El señor gerente está hundido. Como una auténtica señorona que descubre una miga de pan negro en su bollo.
Casi me dan ganas de ofrecerle mi hombro para que se alivie sollozando.
– Siéntese e intente calmarse -le recomiendo.
Se derrumba en un sillón y se seca con su pañuelo la comisura de los labios.
– Le ruego que perdone mi emoción, señor comisario. Es la primera vez que veo un comportamiento tan deplorable en un lugar tenido por el más prestigioso del país. Hay sitios para los gamberros y otros para la crema de la sociedad. Me resulta imperdonable que alguien frecuente un ambiente distinto del que por su propio rango social le corresponde.
– Tiene usted razón -amaga el cabo Lazhar para significarse.
Lo detengo con la mano y le ruego que se esfume. El cabo se siente ofendido. Masculla su descontento y se va protestando por el pasillo. Cierro la puerta y pido al gerente que desembuche de una vez.
– ¿Por qué no me lo cuenta desde el principio?
El gerente traga saliva, sin saber por dónde empezar, y, siempre con el pañuelo pegado a su boca afilada como la de una morena, me dice con voz chillona:
– Desde que lo vi por primera vez, aprecié en él una evidente falta de clase. Iba limpio, pero nada más. Ropa barata, una mezcla de imitación y de ingenuidad. El típico guaperas salido del pueblo llano que se empeña en escalar peldaños sociales por su cara bonita, no sé si me entiende. Me opuse a que se adhiriera al club. En el Sultanato somos muy mirados con estas cosas. Elegimos a nuestra clientela con mucho esmero. Ni siquiera se admite a los nuevos ricos. El dinero por sí solo no basta. Aquí aspiramos a proteger a las grandes familias de los peligros de la promiscuidad y la falta de respeto de los arribistas. Por desgracia, nuestro hombre es oficial de la policía. Y nosotros sentimos un respeto reverencial por nuestras instituciones, señor comisario.
Me llevo la mano a la boca para reprimir un bostezo que amenaza con abrirme la cara de par en par. Al gerente le indigna mi grosería, pero su respeto por las instituciones resulta mayor que el que alberga por la corrección.
– Perdóneme -le digo-, a partir de medianoche me sale la vena hipopotámica. Intente atenerse a los hechos: ¿quién es el oficial, por qué desenfundó la pipa, dónde está ahora?
Me pide con el índice que espere y aprieta un botón. Se presenta un sirviente con esmoquin, la pajarita suelta, el cuello de la camisa sucio y la cara medio tapada por un trapo ensangrentado.
– El señor Tahar es nuestro mayordomo. Le contará mejor que yo lo que ha ocurrido.
– Le escucho, señor Tahar.
El mayordomo advierte que no me voy a compadecer de su dolor. Retira su nariz magullada del trapo, constata que su herida me deja frío y va al grano:
– El teniente llegó hacia las ocho de la tarde, con su novia. Habían reservado la mesa 69. Yo mismo la preparé. El teniente quería festejar debidamente el cumpleaños de su compañera. Estaba muy satisfecho con la decoración de su mesa. Cenaron en plan enamorados, ambos muy apasionados. Hacia las diez, él me hizo una señal, que habíamos acordado la víspera. Su novia no debía darse cuenta. Quería darle una sorpresa. Apagamos las luces y llevamos la tarta hasta su mesa, con los aplausos del personal. Se trataba de una espléndida tarta gigante, hecha por el mejor pastelero del Gran Argel. La novia se emocionó mucho. Sobre todo cuando sus vecinos de mesa se pusieron a ovacionarles. Cortaron la tarta con mucha solemnidad. Cuando volvimos a encender las luces, la sonrisa de los tortolitos se esfumó. El señor Hach Thobane se hallaba en la entrada del restaurante. Espléndido como una deidad. Levemente apoyado sobre su bastón de caoba. Miraba a la novia del teniente con mucho cariño. En la sala se hizo un silencio inaudito. Todos los gestos quedaron en suspenso. Se notaba que algo extraordinario iba a ocurrir. Estaba claro que los tortolitos no se sentían a gusto. Se miraban como si el fin del mundo estuviese llamando a las puertas de su idilio. Entonces fue cuando el señor Hach Thobane apartó sus brazos, que, entre tanta perplejidad, parecían más anchos que el horizonte. Ignoro lo que pudo ocurrir. Estábamos todos en estado de estupor. La novia del teniente dejó caer su trozo de tarta y, movida por una fuerza irresistible, soltó bruscamente la mano de su novio, que intentaba retenerla, y corrió a acurrucarse entre los brazos de Hach Thobane. Fue algo tan increíble que nadie sabía si aplaudir o sentir lástima. Hach Thobane apretó contra él a la joven durante un largo rato y luego se fueron, abrazados, hacia un coche de lujo que los esperaba en la entrada. Aquí estábamos todos alucinados. Nuestros clientes no se atrevían a seguir con su cena. Todas las miradas convergían hacia el teniente. Nadie, por nada en el mundo, se habría puesto en su lugar. Ni siquiera él se daba cuenta de lo que acababa de caérsele encima. Estaba grogui, casi se tambaleaba mirando alelado la puerta por la que su novia acababa de largarse. Estuvimos una eternidad acechando su reacción. Se derrumbó sobre su silla y se agarró las sienes con ambas manos. Aprovechamos ese momento para ordenar a la orquesta que volviera a tocar, pero era imposible hacer como si nada hubiese ocurrido… El teniente mantuvo la cabeza gacha. Se bebió copa tras copa, botella tras botella. Ya borracho, se puso en mitad de la sala y empezó a tratar a la clientela de asquerosos burgueses y de catetos advenedizos. Intentamos calmarlo. Cada intento por nuestra parte lo ponía aún más fuera de sí. Cuando me pegó, mis hombres lo agarraron y lo sacaron fuera. No sé cómo consiguió zafarse de ellos, pero regresó y sembró el pánico con su pistola. Ni siquiera una explosión habría producido tanto espanto, pánico y pesadilla. Luego el teniente se percató de la que estaba armando. Sin enfundar su arma, nos trató de ricachones de mierda y de farsantes y se fue tambaleándose, vaya uno a saber dónde.
Planchado por lo que acabo de oír, siento a mi vez que las piernas me flaquean y caigo en un sillón.
¡En qué jodido follón acabas de meterte, teniente Lino!
Lo he estado buscando durante toda la noche, y he movilizado a todas las patrullas de la ciudad: aviso a comisarías y registro a fondo de tugurios. Lino se ha volatilizado. Mi preocupación aumenta al máximo cuando el teniente sigue sin dar señales de vida durante todo el día siguiente. Se me ocurren las hipótesis más espantosas. Como los jóvenes argelinos padecen un claro déficit afectivo, y como el teniente, a pesar de sus treinta años, sigue siendo emocionalmente un adolescente, y por tanto frágil e imprevisible, mucho más tras el desengaño de la víspera, es capaz de pegarse un tiro o de arrojarse desde lo alto de una torre sin paracaídas.
Envío a gente a los hospitales, a los depósitos de cadáveres, y cada llamada telefónica me hiela la sangre. Al anochecer, mis sabuesos regresan con el rabo entre las piernas y las manos vacías.
Lino tampoco ha regresado a su casa. Nadie le ha visto en su barrio.
Me quedo en mi despacho hasta muy avanzada la noche, dando vueltas a la cucharilla en mis cafés con la mano temblorosa y haciendo rogativas a los santos patronos de la ciudad. Nada.
Al día siguiente, doy parte al dire de la desaparición de Lino. Propina un puñetazo a la mesa y me tira un periódico a la cara. El incidente del Sultanato Azul está en primera plana.