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– ¿Así que no era un harki?

– Que yo sepa, no.

– ¿Entonces, por qué lo asesinaron junto con su familia?

– Le repito que no los molestaron. Aquí, la masacre de harkis se hizo a la carrera. En tres días y tres noches el asunto quedó resuelto. Cuando los soldados franceses se largaron, en las alturas de Sidi Ba, los harkis intentaron irse con ellos. Pero El Zurdo se había puesto de acuerdo con el teniente Barrot sobre lo que había que hacer. El oficial francés no debía llevarse consigo a ningún árabe. Nuestros muchachos registraron los vehículos de su unidad y se encontraron con un traidor. El Zurdo se enfadó y lo quemó vivo allí mismo. Ese mismo día se abrió la veda contra los felones. Al final de la tercera noche, sólo en el municipio de Sidi Ba cayeron ciento cincuenta y nueve. Los Talbi no estaban entre las víctimas.

– Los mataron a primeros de agosto.

– ¿Quién le ha contado esa historieta, comisario? Mientras no se demuestre lo contrario, los Talbi están dados por desaparecidos. Jamás se supo de ellos, ni cadáveres ni nada.

– Nuestros testigos cuentan que unos tipos armados fueron a buscarlos por la noche y se los llevaron a alguna parte, de la que no regresaron.

– Puede ser, pero no para matarlos. No hubo más masacres. Cuando se cometió algún exceso, hubo órdenes expresas para que cesaran las expediciones de castigo contra las familias felonas. Además, los harkis detenidos posteriormente no fueron ejecutados, sino encerrados en las mazmorras de la república. Eso no excluye que algunas familias indeseables fueran obligadas a irse de aquí. Quizá les ocurriera eso a los Talbi. En mi opinión, se instalaron en otra parte, como otros miles de familias que se sentían amenazadas allá donde vivían.

– ¿Qué se reprochaba exactamente a Ameur Talbi? Me ha dicho que no colaboró con el ejército francés.

– Quizá que fuera muy amigo de Xavier Lapaire, el colono. El Zurdo odiaba a los franceses, y mucho más a los árabes que se juntaban con ellos.

– Dicen que uno de los hijos de Talbi, Belkacem, que por entonces tenía unos doce años, consiguió zafarse de sus raptores aquella noche.

– Yo también lo he oído, pero no estoy seguro de que sea verdad, porque nadie volvió a ver al chaval.

– Sin embargo, es cierto. Yo he dado con su pista.

El alcalde se encoge de hombros.

– Bueno, ¿y eso qué cambia?

– Muchas versiones.

– Entonces, dígale que pase y no se hable más.

No me cree, o intenta hacerme creer que, como tiene la conciencia tranquila, este asunto ni le va ni le viene.

– En su opinión, señor Jaled, ¿por qué tuvo que huir el crío si sólo se trataba de una mudanza?

– Le confieso que no tengo respuesta para eso. Desde luego, si lo que se pretendía era que aquella familia se fuera de Sidi Ba, no había motivo para que el crío huyera. Tanto más teniendo en cuenta los horrores que se estaban cometiendo por la zona. Pero no se volvió a saber del niño y nada demuestra que esto no sea sino una divagación de enemigos de la revolución que intentan, como sea, sembrar el desconcierto y empañar las páginas de nuestra historia.

– Lo he encontrado.

– Antes que usted, otros lo pregonaron sin éxito. Se han dicho tantos disparates sobre este asunto que ya nadie se cree nada. En Sidi Ba estamos convencidos de que la historia del pequeño Belkacem Talbi es un invento de los descontentos para desprestigiar a Hach Thobane.

– ¿Qué tiene que ver Hach Thobane?

– Hach Thobane es El Zurdo.

Saco mi cuadernillo y garabateo «Hach Thobane = El Zurdo». Sin duda, un gesto fantasioso, cuando no impropio de un madero que trabaja por instinto, pero al menos me permite ocultar mi estupefacción.

– ¿Quién querría perjudicar a un héroe nacional?

– La revolución no sólo engendra valientes, comisario. Las luchas intestinas que han hecho tantos estragos en nuestras filas siguen vigentes hoy. Dentro de un mismo partido hay gente que se odia y que conspira. Se odia a los triunfadores. El Zurdo ha triunfado. Tiene una colección de envidiosos y de detractores. Intentan desmitificarlo, sacar a relucir su pasado, poner en duda su carisma. En Sidi Ba somos conscientes de ello y sufrimos por ello. En cierto modo, están atentando contra nuestro símbolo, ¿comprende? Hach Thobane es un señor. Es inmensamente generoso. Aquí, todo el mundo le debe la mayor parte de su bienestar. Gracias a él, este pueblucho ha salido de su marasmo económico. Nuestro aduar está a punto de convertirse en una ciudad, quizá en la capital de la provincia. Las malas lenguas denuncian nuestro regionalismo y nuestro nepotismo. Les parece que nuestro héroe es demasiado rico, demasiado ambicioso, demasiado asfixiante. Eso no es cierto. Hach Thobane es un hombre de bien, sensible y caritativo. Yo, personalmente, lo venero.

Me llevo a la boca el vaso de té, lo olisqueo y lo vuelvo a soltar sin probarlo. El alcalde acusa el golpe sin quejarse por el ultraje. Debo de caerle cada vez peor porque su bigote, que al principio tenía caído, empieza a erizársele.

Enciendo un cigarrillo y contemplo el hilo de humo que sube hacia el techo.

– ¿De qué manera la historia de ese chico podría empañar la imagen de Hach Thobane, señor Jaled? -le suelto de sopetón-. ¿Hay alguna relación entre los Talbi y nuestro héroe?

Mis preguntas no lo desconciertan. Se sirve una taza de café para ganar tiempo y aprovecha para reflexionar. Dice:

– Como Hach Thobane el Zurdo fue responsable militar de la comarca durante la guerra, pretenden endosarle todas las meteduras de pata y todas las historias raras que ocurrieron. Ésa es la relación. Una vulgar sarta de mentiras. La guerra acabó, señor Llob. A lo hecho, pecho. Por lamentables que fueran algunos acontecimientos, ya no se puede hacer nada. Queremos pasar página y reconstruir el país. Lo demás, las fabulaciones y estúpidas insinuaciones, no deben desviarnos de nuestro camino. Le aseguro que él no tuvo nada que ver. Si está empeñado en comprobarlo por sí mismo, pues adelante. Pero ándese con cuidado, aquí las susceptibilidades están a flor de piel.

Al secarse la frente, el alcalde cae en la cuenta de que, a pesar de sus esfuerzos por conservar la flema y por expresarse con moderación, el tembleque de su mano persiste. Se guarda el pañuelo y se levanta.

– ¿Por qué no viene usted a cenar a mi casa esta noche, comisario? Hablaremos de todo esto con la cabeza más sentada. Tengo un montón de expedientes administrativos que resolver ahora mismo y este despacho está acabando con mi salud.

– Lo siento, pero tengo problemas de colesterol.

En el pasillo, los dos mangantes siguen esperando a que me vaya para volver junto al alcalde. El más gordo, cuya camisa apenas puede contener su panza, me lanza una sonrisa tan falsa como su cinturón Lacoste.

Me acerco a él y le digo al oído:

– Deberías ponerte unos calzoncillos en la cabeza.

Un hombre me espera delante del coche, en el aparcamiento municipal. Está mal vestido, sin afeitar y parece bastante borracho. Apenas me ve, se cuadra y se lleva la mano a la sien, en saludo muy reglamentario.

– ¿Eres tú el que busca las cosquillas a la gente de Sidi Ba?

– Depende -le contesto abriendo la puerta.

El hombre echa el pulgar por encima de su hombro:

– Este alcalde es un hijo de puta de mucho cuidado. Se considera Dios y cree que todo el pueblo es suyo. Lo conocí cuando tenía veinte años. Es un destripaterrones, un blandengue y un fracasado. Va contando por ahí que estuvo en la cárcel por sus actividades revolucionarias. Es mentira. Jamás militó en el FLN. Ni siquiera sabía lo que era eso antes de la independencia. Era un cuatrero, un vulgar ladrón de ovejas, y nada más. Lo detuvo un granjero cuando intentaba colarse en su corral.