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– ¿Una peregrinación?

– En busca de… no se ría de mí… en busca de un milagro. Mi pierna. Soy coja desde pequeña. La medicina nunca pudo hacer nada, así que yo pensé que tal vez el Señor podría ayudarme. Peregriné por todos los santuarios y los lugares sagrados de los que había oído hablar; los sitios famosos donde habían ocurrido curas auténticas. Me lancé a viajar, consiguiendo empleo en los lugares a los que llegaba para poder seguir viajando. Primero fui a Lourdes, por supuesto. Nuestra Señora se le había aparecido a Bernadette, así que yo oré para que se me apareciera a mí también. Yo supe que allí iban dos millones de peregrinos cada año, que cerca de cinco mil curas habían sido reportadas en sólo doce meses y que la Iglesia había declarado que cincuenta y ocho de esas curas (ceguera, cáncer, parálisis) habían sido milagrosas.

Randall estuvo tentado de preguntarle a Lori qué había sucedido en Lourdes, pero como ella tenía obvias intenciones de continuar con su narración, se contuvo.

– Después de eso -prosiguió Lori Cook-, me fui a Portugal, al Santuario de Nuestra Señora de Fátima; donde en 1917 tres pastorcitos vieron la aparición de la Santísima Virgen, parada sobre una nube y brillando más esplendorosamente que el sol. Posteriormente, visité el santuario de Lisieux, en Francia, así como la Catedral de Turín, en Italia, donde se conserva el Santo Sudario. Más tarde fui a Monte Alegre, y luego a la Capilla Sancta Sanctorum a rezarle al retrato de Nuestro Señor, ése que no fue pintado por las manos de ningún mortal, y allí traté de subir de rodillas los veintiocho escalones santos, pero no me lo permitieron. Después de eso viajé a Beauraing, en Bélgica, donde cinco niños presenciaron apariciones en el año de 1932, y finalmente fui a Walsingham, en Inglaterra, de donde se habían reportado algunas curaciones. Y… y entonces desistí.

Randall tragó saliva.

– ¿Desistió usted… hace un año?

– Sí. Supongo que Nuestro Señor no escuchó mis oraciones en ninguna parte. Ya ve usted mi pierna; sigo cojeando.

Conmovido, Randall recordó que durante unas vacaciones veraniegas, cuando estaba en la escuela preparatoria, había leído por primera vez el libro Servidumbre humana, de W. Somerset Maugham. El héroe, Philip Carey, había nacido cojo. A los catorce años, Philip se había vuelto muy religioso, y se convenció a sí mismo de que, si así fuera la voluntad de Dios, la fe podría mover montañas. Había decidido que si creía firmemente y le rezaba con paciencia a Dios, el Señor sanaría su cojera. Philip creyó y rezó, y fijó la fecha del milagro. La noche anterior, dijo sus oraciones al desnudo, para agradar al Creador. Luego, pleno de confianza, se acostó a dormir. A la mañana siguiente despertó lleno de alegría y gratitud. Su primer instinto fue el de bajar la mano y tocarse el pie que ya estaba sano, pero hacer tal cosa parecería como si dudara de la bondad de Dios. Él sabía que su pie estaba bien. Pero al fin se decidió, y con los dedos del pie derecho se tocó el izquierdo. Luego pasó su mano sobre el pie. Bajó la escalera cojeando…

Con ese pasaje, supuso Randall, él también se había vuelto cínico. ¿Y Lori Cook? Continuó escuchando.

– Yo nunca he culpado a Nuestro Señor -estaba diciendo ella-. Tanta gente le pide que yo me imagino que, cuando yo le recé, Él estaba demasiado ocupado. Todavía tengo fe. Iba a regresar a casa hace un año, pero oí hablar de un cierto proyecto religioso que solicitaba secretarias. Algún instinto me impulsó a presentarme a la entrevista en Londres. Me contrataron y fui enviada aquí, a Amsterdam. Desde entonces he estado con Resurrección Dos y para nada lo he lamentado. Aquí todo es misterioso, pero estimulante. Estoy realizando mi labor en espera de saber que hemos realizado un buen trabajo.

Randall estaba emocionado, y dijo:

– No se desilusionará, Lori. Bien, está contratada.

Ella estaba realmente emocionada.

– Gracias, señor Randall. Estoy… estoy lista para comenzar en este instante, si es que tiene algo para mí.

– No lo creo, Lori. Además, ya casi es hora de irse a casa.

– Bueno, si no tiene usted nada especial, señor Randall, me quedaré todavía un rato y mudaré las cosas de mi antiguo escritorio al nuevo.

Lori Cook había cojeado hacia la puerta y se disponía a salir cuando Randall recordó que sí había algo; algo importante que había estado a punto de hacer cuando Naomí lo había interrumpido.

– Un segundo, Lori. Hay un asunto en el cual puede ayudarme. Quiero agenciarme cuanto antes una copia en inglés del Nuevo Testamento Internacional. Entiendo que Albert Kremer, del Departamento Editorial, tiene pruebas de galerada. ¿Me lo quiere poner en la línea telefónica?

Lori salió apresuradamente para hacerse cargo de la primera tarea en su nuevo puesto.

Randall se reclinó sobre el sillón durante unos cuantos segundos, mientras esperaba, y luego tomó el auricular cuando la llamada de Lori sonó.

– Lo siento, señor Randall -dijo ella-. El señor Kremer ya se fue y no volverá hasta mañana. ¿Puedo sugerirle a alguien más, señor? Hans Bogardus, el bibliotecario, lleva registro de dónde se guarda cada copia. Normalmente él trabaja hasta tarde. ¿Quiere que intente comunicarlo con él?

Un momento después, Randall estaba al habla con el bibliotecario.

– Señor Bogardus, le llama Steven Randall. Me gustaría obtener una copia del Nuevo Testamento Internacional que pueda yo leer y…

Del otro lado de la línea llegó una risita divertida y afeminada.

– Y a mí me gustaría tener el diamante Kohinoor, señor Randall.

Irritado, Randall dijo:

– Me han dicho que usted lleva un registro de dónde está cada copia en todo momento.

– A nadie que tenga en su poder una copia se le permitiría dejar que usted la viera. Yo soy el bibliotecario del proyecto y aún no se me ha permitido verla.

– Bueno, a se me ha prometido, amigo mío. El señor Wheeler me prometió que yo la vería en cuanto llegara a Amsterdam.

– El señor Wheeler ya se fue. Si usted espera hasta mañana…

– Yo quiero una copia esta noche -dijo Randall, exasperado.

La voz de Bogardus se había vuelto más seria, más solícita.

– Esta noche -repitió- En ese caso, únicamente el doctor Deichhardt puede ayudarle. En la bóveda de abajo hay una copia en inglés, pero solamente él podrá autorizar que se saque de allí. Casualmente, sé que el doctor Deichhardt está todavía en su oficina.

– Gracias -dijo Randall, colgando abruptamente el aparato.

Se levantó de su silla, y a zancadas salió de su oficina. En el privado secretarial, Lori estaba acomodando sus efectos en el escritorio.

Mientras pasaba apresuradamente frente a ella, Randall le dijo:

– Llame por mí al doctor Deichhardt y dígale que voy en camino a verlo. Que sólo necesitaré medio minuto. Dígale que es importante.

Se precipitó hacia el corredor, listo para la batalla.

Veinte minutos después, Randall se hallaba acomodado en el asiento trasero de la limusina «Mercedes-Benz», y Theo, el chófer, lo conducía a través del Dam en la oscuridad de la incipiente noche.

Había ganado la batalla.

Aunque con gran renuencia, el doctor Deichhardt había estado de acuerdo en que si el consorcio de editores quería que su Nuevo Testamento Internacional fuera promovido, entonces su director de publicidad debería tener la oportunidad de leerlo. Pero le había impuesto ciertas condiciones explícitas respecto del préstamo de la Biblia. A estas alturas, a Randall se le facilitaría la copia solamente durante una noche. Debería leerla dentro de los confines de su habitación. No debería hacer anotaciones. Debería devolverle la copia al doctor Deichhardt a la mañana siguiente. No debería revelar a nadie -ni siquiera a los miembros de su equipo- lo que había leído. Debería limitar el uso del contenido de la obra a esbozar sus ideas publicitarias, y debería conservar tales ideas en su archivo de seguridad.