Выбрать главу

Randall hizo una pausa para observar la reacción del grupo.

– No está mal, no está nada mal -dijo Wheeler, francamente entusiasmado.

El doctor Deichhardt y varios de los otros parecían confusos.

– Quiero asegurarme de que he comprendido su plan -dijo el editor alemán-. ¿Puede proporcionarnos algún ejemplo concreto?

La mente de Randall estaba alerta, creativa, y ya había pensado en un enfoque específico.

– Muy bien. Tomemos como ejemplo la Última Cena de Cristo. ¿Cuántos discípulos estaban reunidos allí con Él?

– Doce, por supuesto -dijo Sir Trevor Young-. Ya se sabe… Tomás, Mateo y todos los demás.

– De acuerdo, doce -dijo Randall-. Esto va a funcionar muy bien. Voy a hacer una lista con los doce nombres de los discípulos, los cuales harán juego con los nombres de las doce personas que trabajan en este proyecto y que están enteradas del último comunicado, o que lo recibieron. Como dije, no es necesario incluir a ninguno de los presentes en esta sala. Aquí estamos ocho, incluyendo a Naomí. Esto deja trece posibilidades. Restemos a Jessica Taylor, a quien necesito para preparar esto y de quien yo me hago responsable. Quedan doce nombres a quienes enviaremos el memorándum para ver quién se traga el anzuelo. Si ninguno de los doce nos traiciona, entonces el traidor tiene que ser Jessica o Naomí o yo o uno de ustedes. Pero estamos casi seguros de que alguno de los doce volverá a transmitir a De Vroome el contenido del mensaje… Naomí, por favor, léenos los nombres de los doce.

Naomí se puso de pie y leyó de su lista:

– El doctor Jeffries, el doctor Trautmann, el reverendo Zachery, monseñor Riccardi, el profesor Sobrier, el señor Groat, Albert Kremer, Ángela Monti, Paddy O'Neal, Les Cunningham, Elwin Alexander, Helen de Boer.

A Randall se le ocurrió otra idea. El doctor Florian Knight acababa de llegar a Amsterdam. Consideró la conveniencia de añadir el nombre de Knight, pero tuvo miedo. El joven caballero de Oxford, amargado como estaba por el proyecto que había arruinado su propio libro, aún no podía ser admitido dentro de este juego. Sin embargo, si realmente representaba un riesgo considerable, debería ser incluido. Con todo, conociendo el problema de Knight, Randall no se animó a involucrarlo. Se dijo a sí mismo que de todos modos no era necesario. El doctor Jeffries probablemente compartiría su propia copia con su protegido.

– Muy bien, Naomí -dijo Randall-. Ésos serán los que recibirán el nuevo mensaje.

El doctor Deichhardt suspiró profundamente.

– Es difícil siquiera imaginar que uno de ellos nos haya traicionado. Cada uno ha pasado las investigaciones de seguridad, la mayoría ha estado con Resurrección Dos desde el principio, y todos tienen un interés personal en la seguridad de la nueva Biblia.

– Alguien lo hizo, profesor -dijo Wheeler.

– Sí, sí, supongo que sí… Continúe usted, señor Randall.

– Muy bien, supongamos que el memorándum dice algo así como: «Confidencial. Se ha decidido que al anuncio de nuestra publicación en el palacio real (día dedicado a la gloria de Jesucristo) le seguirán doce días consecutivos dedicados a los doce discípulos que el Nuevo Testamento menciona por su nombre. Durante esos días habrá acontecimientos públicos que celebren la nueva Biblia. El primero de los doce días será dedicado al discípulo Andrés.» Bien, enviaremos ese memorándum al doctor Jeffries. El nombre clave para el doctor Jeffries será el del discípulo Andrés. Luego, prepararemos otra copia del mensaje con el mismo contenido, salvo la última oración. Ésta dirá: «El primero de los doce días será dedicado al discípulo Felipe.» Enviaremos ese memorándum a Helen de Boer. El nombre clave para ella será el del discípulo Felipe. El tercer comunicado será igual que los otros, pero terminará diciendo «el discípulo Tomás». Éste lo remitiremos al reverendo Zachery. De ahí en adelante, el nombre clave para Zachery será el del discípulo Tomás. Y así sucesivamente con toda la lista, haciendo juego con los nombres de los distintos discípulos y los de aquellos colaboradores nuestros que recibirán el memorándum. Si mañana nos comunican que De Vroome obtuvo una copia, lo probable será que la haya conseguido a través del miembro de nuestro grupo a quien se la habíamos enviado. Si nos enteramos de que la copia a De Vroome menciona (digamos) al discípulo Andrés, entonces sabremos que, sea cual fuere su motivo, nuestro eslabón débil es el doctor Jeffries. ¿Está lo bastante claro?

Todos asintieron en coro, y el doctor Deichhardt murmuró:

– Demasiado claro y demasiado espantoso.

– ¿Demasiado espantoso? -repitió Randall.

– Sí, pensar que alguno de los doce nos ha traicionado.

– Si uno de los doce discípulos de Cristo lo traicionó -dijo Randall-, ¿por qué no habríamos de creer que uno de nuestros colaboradores lo podría traicionar también… traicionarlo a Él y destruirnos a nosotros?

– Tiene usted razón -dijo el doctor Deichhardt, levantándose cansadamente y mirando a sus colegas.

Luego se giró de nuevo hacia Randalclass="underline"

– Estamos todos de acuerdo. Hay demasiado en juego para abrigar incredulidades o sentimentalismos. Sí, señor Randall, prosiga usted. Puede colocar su trampa inmediatamente.

Había sido un largo día, y ahora, a las once y veinte de la noche, Steven Randall, regresaba con gusto a sus habitaciones en el «Hotel Amstel».

Recostado cómodamente en el asiento trasero de la limusina «Mercedes-Benz» estaba meditando acerca de la hoja doblada de papel que traía junto con su cartera en el bolsillo interior de su chaqueta deportiva. En esa hoja había escrito a máquina, personalmente, los nombres de los doce discípulos de Cristo, los mismos que habían sido empleados en las doce copias del memorándum que él y Jessica Taylor habían redactado. Junto a cada uno de los nombres de los discípulos, habían escrito a máquina el nombre del colaborador de Resurrección Dos, a quién se le había enviado cada copia del comunicado.

Randall se preguntaba cuánto tiempo le tomaría al traidor del grupo enviar el comunicado o transmitir su contenido al reverendo Maertin de Vroome. El mensaje anterior acerca de los preparativos para el anuncio había sido recibido por De Vroome dentro de las tres horas subsecuentes a su envío. Cada versión del nuevo memorándum, escrita a máquina por Jessica, había sido despachada cuarenta y cinco minutos después de que la junta con los editores había concluido. Las copias habían sido entregadas en propia mano por elementos del personal de seguridad de Heldering a los destinatarios que todavía a esas horas estaban trabajando en el «Krasnapolsky» y a aquellos que ya se encontraban en sus hoteles o apartamentos en Amsterdam.

Era requisito que los interesados firmaran una copia como constancia de haber recibido el original de su memorándum, y Randall había esperado en la oficina de Heldering hasta asegurarse de que los doce hubieran recibido los comunicados.