Luego, del fondo de Ángela surgió un quejido, bajo y suplicante, como un grito lejano que imploraba la plenitud del amor. Ella apartó su mano de él. Caída sobre el lecho, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, Ángela esperaba.
Y Randall la contempló, en la escueta línea de su belleza esplendorosa, recorrió con la mirada -una mirada que repetía la pasión misma de su boca, la propia pasión de sus manos- su cuerpo implorante, ese cuerpo que pronto sería suyo. Ella estaba lista, con el cabello negro y brillante revuelto sobre la blanca almohada, los párpados velando sus ojos, la respiración fuerte, palpitante en toda su hermosura, en aquellos rincones de su cuerpo que ya sus labios se sabían de memoria, en aquellos rincones que eran, para él, promesa y realidad a un tiempo de plenitud y de gozo.
Sí. Ángela esperaba. Presta, entregada.
También Randall estaba ya dispuesto.
Cuando al fin sus expectativas se cumplieron, Ángela y Randall pasaron a ser un solo cuerpo. Un solo cuerpo, con un solo ritmo, con una sola respiración, como un mar que crecía impetuoso y que luego alejaba sus olas de la orilla. Randall se sentía prisionero de aquellos dulces muros de carne, aquellos muros que le apretaban cada vez más firmemente, cada vez más dulcemente, cada vez más húmedamente.
Y Ángela ahondó el abrazo. Ya era Randall su propio cuerpo, su mismo cuerpo. Un cuerpo que podía apretar, con el que podía gemir, un cuerpo que llenaba el suyo de fuego. Un fuego rítmico e infinito. Ángela se sintió, por un momento, fuego ella misma, el fuego de Randall y su propio fuego ardiendo en una danza maravillosa, en una danza que hubiera deseado inagotable, como la pasión que Randall había despertado en ella. Apenas consciente, Steven supo, sin embargo, que se consumía en un éxtasis de pasión como nunca antes había llegado a sentirlo.
Ángela comenzó a apretar sus puños, a cerrar el arco de sus brazos. Subía y bajaba la ola de su cuerpo, se llenaba y vaciaba una y otra vez como un huracán de fuego y arena, como la marea que cubre la playa y luego deserta de ella. Randall seguía el ritmo marcado por Ángela, y su carne daba vuelta tras vuelta en aquella prisión gloriosa en la que hubiese deseado permanecer siempre.
– Dios mío -musitó él-, oh Dios mío. Mi amor…
Aquella danza era ya el movimiento perpetuo, cada vez más alto, más encumbrado, más volátil.
Ella le golpeaba con los puños en la espalda, mientras la aferraba de los costados.
– Querido, querido -jadeó ella-. Ah, querido…
Y Ángela sollozó, Ángela se estremeció, Ángela fue recorrida por un rayo que hizo temblar su piel, temblar sus labios, temblar aquel cuerpo del que Randall no hubiera querido ya separarse. Y él apuró, a su vez, la plenitud. Por un momento, el mundo estalló al unísono para ambos… Eran, sólo, un río de fuego. Un solo río.
– Te amo -musitó él-. Te amo, te amo.
– ¡Oh Steven! Nunca me dejes, nunca.
Vacíos, satisfechos, yacían apretados y seguros en brazos uno del otro.
Ella se durmió con ese dulce rostro suyo, tan querido y tranquilo, sobre el pecho de él.
Amodorrado, él trató de pensar, todavía caliente por la entrega de ella y de su carne. Había habido muchas, pero ninguna como ésta. Bárbara no, por supuesto que no. Él la recordaba esta noche con amabilidad y afecto, y reconocía ahora que sus encuentros mecánicos y sin amor habían sido tanto fracaso suyo como de ella. Darlene tampoco; ni todas las Darlenes anteriores a Darlene, con sus inanimados receptáculos, o con sus acrobacias de geisha experta. Tampoco Naomí, ni las muchas Naomíes anteriores a Naomí, con sus servicios limitados, sus números especiales, sus trucos y sus provocaciones.
Nunca, en las muchas noches de una vida con tantos años de adulto, había dado ni tomado, proporcionado ni recibido un orgasmo nacido y producido enteramente del amor; ni una sola vez, hasta esta noche, en esta cama, con esta mujer, en Amsterdam. Tenía ganas de llorar. ¿Por los años desperdiciados? ¿Por la alegría final? ¿Por los millones de otros seres del mundo que vivían y morirían sin conocer esta unidad total?
Randall besó amorosamente a Ángela en la mejilla, hundió profundamente su cabeza en la almohada, cerró los pesados párpados y él también acabó por dormirse.
Cuando recobró la conciencia se dio cuenta de que una campana remota lo llamaba. Hizo un esfuerzo por despertarse, vio a Ángela junto a él, todavía perdida en el sueño, y a través de las persianas que estaban más allá se percató del clarear gris de la mañana.
El sonido era persistente y se hacía más fuerte. Se dio una vuelta hacia la mesa de noche y vio que las manecillas de su reloj de viaje señalaban las seis y veinte de la mañana. Comprendió entonces que el sonido de campanas provenía del teléfono que estaba junto al reloj.
Aturdido manoseó buscando el auricular, logró levantarlo del aparato y se la llevó a la boca y el oído.
– Hola, ¿quién habla? -preguntó rápidamente.
– ¿Steven? Habla George Wheeler -anunció desde el otro extremo una voz apagada, pero perfectamente despierta-. Lamento despertarlo así, pero no tuve más remedio. ¿Está despierto? ¿Me oye?
– Estoy bien despierto, George.
– Escuche. Es importante. Quiero que vaya al «Hospital de la Vrije Universiteit»… el hospital principal de Amsterdam, el de la Universidad Libre. Necesito que esté allí dentro de una hora, a las siete treinta a más tardar. ¿Tiene un lápiz? Será mejor que lo anote.
– Un segundo -Randall localizó un lápiz y un bloc de notas que el hotel había puesto sobre la mesa-. Ya lo tengo.
– Apunte: «Hospital de la Vrije Universiteit». La dirección es 1115 Boelelaan. Está en Buitenveldert (un barrio nuevo de la ciudad), el taxista lo debe conocer. Pida al hotel que le busquen un taxi. Cuando esté dentro del hospital, diga a la empleada de informes que quiere que lo lleven al cuarto de Lori Cook en el cuarto piso. Allí estaré yo. Allí estaremos todos.
– Espere, George. ¿Qué diablos está pasando?
– Ya lo verá. No podemos discutirlo por teléfono. Baste que le diga que ha ocurrido algo absolutamente extraordinario. Y lo necesitamos a usted allí…
VI
El taxi en el que viajaba Randall, un «Simca», abandonó la ciudad y entró en la amplia calzada llamada Rooseveltlaan; ahí aceleró la marcha, pasando velozmente junto a praderas y bosques, y no la disminuyó hasta que tomó por Boelelaan y se acercó al hospital. Randall había ofrecido al chófer diez florines de más si lograba llegar al hospital antes de las siete y media; y el chófer se había propuesto recibir esa propina.
Ahora, desde la ventanilla del «Simca», Randall podía observar las enormes instalaciones de lo que parecía ser el conjunto de edificios de un hospital recientemente construido. El taxi entró a la vía de acceso bordeada por un lecho de flores, cuyos colores eran los únicos visibles en aquella temprana mañana nublada.
El «Simca» patinó al frenar frente a la estructura de siete pisos. En el toldo de madera de la entrada estaban escritas estas palabras: «ACADEMISCH ZIEKENHUIS DER VRIJE UNIVERSITEIT.»
– ¡Seis minutos antes de la hora señalada! -exclamó el chófer con satisfacción.
Randall pagó agradecidamente el costo del viaje, agregando los diez florines prometidos.
Aún desconcertado por el suceso «absolutamente extraordinario» que había exigido su presencia en este lugar, Randall subió apresuradamente los escalones de piedra del hospital. Cruzó la puerta giratoria y se encontró en un vestíbulo de techo bajo, donde había una tienda en la que vendían tabaco, dulces y galletas, cerca de la cual se encontraba la mesa de información de la que Wheeler le había hablado. Detrás del mostrador estaba una recepcionista de edad madura.
En el momento mismo en que se dirigía al mostrador, la mujer holandesa le preguntó:
– ¿Es usted el señor Randall?
Después de que él asintió con la cabeza, ella agregó:
– Por favor, siéntese un momento. El señor Wheeler me llamó por teléfono para decirme que ahora mismo baja a recibirlo.
Demasiado impaciente para sentarse, Randall llenó de tabaco su pipa y la encendió. Luego se dispuso a contemplar el muro del vestíbulo, compuesto de mosaicos modernistas; una imagen representaba a Eva naciendo de la costilla de Adán; otra mostraba a Caín y Abel; otra más a Cristo curando a un niño. Cuando comenzaba a interesarse en los mosaicos, escuchó su nombre y se dio la vuelta. George L. Wheeler estaba limpiando sus lentes de arillos dorados y colocándoselos en el puente de la nariz, mientras se acercaba a él para saludarlo.