– Ya sé cuáles son sus instrucciones, Theo, y pretendo que las siga. Usted me tendrá a la vista; puede ir tras de mí pisándome los talones, seguirme todo el camino hasta el hotel. ¿Qué le parece eso?
Theo se veía indeciso.
– Pero…
Randall meneó la cabeza. Esos autómatas siguiendo sus malditas instrucciones; programados, literales, siempre inflexibles.
– Mire, Theo, nos estamos apegando a las reglas. A mí me interesa que así se haga, tanto como a usted. Me tendrá puesto el ojo todo el camino. Es simplemente que no he salido a la ciudad desde que llegué. Necesito un poco de ejercicio. Así es que, por favor, déjeme aquí, y usted puede ir quince metros detrás de mí.
Emitiendo un audible suspiro, Theo se acercó a un lado de la calle y se detuvo. Saltó de su asiento para abrir la portezuela trasera, pero Randall ya había salido del auto con su portafolio en la mano.
– Nada más dígame dónde estoy -dijo él-. Señáleme la dirección correcta.
Theo señaló hacia la izquierda, a lo largo del canal.
– Camine de frente al lado de este canal, el Prinsengracht, hasta el final. Entonces llega al río Amstel. Siga derecho una, dos, tres calles, hasta Sarphtistraat, y luego a la izquierda cruzando el puente, y la próxima calle pequeña es Profesor Tulpplein, donde llegamos al «Hotel Amstel». Tocaré la bocina si se equivoca.
– Gracias, Theo.
Randall permaneció en donde estaba parado hasta que Theo se puso tras el volante del inmóvil «Mercedes-Benz».
Luego, ofreciendo al chófer una breve señal apreciativa, Randall empezó a caminar. Sintiéndose libre por primera vez desde su llegada, Randall inhaló hondamente llenando de aire sus pulmones; luego exhaló, dio un confortable apretón a su pesado portafolio y continuó andando tranquilamente por en medio del angosto camino que corría junto al canal Prinsen.
Después de uno o dos minutos, Randall echó un vistazo sobre su hombro. Obedientemente, a unos quince metros, Theo mantenía el «Mercedes-Benz» avanzando lentamente tras de él.
«Está bien -pensó-; instrucciones, reglas.» Mientras tanto, la caminata le venía maravillosamente, y se sintió profundamente revivido.
Aquí todo era encantador, tranquilo, pacífico, después del alboroto del día. La tensión le comenzaba a desaparecer de los músculos y los nervios de brazos y espalda. Varios automóviles minúsculos estaban estacionados frente a parquímetros nocturnos. A uno de sus lados, en la oscura calle tenuemente sombreada por el débil alumbrado público, había hileras de casas de exquisito arcaísmo, con breves escalones que conducían a las viejas puertas frontales; casas principalmente sin cortinas ni iluminación, y casi sin señales de vida tras las ventanas. «Los buenos burgueses de Amsterdam -pensó Randall-, se han acostado temprano.»
Al otro lado de él, visibles a través del azul lechoso de la noche, no muy lejos de la angosta calle, estaban las quietas aguas del canal. Podía contemplar los botes anclados, algunos de los cuales eran atractivos barcos vivienda, con las luces interiores encendidas. En uno de ellos había una niña en camisón que pasó frente a una ventana. Los reflejos de las luces del bote resplandecían trémulamente sobre el agua.
Mientras caminaba lentamente hacia el final del canal Prinsen, la mente de Randall recorrió vagamente los sucesos del día. Pensó en Darlene, y deseó que ella hubiera disfrutado de sus paseos por la ciudad. Pensó brevemente en la reunión que había tenido con su equipo, tanta gente joven, alerta y despierta. Y pensó también en el almuerzo con los magnates editores y sus teólogos; en el gran conflicto que había debajo de un propósito común. Y pensó en Lori Cook. Esto condujo a su mente más hacia atrás, a su hija Judy, y pensó cuánto deseaba que ella estuviera ahora con él y cuán molesta debería estar su hija con motivo de la demanda de divorcio. Sin embargo, los rostros de aquellos que estaban involucrados en su vida… Judy, Bárbara, Towery, McLoughlin, su padre, su madre, Clare, Tom Carey… todos parecían vagos y distantes en esa quieta noche.
Se detuvo brevemente, mientras un gato con manchas caminaba sin rumbo maullando frente a él y, justo en el momento en que reanudaba su caminata, las brillantes luces de un automóvil le golpearon la cara, cegándolo momentáneamente. Instintivamente, se protegió los ojos y pudo vislumbrar la figura del vehículo que había virado sobre esta calle viniendo de dirección del río, y que ahora se dirigía calle abajo, hacia donde él estaba, a una velocidad acelerada.
Paralizado durante unos segundos por lo inesperado, Randall vio cómo el sedán negro se precipitaba hacia él más y más amenazante, agrandándose para atropellado. ¿Qué, no lo había visto ese estúpido maldito? ¿O no había visto a Theo detrás de él? El monstruoso auto casi le daba alcance, cuando los zancos que Randall tenía por piernas volvieron a la vida. Comenzó a irse hacia atrás, como un cangrejo, poniéndose fuera del camino del veloz vehículo, pero el brillo implacable de las luces amarillas lo seguía.
Entonces vio que el auto se había desviado directamente hacia él y, acercándose rápidamente, casi lo atropellaba. Pronta y confusamente se dirigió hacia el canal en un intento por salvarse, pero entonces tropezó y empezó a caerse, el portafolio se le escapó del puño y abrió las palmas de las manos para protegerse el cuerpo al caer sobre el pavimento que se le venía encima.
Randall cayó de frente, cuan largo era. Tumbado, sin aliento, dolorido, esperó a que el coche pasara. Pero, a cambio de eso, hubo un patinazo y el chirrido de los frenos y las llantas sobre el cemento. Randall rodó hacia un lado justo a tiempo para ver que el pequeño sedán patinaba quedando completamente de lado frente al «Mercedes», obligando a Theo a frenar repentinamente.
Postrado como estaba, Randall pudo distinguir que un hombre que usaba una gorra con visera, el chófer, abandonaba el sedán y de un tirón abría la puerta de Theo. De inmediato, Randall dirigió su atención hacia otra figura, un segundo hombre, mientras la puerta trasera del vehículo se abría de golpe. Un hombre sin cabello, sin rostro… grotesco, aterrador… un hombre con una media apretadamente colocada sobre la cabeza… había salido y se alejaba apresuradamente del auto, pero no hacia Randall, sino hacia un objeto que estaba en la calle, detrás del automóvil.
En ese instante, Randall sintió que se le helaba el corazón.
El objeto que yacía allí tirado era su portafolio.
Todos los nervios de su cuerpo lo impulsaron a ponerse de pie. Empujándose hacia arriba recuperó la verticalidad. Luego se tambaleó, sus rodillas doblándosele como goznes, y se agarró de un parquímetro para mantener el equilibrio.
La monstruosa y repelente figura, con su grotesco cráneo envuelto en una placenta de nylon, había levantado el portafolio y estaba dando la vuelta para regresar a su auto.
Los ojos de Randall buscaron a su protector tras el volante del «Mercedes»; pero Theo no estaba allí. Theo no se veía por ninguna parte. El otro atacante, el chófer con la gorra, estaba otra vez dentro del sedán negro, abriéndose camino frente a la limusina «Mercedes» y dirigiendo su automóvil hacia abajo, sobre la vacía calle. Y su cómplice, portafolio en mano, casi había llegado al sedán.
– ¡Suelte eso! -gritó Randall-. ¡Policía! ¡Policía!
Luego, saltó hacia delante. El otro tipo había alcanzado la puerta abierta, haciendo una pausa antes de entrar, cuando Randall rápidamente acortó la distancia que había entre ellos y se lanzó sobre el hombre, derribándole por las rodillas. Contra el hueso de la mejilla sintió el impacto de los toscos pantalones y las duras piernas del ladrón, y pudo oír un sofocado grito mientras ambos daban un bandazo contra la puerta del auto y luego caían sobre la calle.
Frenético, Randall dejó a su adversario, arrastrándose precipitadamente sobre manos y rodillas para recuperar el portafolio. Su mano alcanzó a tocar la suave piel del maletín cuando una fuerza demoledora lo golpeó directamente sobre la espalda y unos dedos lo tomaban por la garganta, estrangulándolo. Randall tiró violentamente de las garras y comenzó a gritar a todo pulmón. Tratando de hacer palanca para liberarse, tratando de golpear a la figura que tenía detrás, se percató vagamente, por encima del sonido de los jadeos y resoplidos, de un sonido extraño y penetrante.