– ¿Podría cuando menos tratar de descifrar lo que hay en la fotografía, padre?
– Lo intentaré. Seguro que sí.
El abad se levantó emitiendo un gruñido, cojeó hacia una de las mesitas de lámpara, abrió un cajón y sacó un gran lente de aumento.
Randall observaba atentamente mientras el abad se agachaba, sosteniendo la fotografía del papiro bajo la luz y estudiándola a través de la lupa. Durante varios minutos, el abad continuó inspeccionando la fotografía con profunda concentración. Por fin puso la lupa sobre la mesa y se acomodó de nuevo en su silla, recogiendo la traducción para leerla nuevamente.
Sin decir palabra, le devolvió la traducción a Randall y, acariciándose la canosa barba, valorizó la fotografía.
– Usted sabe, naturalmente, que el doctor Jeffries y sus colegas tuvieron la ventaja de trabajar con el papiro original. Teniendo esto en mente, es probable que su traducción sea excelente. Y si lo es, entonces el códice o rollo que este fragmento representa debe ser ciertamente considerado como el descubrimiento más asombroso y emocionante de la historia cristiana.
– Yo no tengo dudas acerca de eso -convino Randall-. Pero sí las tengo con respecto a la exactitud de la traducción del arameo.
El abad Petropoulos se rascó debajo de la barba, absorto en sus pensamientos.
– Por lo que he podido descifrar de la fotografía, la traducción es bastante precisa, aunque no podría jurar que así sea. Muchos de los caracteres arameos, como usted mismo puede ver, están borrosos, casi han desaparecido con el paso de los siglos. Varias palabras, en las líneas que a usted le interesan, son apenas legibles.
– Lo sé, padre; sin embargo…
Ignorando a Randall, el anciano prosiguió:
– Siempre ocurre lo mismo con estos manuscritos antiguos. Un lego no comprende los problemas. En primer lugar, estamos entendiéndonos con el material físico, el papiro. ¿Qué es el papiro que se utilizó en un manuscrito como éste? Ese papel para escribir se manufacturó del meollo del tallo de la planta del papiro, que se encontraba en la región del Nilo, en Egipto. El meollo se rebanaba en tiras, y dos capas de esas tiras se engomaban en forma de cruz. El papel de papiro que de eso resultaba no era más duradero que nuestro moderno y corriente papel bond, y ciertamente no pretendían que sobreviviera diecinueve siglos. En climas húmedos, el papiro se desintegraba. Bajo condiciones secas, sobrevivía más tiempo, aunque se volvía extremadamente quebradizo, pudiendo partirse o desmoronarse en polvo al solo contacto del dedo. Este fragmento de papiro que me ha mostrado usted en una fotografía, probablemente es tan quebradizo, está tan gastado, que la escritura es casi oscura. Más aún, en el siglo primero, el arameo se escribía con caracteres en forma cuadrada, cada letra o signo asentándose separadamente en ese papel de meollo. Como resultado, las palabras individuales no se conectaban. Se podría pensar que eso lo haría más fácil de distinguir y de leer, pero todo lo contrario. Es mucho más fácil leer una palabra en la cual las letras están conectadas en manuscrito cursivo, pero desafortunadamente, las palabras conectadas, la escritura cursiva, no surgieron sino hasta el siglo ix. Tales son los obstáculos, que se vuelven más difíciles de superar cuando uno los estudia en una reproducción.
– No obstante, este texto arameo se leyó y se tradujo totalmente.
– Sí, lo mismo que los tres mil cien antiguos fragmentos y manuscritos del Nuevo Testamento que existen en todo el mundo (ochenta de ellos escritos en papiro y doscientos en unciales, es decir, en letras mayúsculas) fueron también traducidos con éxito, pero después de enormes dificultades.
Randall insistió.
– Aparentemente, las dificultades también fueron superadas en estos papiros. El Evangelio según Santiago fue traducido. Usted me ha dicho que cree que puede ser una traducción exacta. Entonces, ¿cómo explica la incongruencia en el texto?
– Hay varias explicaciones posibles -dijo el abad-. Nosotros ignoramos si Santiago, en el año 62 A. D., conocía el alfabeto lo suficientemente bien como para haber podido escribir este evangelio con su puño y letra, aunque puede ser que sí. Sin embargo, lo más probable es que, para ahorrar tiempo, se lo haya dictado a un amanuense, un escribano experimentado, y que él sólo haya firmado el documento. Este papiro puede representar lo que el escriba asentó originalmente, o bien ser una copia adicional (una de las otras dos copias que Santiago dijo haber enviado a Barnabás y a Pedro) escrita por otro escribano. Además, al tomar el dictado, el escriba pudo haber escuchado algo equivocadamente, haberlo entendido mal y transcrito incorrectamente al papiro. O un copista, cansado de la mano o de los ojos o con una mente divagadora, pudo haber copiado una o varias palabras o toda una frase incorrectamente. Recuerde usted que, en arameo, un solo punto colocado arriba o abajo de una palabra o en una posición equivocada, puede cambiar completamente el significado de la palabra. Por ejemplo, existe una palabra en arameo que puede significar «muerto» o puede significar «aldea», simplemente de acuerdo con el lugar donde se coloque un punto. Un error tan insignificante muy bien pudiera explicar ese anacronismo. Por otra parte, al escribir o dictar su biografía de Cristo, trece años después de Su muerte, la memoria de Santiago pudo haber olvidado por dónde o cómo salió Nuestro Señor de Roma.
– ¿Es eso lo que usted cree?
– No -dijo el abad-. Este material era demasiado preciado, aun en su época, para permitir el menor descuido humano.
– Entonces, ¿qué es lo que cree?
– Creo que la explicación más factible sería que los traductores modernos (con el debido respeto al doctor Jeffries y sus colegas) cometieron un error al traducir del arameo al inglés y a otros idiomas contemporáneos. El error pudo haber ocurrido por una de dos razones.
– ¿Cuáles razones?
– La primera es simplemente que hoy no conocemos todas las palabras arameas que Santiago conocía en el 62 A. D. No sabemos el vocabulario arameo completo. No existía ningún diccionario de ese idioma y aunque, afortunadamente, hemos definido muchas palabras, cada nuevo papiro que se descubre nos da palabras desconocidas que nunca antes habíamos visto. Recuerdo un descubrimiento realizado en la gruta de Murabba'at, un uadi en el desierto judío, para cuya traducción solicitaron mi colaboración. El descubrimiento consistía en contratos legales escritos en arameo en el año 130 A. D., así como dos cartas escritas también en arameo por Bar-Kokhba, un jefe rebelde judío, que fue el responsable de la revuelta contra Roma en 132 A. D. Había muchas palabras arameas que jamás había visto yo.
– Y entonces, ¿cómo pudo traducirlas?
– De la misma manera como el doctor Jeffries y sus colaboradores tradujeron algunas de las palabras desconocidas que seguramente encontraron en los papiros de Santiago… mediante la comparación con palabras conocidas dentro del texto, tratando de comprender el significado y el sentido que el escritor quería dar a sus palabras, y por analogía con las formas gramaticales conocidas. Lo que estoy diciendo es que con frecuencia resulta imposible expresar un lenguaje antiguo en palabras modernas. En tales casos, la traducción se convierte más que nada en un asunto de interpretación. Pero esta clase de interpretación puede conducir a cometer errores.
El abad se acarició la barba pensativamente, y luego continuó.
– El segundo escollo, señor Randall, radica en que cada palabra aramea puede tener varios significados. Por ejemplo, existe una palabra en arameo que significa «inspiración», «instrucción» y «felicidad». Un traductor tendría que decidir cuál de esas definiciones quiso emplear Santiago. La decisión del traductor es simultáneamente subjetiva y objetiva. Subjetivamente, debe evaluar la yuxtaposición de las diferentes palabras que aparecen en una o varias líneas. Objetivamente, debe tratar de ver que un punto o un rasgo que pudo haber existido alguna vez, podría encontrarse borrado ahora. Es tan fácil pasar por alto, calcular mal, cometer errores. Los seres humanos no somos omnisapientes, sino susceptibles a los juicios equivocados. Los traductores de la Versión del Rey Jaime del Nuevo Testamento trabajaron empleando antiguos textos griegos que se referían a Jesús como «su Hijo». De hecho, el griego antiguo no contenía una palabra como el posesivo «su», así que la Versión Común Revisada se corrigió para que dijera «un Hijo». Este cambio fue probablemente más preciso, y alteró el significado de la referencia a Jesús.