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– ¿Y desde cuándo, en esta tierra, hay armas al alcance de cualquiera? Que yo sepa, aparte del caso Bulfred, que dio que hablar lo suyo en los años sesenta, jamás han pillado por aquí a un golfo con un arma. No irá usted a decirme que nos han invadido los colombianos.

– Seguro que hay una explicación para esto, señor Thobane.

– Más vale que me la dé.

– La tendrá usted, señor.

En ese momento llega el ministro del Interior, tan desconcertado que tropieza con la alfombra y está a punto de medir el suelo.

– Acabo de enterarme del tremendo desastre -empieza diciendo con voz despavorida-. Espero que no esté usted herido. ¡Dios mío! No es posible. ¿Quién se habrá atrevido a atentar contra Hach Thobane?

– Eso es usted quien tiene que decírmelo, Reda. Usted y nadie más. Si no, le prometo que jamás se volverá a oír hablar de usted.

El ministro se queda como fulminado, como si el cielo se le hubiera caído encima. Se pone rojo, y luego gris, antes de verse invadido por una enorme tristeza. Tras varias pasadas raspándole el gaznate, la nuez se le detiene justo en mitad del cuello. Durante un momento, viéndole titubear, me parece que se va a caer redondo.

Asqueado por el servilismo de unos y la inconsistencia de otros, me apresuro a reunirme con mis hombres en la calle.

Cuando regreso a casa, ya muy avanzada la noche, Mina me está esperando en el salón, con los ojos entumecidos. La falta de sueño junto con las tareas domésticas acabarán derrengándola. Pero percibo su alivio al verme llegar sano y salvo.

– ¿Es verdad que han disparado contra un ministro?

– ¿Sabes qué hora es? ¿Por qué no estás en la cama?

– Han estado hablando del atentado en la radio. Hasta el locutor estaba temblando. ¿De qué va esta historia? Desde Khemisti, aquí nunca se ha disparado contra un ministro.

– Es mucho más que un ministro. Se trata casi de una deidad. No ha muerto. Se han cargado a su chófer.

Mina se golpea el pecho, espantada.

– ¡Dios mío! Si, además de todas las desgracias que se nos vienen encima, empiezan a tirotear a la gente…

– Esto no es el fin del mundo, Mina. Ahora te metes en la cama y te callas. Tengo la cabeza a punto de estallar.

Mina comprende que no estoy para bromas. Se levanta tambaleándose.

– Te voy a calentar la cena.

– No es necesario. Lo que sí me apetece es tomar un baño.

– Esta noche tampoco ha llegado agua al barrio.

– ¡Otra vez!

Mina abre los brazos.

Cuelgo mi chaqueta en el perchero para mantener la calma. Una vez en la cama, dejo de pensar para recapitular mentalmente lo que ha ocurrido esta noche. Al cabo de unas cuantas piezas, el puzle empieza a resultarme pesado. Demasiado agotado por las horas extra, pongo las manos bajo la nuca y cierro los ojos. Mina se mueve a mi lado y nuestra vieja piltra gime ahogadamente. Sé que no se dormirá antes que yo.

A las seis de la mañana ya estoy de pie, no del todo repuesto de mis insomnios pero decidido a sacarle el mayor partido posible al día. Tras un desayuno con mucho azúcar, empiezo por el número 7 del Camino de las Lilas. Quiero volver a inspeccionar el lugar del atentado ahora que estoy más descansado, por si la luz del día me revela lo que la negrura de la noche me ocultó. La víspera me fijé en dos vecinos, un joven y una anciana, que no dejaban de intercambiar miradas de fastidio cada vez que un polizonte los rondaba. Creo que debieron de ver algo.

El día se presenta espléndido. Ni una dichosa nube fastidia la pureza del cielo. Detrás de la colina, el sol promete superarse. Hoy es viernes y las calles, en este fin de semana musulmán, están desiertas. El traqueteo de mi Zastava rebota pomposamente contra los edificios, otorgando al silencio matutino una especie de gallardía que no estoy dispuesto a asumir. Atravieso varios barrios sin ver un solo bicho viviente. Hasta los semáforos están en intermitente. Llego a Hydra en menos de veinte minutos, sin mirar siquiera las villas señoriales que expiden un sentimiento de beatitud extrema. Aquí la gente no folla sino que se dan placer. Representan lo que la burguesía argelina ha conseguido con mayor éxito, a la sombra de las mimosas y de la impunidad. Para un buen creyente como yo, cruzar estos espacios es hacerse una idea del edén que le espera a uno post mortem. Me sorprendo prometiéndome seguir siendo honrado, cumplir con mis cinco oraciones diarias a rajatabla, jamás despotricar del prójimo, etc.

Cuando llego al Camino de las Lilas, mis ensueños se esfuman, huyen despavoridos. No podré inspeccionar el lugar estando más descansado. Hay un montón de gente a la altura del número 7, pisoteando el escenario del crimen y comprometiendo mis posibilidades de toparme con un indicio intacto. Los dos furgones de la víspera siguen ahí. Otros coches han llegado después; algunos, grandes como paquebotes, están cruzados en las aceras. Un policía de paisano me ordena que dé media vuelta. Me presento, pero no hay nada que hacer, no queda un puñetero sitio para aparcar mi cacharro. Decido abandonar mi Zastava de cualquier manera y seguir a pie.

Quien me intercepta es el comisario Dine, del Observatorio de los Servicios de Seguridad, el equivalente del FBI en Estados Unidos. Se estaba tomando tranquilamente un vaso de café en su coche cuando me vio. Abre la puerta y me pide que me acerque. Observo que ha echado tripa y que su traje tiene un toque más sofisticado de lo habitual. Deduzco que está empezando a sacar partido de sus nuevos galones.

– ¿Qué andas buscando por aquí? -me pregunta saliendo de su asiento.

– Anoche se me extravió la moral por aquí. He venido a ver si quedan algunas migajas.

Suelta su carcajada de cachondo mental y me sepulta entre sus brazos.

– Siempre me alegra mucho verte, Brahim. Me he topado antes con tu inspector Serdj y le he preguntado por ti. Me dijo que te fuiste cinco minutos antes de que yo llegara.

– ¿Estás aquí desde las cuatro de la mañana?

– Todo el mundo está aquí desde la noche de los tiempos. Han atentado contra Thobane, amigo mío. Tratándose de gerifaltes de esta envergadura, hay que proclamar el estado de alarma general en el país. El ministro acaba de largarse. Ha organizado personalmente todo el dispositivo. Todos los servicios están en pie de guerra y las patrullas están registrando a fondo la ciudad. Esto, ya entre nosotros, me parece un excelente ejercicio. Después de tanto tiempo tocándonos las narices, nada como un buen susto para espabilarnos. ¿A ti cómo te va?

– Tal como van las cosas.

Me agarra por el codo y me aparta de oídos indiscretos.

– ¿Qué pasa aquí, Brahim?

– Ni idea.

– Es la primera vez que se agrede de este modo a una deidad nacional.

– Hay una primera vez para todo. Ya que se ha recurrido al OBS, entiendo que la investigación ya no compete a la Central.

– ¿Tú crees que Hach Thobane va a confiar este asunto a la morralla? No se ha movilizado exclusivamente al OBS; además, para que se sepa lo que es bueno, el patrón de Investigación está dentro del chalé, haciéndole la pelota al zaím. Hace una hora salió para echar una bronca a sus hombres. Ni te cuento. Está pasando el peor rato de toda su jodida carrera.

– Supongo que, en vista de la que se ha montado, algo se sabe ya.

– Aún no se ha confirmado, pero al parecer están a punto de detener a un sospechoso. Los muchachos de Investigación han encontrado una media de mujer no muy lejos de aquí. Se supone que es la máscara que el asesino llevaba cuando la agresión. Los casquillos que se han recuperado provienen de una Beretta 9 mm, idéntica a la que usa la policía.

– ¿Mis hombres siguen ahí?

– Les han dicho que se vayan. Esto es un asunto de Estado. Todavía no nos han dado instrucciones claras, pero, con toda seguridad, va a intervenir el OBS con los medios técnicos del Servicio de Investigación.

– Supongo que ya no pinto nada por aquí.