Inquietante la discrepancia; pero comprensible.
El doctor Deichhardt había resumido la conversación acerca de sus temores de un fracaso comercial.
– Y no se olviden de que nosotros hemos tenido en Alemania un obstáculo muy acentuado, el mismo que algunos de ustedes también han padecido en gran medida. Hemos sido el centro de la Reforma de la Iglesia, desde Lutero hasta Strauss y Bultmann. Hoy en día somos un semillero que raya en lo herético, en lo que va más allá de la desmitificación de los evangelios, en lo que es más que un mero escepticismo acerca de la existencia de Nuestro Señor y de Su mensaje. Nosotros constituimos un semillero excepcionalmente virulento para el desarrollo del movimiento revolucionario y radical de De Vroome. Ese lunático no es sólo el enemigo de nuestras Iglesias establecidas… sino el adversario declarado de nuestro sagrado esfuerzo conjunto por rescatar a la Humanidad a través de nuestro Nuevo Testamento Internacional. Piensen ustedes en lo que yo debo superar en Alemania, caballeros.
– Nada más que lo que cualquiera de nosotros tendremos que afrontar en nuestros países -insistió Wheeler-. Los reformistas conversos de De Vroome están en todas partes. Pero yo creo que una vez que nuestra Biblia vea la luz, su verdad y su poder ahogarán a De Vroome y sus seguidores… los vencerá, los erradicará de la faz de la Tierra. Nuestra revelación sorpresiva los dejará atónitos, indefensos e incapacitados para tomar represalias.
– Ya que el elemento de la sorpresa es la clave de nuestro éxito -interrumpió Randall-, ¿están ustedes seguros de estar haciendo todo lo posible por preservar el contenido del Nuevo Testamento Internacional lejos del reverendo Maertin de Vroome?
De inmediato, todos comenzaron a hablar a un mismo tiempo, describiendo las nuevas medidas de protección que se estaban tomando para mantener el secreto fuera del alcance de De Vroome y su grupo de fanáticos adeptos que acechaban desde no muy lejos en la ciudad, rodeando al Dam.
Por primera vez en el transcurso del almuerzo, los editores y sus consejeros espirituales fueron como uno solo en su causa y sus creencias.
«Interesante -pensó Randall-. Dadle a los habitantes de la Torre de Babel un temor común, y todos aprenderán a hablar una lengua común.»
Esto estaba aún mejor. Randall se encontraba entre los de su clase, y se sintió confortable y relajado.
Naomí lo había llevado al cuarto 204 del «Hotel Krasnapolsky» (una habitación ultramoderna de paredes blancas, mobiliario blanco laqueado estilo cubista, lámparas en cromo brillante, una caja de líquido y arte kinético en movimiento, colgando encima de un sofá rojo) y lo estaba presentando con sus asistentes por primera vez.
Con una copa en la mano, Randall estaba conversando con Paddy O'Neal, un nativo de Dublín que tenía el típico aspecto de un chófer irlandés de camión y que había estado empleado por organizaciones publicitarias en Londres y Nueva York. O'Neal tenía una especie de simpática irreverencia hacia la Biblia.
– Yo escribiré acerca de la Biblia -prometió a Randall-, pero no espere usted que crea en ella. Yo soy como Oscar Wilde. ¿Recuerda usted lo que Oscar dijo acerca de la Crucifixión de Jesús y de la Cristiandad? «Una cosa no es necesariamente cierta porque un hombre muera por ella.»
Después, Randall fue conducido hasta un joven que estaba relajadamente sentado en una silla y que de perfil se veía como un signo de interrogación. Randall descubrió después que ese hombre sabía, además de las preguntas, las respuestas.
– Elwin Alexander es el encargado de las rarezas.
Extrañado, Randall preguntó:
– ¿Qué quieres decir con eso de rarezas?
Dirigiéndose a Alexander, Naomí hizo una seña con la cabeza.
– Explíquele, Elwin.
Alexander se irguió frente a Randall.
– ¿De veras quiere usted saberlo? De acuerdo, si está dispuesto a sufrir un castigo cruel y extraordinario. Esto es lo que yo proporciono a los inquietos columnistas y editores de diarios -Alexander inhaló profundamente y luego, exhalando, comenzó a hablar a un kilómetro por minuto, como si fuera subastador de tabaco-. ¿Sabía usted que el versículo más corto en el texto inglés del Nuevo Testamento contiene solamente dos palabras: «Jesús lloró»? ¿Sabía usted que los apóstoles se dirigían a Jesús llamándole Rabí, en lugar de Maestro? ¿Sabía usted que el Nuevo Testamento atribuye a Jesús exactamente cuarenta y siete milagros? ¿Sabía usted que el Antiguo Testamento no hace mención alguna de la ciudad llamada Nazaret, y que el Nuevo Testamento no dice que Jesús haya nacido en un pesebre ni que haya sido adorado en un establo, ni crucificado en el Monte del Calvario? ¿Sabía que en los evangelios Jesús se refiere a Sí mismo, ochenta veces, como el Hijo del Hombre? Y ahora, señor Randall, ¿sabe usted lo que hace el encargado de las rarezas?
– No lo sabía, pero ahora ya lo sé, señor Alexander -rió Randall.
Después de eso hubo más rostros, más diálogos animados. Ésos eran sus colaboradores, y Randall los apreció y trató de retener información acerca de cada uno. El caballero delgado y de apariencia enfermiza era Lester Cunningham, quien había concurrido a una escuela bautista en el Sur, para escapar del reclutamiento en el Ejército de los Estados Unidos, y se había convertido en un devoto genuino. Previamente, había trabajado como publicista para las publicaciones Christian Bookseller, Christian Herald y Christianity Today. La corpulenta burguesa solterona, nativa de Rotterdam, la del flequillo y sin maquillaje, era Helen de Boer. Según Naomí, de los 325 millones de protestantes practicantes y no practicantes que existen sobre la Tierra, ninguno sabía más acerca de su religión que Helen. Su especialidad era el protestantismo; Lutero, Melanchthon, Calvino, Wesley, Swedenborg, Eddy, Bonhoeffer, Schweitzer, Niebuhr. La atractiva muchacha de ojos oscuros, cabellera corta y torso delgado, que lucía un elegante traje, era Jessica Taylor, cuyos padres eran norteamericanos y que había sido criada en Portugal. La arqueología Bíblica era la especialidad de Jessica, y antes de colaborar con Resurrección Dos había trabajado en la excavación de Tell Dan al norte del Mar de Galilea, cerca del Líbano.
Finalmente, Randall se encontró cara a cara con Oscar Edlund, un melancólico sueco de Estocolmo que había sido contratado para hacerse cargo de la fotografía y el aspecto gráfico del proyecto. Si bien Edlund era la persona menos agradable del equipo, era él quien tenía las credenciales más impresionantes. Tenía el cabello color zanahoria y era bizco, con las mejillas marcadas por el acné y una Rolleiflex colgándole del cuello, como si formara parte de su anatomía. Alumno de Steichen durante mucho tiempo, ahora se le consideraba como uno de los fotógrafos más destacados del mundo.
– Deberíamos obtener la máxima promoción periodística a través de sus fotografías del papiro original y del pergamino -dijo Randall a Oscar Edlund-. Lo único que me preocupa es la calidad de las reproducciones. ¿Cómo salieron?