitamente interrumpido por unos agudos golpecitos a su puerta.

La puerta se abrió de inmediato y George L. Wheeler asomó la cabeza.

– Me alegra verlo trabajando, Steven. Muy bien. Pero es hora de almorzar. Ahora prepárese para conocer a las grandes figuras.

Las grandes figuras.

En la enorme mesa ovalada estaban diez personajes, y su charla era una mezcla de inglés y francés. A pesar de que el francés de Randall estaba casi olvidado y lleno de fallas, pronto descubrió que podía entender casi todo lo que escuchaba en ese idioma. Y lo que escuchó le pareció realmente tormentoso.

El almuerzo (básicamente sopa de tortuga y filetes de rodaballo con puntas de espárragos) estaba siendo servido por dos camareros, y para nada interfirió con la conversación. Se había hablado constantemente y con mucha electricidad verbal, antes y durante la comida.

Ahora se estaban sirviendo la compota de frutas y el café, y Randall trató de distinguir a los comensales, uno de otro, y de identificarlos claramente en su mente. Sentado entre George L. Wheeler y el doctor Emil Deichhardt, Randall observaba una vez más a las grandes figuras. De la misma manera en que Wheeler tenía junto a sí al reverendo Vernon Zachery, cada uno de los editores extranjeros que estaban sentados a la mesa, con excepción de uno, tenía al lado a su teólogo consejero.

En seguida del doctor Deichhardt estaba el doctor Gerhard Trautmann, profesor de teología de la Rheinische Friedrich Wilhelms Universität, de Bonn. Randall sospechaba, y se divertía pensándolo, que el doctor Trautmann se cortaba el cabello en frailesca forma de media luna para parecerse al Martín Lutero de las estampas conocidas. En la silla contigua a Trautmann se sentaba Sir Trevor Young, el editor británico de cerca de cincuenta años, aristocrático, fanático de las aseveraciones y los comentarios prudentes y subestimados, y cuyo teólogo consejero, el doctor Jeffries, se encontraba aún en Londres o en Oxford.

Los ojos de Randall continuaron recorriendo la mesa. Estaba también Monsieur Charles Fontaine, el editor francés, delgado y bien parecido, astuto, ingenioso, aficionado a los epigramas. Wheeler le había murmurado que Fontaine era además rico, con una espléndida residencia en la avenida Foch, en París, y que tenía acceso político a los más altos círculos en el Palace Elysée. Cerca de Fontaine se encontraba su consejero teológico, el profesor Philippe Sobrier, de la facultad del Colegio de Francia. Sobrier se veía marchito, pálido, lejano, como si formara parte del mobiliario; sin embargo, al escucharlo, Randall pensó que ese modesto ratón de campo, reencarnado en filólogo, era colmilludo.

Luego estaba Signore Luigi Gayda, el editor italiano de Milán que tan asombrosamente se parecía al Papa Juan xxiii. Tenía papada doble, y era de modales chispeantes y extrovertidos. Hablaba con orgullo de los innumerables periódicos que poseía en Italia, de su jet privado, en el que acostumbraba viajar para recorrer su imperio financiero, y de su fe en los métodos mercantiles norteamericanos. El señor Gayda fue el primero que se enteró del descubrimiento del profesor Monti en Ostia Antica, llevándoselo luego al doctor Deichhardt, en Munich, quien a su vez organizó este consorcio de editores de Biblias. Al final estaba el teólogo italiano de Gayda, Monsignore Carlo Riccardi, un clérigo de gran intelecto cuyas facciones profundamente cinceladas, nariz aguileña y severa sotana lo hacían verse formidable. Siendo miembro del Instituto Bíblico Pontificio en Roma, Riccardi estaba presente en Resurrección Dos para actuar como representante no oficial del Vaticano.

Con la mirada fija aún en los dos italianos, a Randall se le ocurrió una pregunta.

– Señor Gayda -dijo él-, usted es un editor católico. ¿Cómo es posible que publique una Biblia protestante y, de hecho, cómo es que espera usted venderla en un país católico como Italia?

Tomado por sorpresa, el editor italiano levantó los hombros y sacudió la papada.

– Pero si es perfectamente natural, señor Randall. Hay muchos protestantes, gente respetable, viviendo en Italia. En realidad, las Biblias protestantes fueron de las primeras que se publicaron en Italia. ¿Que cómo es posible que lo haga yo? Y, ¿por qué no? Los editores católicos necesitan un imprimatur (sanción o permiso oficial para publicar) en sus Biblias, pero claro está que el Vaticano no interfiere en la publicación de una Biblia protestante.

– Querido Gayda, permítame darle detalles al señor Randall. -El que había hablado era monseñor Riccardi, quien ahora se dirigía a Randall-. Tal vez lo que yo diga también aclarará mi presencia en este proyecto -parecía formular cuidadosamente lo que quería decir, y luego resumió-: Usted debe saber, señor Randall, que hay muy poca diferencia entre la versión católica y la versión protestante de la Biblia, excepto por lo que hace al Antiguo Testamento, del cual nosotros admitimos la mayoría de los libros Apócrifos como sagrados y canónicos, mientras que nuestros amigos protestantes no los aceptan. Fuera de eso, nuestros textos bíblicos son casi iguales, sin diferir en matices teológicos. De hecho, ya existe en Francia una Biblia católico-protestante, como pueden verificarlo mis amigos Monsieur Fontaine y el profesor Sobrier; y dos de nuestros teólogos católicos colaboraron con los franceses protestantes en esa edición. ¿Le sorprende a usted? -En verdad, sí -admitió Randall.

– Pero así es -dijo monseñor Riccardi-, y en él futuro habrá más colaboraciones de ese tipo. Por supuesto, esa Biblia francesa en particular no tiene nuestro imprimatur, como tampoco lo tendrá esta primera edición del Nuevo Testamento Internacional. Sin embargo, estamos interesados y estamos involucrados en esto. Porque… bueno… me atrevo a decir que eventualmente nosotros prepararemos nuestra propia edición del Nuevo Testamento Internacional, y que esa versión tendrá que ser traducida nuevamente para adaptarse a nuestras doctrinas. Aunque existe un punto crítico acerca del cual diferimos de nuestros amigos protestantes.

– ¿Y cuál es ese punto?

– El de la relación entre Santiago el Justo y Jesús, por supuesto -dijo monseñor Riccardi-. Santiago se refiere a sí mismo como hermano de Jesús, de la misma forma como Mateo y Marcos hacen referencia a los hermanos del Señor. Nuestros amigos protestantes han insinuado que nosotros deberíamos interpretar la palabra hermano como si se tratara de hermano de sangre, sugiriendo (sin afirmarlo directamente, pero implicándolo) que Jesús y Santiago y sus hermanos de leche fueron concebidos como resultado de una unión física entre María y José. Para los católicos, esto es totalmente imposible. No puede haber ambigüedad. Como usted sabe, nosotros creemos en la virginidad perpetua de María. Desde el tiempo de los Orígenes y los primeros padres de la Iglesia, los católicos han sostenido que Santiago era el hermanastro mayor de Jesús, hijo de José en un matrimonio anterior; medio hermano, o tal vez primo. En resumen, nosotros sustentamos que la Virgen María y José no sostuvieron relaciones conyugales. Sin embargo, el arribar a una interpretación aceptable no representa dificultad alguna, puesto que la palabra hermano, en arameo y en hebreo, no tiene una definición precisa y única, y puede significar medio hermano, cuñado, primo o un pariente lejano, lo mismo que hermano de sangre. Sea como fuere, finalmente tendremos una versión católica del Nuevo Testamento Internacional. Su Santidad, el Papa, es demasiado comprensivo para ignorar las futuras implicaciones del Evangelio según Santiago y su profundo valor para nuestra comunidad católica multinacional.