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Va a la deriva, no hay manera de hacerle entrar en razón. Cada vez que se cruza con un cochazo de ricachón se lía a patadas con él. Cuando el conductor protesta, Lino se abalanza sobre él con la intención manifiesta de comérselo vivo. Está claro que esto va a acabar mal. ¿Cómo evitar lo peor?

Serdj me saca de la cama para avisarme de que el teniente está montando un número en un local encopetado. Al llegar allí, debo pedir refuerzos para que el ambiente se relaje un poco. Entre los agredidos, unos pijillos y unas putillas de postín. Casi debo ponerme de rodillas para suplicarles que no denuncien ni llamen a sus padres.

Me lo llevo a rastras hasta el paseo marítimo para que espabile. Está borracho como una cuba. Mientras intento sermonearle, se cachondea de mí señalándome con el dedo y llamándome cateto patético, lameculos y pobre idiota. Mi compañero de equipo tiene los plomos tan fundidos que lo apropiado sería encerrarlo en un manicomio. No puedo soportar verlo en ese estado, riendo a carcajadas para incordiar a la ciudadanía, asomándose peligrosamente por la baranda para vomitar su bilis. Al mismo tiempo siento un gran resentimiento contra Hach Thobane, sus putas incendiarias y ese desfase social que hace que en este país ningún infeliz pueda rozar con las yemas de los dedos un simulacro de felicidad sin electrocutarse.

Lino se queda sin aliento. Lo siento en un banco, frente al puerto, para que se vaya recuperando. Echa la cabeza hacia atrás y frunce el ceño al descubrir tantos millones de estrellas en el cielo. Quizá esté buscando la suya, pues una sonrisa tonta le estira la comisura de los labios. Su nuca cede y la barbilla se le hunde blandamente en el hueco del cuello. Le respinga un hombro una vez, luego otra, y suelta un sollozo desgarrador que me atraviesa el corazón como un proyectil.

Evito tocarlo. Lo que de verdad necesita es llorar hasta hartarse sin que lo molesten.

Se desahoga durante unos minutos, se limpia los mocos con la manga y, de sopetón, abre el absceso.

– Me ha estado utilizando… Te das cuenta, me llevaba como un vulgar paquete a cualquier parte donde la conocieran. Lo único que pretendía era fastidiar a su amante, ponerlo celoso como un jabalí. Y yo, gilipollas de mí, entraba en su juego dándomelas de duro.

Me mira con los ojos enrojecidos.

– ¿Cómo se le puede tomar el pelo así a la gente, Brahim?

– Nadie lo sabe mejor que tú.

– Me han dado por culo de lo lindo, ¿no es así?

– Cualquiera en tu lugar habría picado de la misma manera.

Asiente con la cabeza y, sorbiéndose los mocos, mira hacia las luces del puerto.

– No puedes hacerte idea de lo que la quería, Brahim. No, nadie puede imaginarlo. Habría dado mi vida por ella.

– Habría sido una pésima idea, Lino. El sacrificio no consiste en morir por alguien o por una causa. Te diré incluso que es, sin duda, la iniciativa menos razonable. El auténtico sacrificio consiste en seguir amando la vida, a pesar de los pesares.

Lino no está de acuerdo.

Se vuelve a pasar la muñeca por la nariz y dice:

– Estos ricachones de mierda no nos han dejado nada de nada, ni las migajas, ni siquiera las ilusiones. Nos han robado nuestra historia, nuestras oportunidades, nuestras aspiraciones, nuestros sueños y hasta nuestra ingenuidad. Ni siquiera tenemos derecho a fracasar con dignidad, Brahim. Se han quedado con todo, hasta con nuestra desgracia.

– No es cierto, Lino. La vida es así, hay ricos y pobres, y cada comunidad existe en función de la otra.

– Esos asquerosos ricos son los responsables de nuestra desgracia.

– Otros opinan que es culpa de la fatalidad.

– ¿Y en qué leches consiste la fatalidad?

Me siento a su lado en el banco. No me rechaza, tampoco se aparta. Lo noto cansado y estoico. Sin duda, su pena y su ira siguen librando una lucha titánica, pero es como si las contemplara a distancia, con cierta perplejidad. Su respiración ahogada lo mantiene en una suerte de expectativa. Está claro que no sabe cómo aplacar sus sufrimientos, y por tanto espera.

Un benéfico silencio nos acerca.

Contemplamos un barco que manda señales desde la bahía.

El mar está negro como el malhumor.

– Odio a esos ricachones de mierda -gruñe apretando los dientes.

– Razón de más para ignorarlos.

– No quiero ignorarlos.

– Eso es lo que crees. En realidad, te equivocas de blanco. Lo que odias es tu infortunio, no su dinero. Hay que aprender a controlar la envidia.

Vuelve a cabrearse. Pega un bote y se me planta delante, con el dedo más agresivo que una pistola:

– Me paso por el forro tus peroratas. No trago a esos burgueses de los cojones, y no va a atenuar mi aversión por ellos tu sabiduría de vejestorio capado. Se han forrado a costa del contribuyente mientras nosotros cantábamos Qassaman desfilando con los exploradores. Hoy se creen muy listos y con todos los derechos. Yo soy poli y tampoco me voy a quedar atrás. Al primer ricachón que caiga en mis manos le expido su certificado de defunción antes de leerme su declaración.

– Esa gente ignora para qué sirve un poli. Para ellos es alguien que regula el tráfico, un monigote que espanta a los golfos. Ni se te ocurra pisarles los callos porque pasarán sobre tu cadáver sin apenas fijarse. Y no te lo cuento para sacarte de tus casillas. No pertenecemos al mismo mundo, y punto. Si no he triunfado en mi oficio, no es por no haberlo intentado. Sólo puedo culparme a mí mismo. Llegamos a este mundo pobres y en pelotas. Luego cada cual se las apaña como puede. Se puede abrir los ojos en una choza y cerrarlos para siempre en un palacio. Nacer rodeado de escudos nobiliarios no exime de acabar estirando la pata en un vertedero. Cada cual tiene su destino. Por tradición, el orgullo es una actitud legítima. Lo justo es que también lo sea la humildad. El error, el peor de los errores, consiste en culpar a los demás de nuestras desdichas.

El dedo de Lino vibra. Con la cara arrasada por una concatenación de espasmos, acaba escupiendo de lado para poner fin al debate. Al verle alejarse tambaleándose comprendo que no merece la pena correr tras él.

Bliss oculta con su presencia el chorro de luz que invade mi despacho. Su hechura de retaco resulta ridícula en el marco de la puerta, pero es suficiente para espantar la claridad del día. Con las manos en los bolsillos, apoya un hombro contra la pared y se queda un rato mirándome.

– ¿Seguro que estás bien, Brahim?

– ¿Acaso me estoy quejando?

– Te he visto aparcar hace un rato. Tu maniobra dejaba mucho que desear.

– Pensaba en otra cosa -reconozco.

Se estira para ponerse derecho y, sin sacar las manos de los bolsillos, aventura un paso dentro de mi guarida. Curiosamente, parece preocupado.

– He echado una ojeada al correo esta mañana. Soy miembro de la comisión disciplinaria que lleva el caso de tu teniente.

– Ya tienes lo que querías.

– Déjate de gilipolleces. Estoy muy preocupado. Lino está deprimido. No podrá afrontar esta prueba adicional. Es como dejar a un gato jugar con una granada.

– ¿Para cuándo lo habéis convocado?

– Para principios de la semana que viene.

– Efectivamente, de aquí a entonces no se habrá recuperado.

Bliss está ahora al alcance de mi escupitajo. Finge interesarse por el retrato del rais colgado de la pared. Como quien no quiere la cosa, se deja caer sobre una silla y cruza las piernas.

– He dicho al jefe que no era el momento de atosigar a Lino. Está de acuerdo, pero no ve cómo aplazar la reunión del consejo disciplinario. He propuesto que le renueve la baja por convalecencia, para ir soltando lastre. Ha prometido que se lo pensará. No va a ser fácil, ya que el denunciante no es un cualquiera. Mira que te lo advertí. Tu protegido se estaba metiendo con un rinoceronte y, claro, éste lo ha pisado como si fuera una caca.

– A lo hecho, pecho.

– El problema es que lo más gordo está todavía por llegar.