– Lo que estás diciendo es muy grave.
– Esto no es nada al lado de lo que ha hecho.
– ¿Lo has conocido personalmente?
– ¡Y tanto!
– ¿Piensas que está estrechamente vinculado a este asunto?
– Tan estrechamente como al diablo.
Esbozo una mueca evasiva.
– No se hace desaparecer a gente sólo para quedarse con sus bienes. Tiene que haber algo más; si no, la gente ya habría empezado a largar.
– Eran familias acomodadas y por eso se las cargaron.
– ¿Porque se les tenía envidia?
– Porque querían quedarse con su fortuna. Una vez alcanzada la liberación, también había que buscarse la vida. Para seguir adelante, había que quedarse con lo de los demás, señor historiador. Los Thobane eran unos andrajosos. Antes de la guerra no tenían donde caerse muertos. El padre trabajaba como mozo de caballerizas en la granja de los Lapaire. Dicen que lo mató un caballo desbocado. Su hijo, Hach, era pastor con los Ghanem. Dos de sus hermanos murieron en Indochina, en el ejército francés. Hach heredó una miseria increíble. Lo recuerdo muy bien. Solía rondar los cuarteles para pillar latas de racionamiento. Para él, así empezó la guerra. Hizo amistad con soldados musulmanes y consiguió convencer a unos cuantos, con quienes organizó una emboscada contra un camión militar de aprovisionamiento. Un éxito total. Su primera hazaña, con siete soldados muertos como prima y el abastecimiento desviado al maquis. El Zurdo acababa de entrar en la leyenda por la puerta grande. Desde entonces, reinó de manera absolutista en toda la comarca, que, tras la guerra, convirtió en su sultanato particular. Se quedó con las tierras de Kaíd Allal, con los molinos de los Bahass y el ganado de los Ghanem, y a nadie le pareció desmesurado. ¿Acaso no era el salvador de Sidi Ba?
– ¿Y cuál era la fortuna de los Talbi? -le pregunta Soria.
– Ése es el punto oscuro de este asunto, señora. Que yo sepa, los Talbi estaban arruinados. Eran más bien pobres. Es cierto que el padre trabajaba como contable para los Lapaire, pero no ganaba mucho. ¿Por qué fueron a por ellos la noche del 12 al 13 de agosto? Eso sigue siendo un misterio. Ningún viejo de aquí puede contestar a esa pregunta, pues Talbi no pertenecía a ningún bando. Tenía una esposa inválida e hijos enfermos, así que lo dejaban en paz. Pero quizá alguien pueda ayudarle. Un veterano asesino de la revolución, hoy borracho con dedicación exclusiva, un tal Rachid Debbah. Vive recluido en el bosque. Como está tieso y es alcohólico, si le sueltan algo puede que haga un esfuerzo y recupere la lucidez.
– ¿Nos puedes llevar hasta donde vive?
– Por supuesto. Primero debería yo hablar con él. Es desconfiado y testarudo cuando decide no cooperar.
– Le pagaremos lo que pida -dice Soria.
Se levanta para irse.
– Si me prometen que van a seguir con esto hasta el final, iré ahora mismo a verlo. Así, mañana lo encontrarán despejado y en mi casa. Vivo a diez kilómetros de Sidi Ba, por la carretera de Medea. No tiene pérdida, mi casa se ve desde la carretera. Cuando pasen la gasolinera, a más o menos un kilómetro a su izquierda, verán un morabito. Más arriba se divisa una ruina al borde la pista. Mi casa está justo encima. No hay más casas por allí. Los estaré esperando con Rachid.
– ¿A las nueve? -le propongo.
– Tan temprano, no. Rachid no se levanta antes de mediodía. Digamos a las dos de la tarde.
Le tiendo la mano, agradecido. No me tiende la suya.
– Nos daremos la mano cuando hayamos acabado con esa gentuza asquerosa, señor historiador. No antes. Quiero que esa carroña pague y que el país se libre para siempre de ellos. No piense que es por simple venganza. Quizá también haya algo de ello, pero no se trata sólo de ajustar cuentas. Quiero a este país. No tiene por qué creerme, eso a mí me da igual. Lo único que me importa es ayudarlos para que puedan llegar hasta el final. Porque si se echan atrás como gallinas, esto será el fin del mundo, para mí y para todos aquellos que piensan que sigue habiendo justicia en esta tierra.
– Es cierto que a veces me pringo en asuntos turbios, pero no soy un gallina.
– Lo comprendí cuando te vi salir de la alcaldía.
– Hasta mañana.
– Eso es, hasta mañana, historiador. No faltes.
Le acompaño.
Cuando regreso, me encuentro con Soria de pie junto a la ventana, con gesto de consternación. Contempla la efervescencia de la plaza, con los ojos medio cerrados y una extraña arruga en la frente. Sin darse la vuelta, me dice:
– ¿Me puede dar un cigarrillo, señor Llob?
Capítulo 18
Efectivamente, la casa de Tarek Zubir se puede ver desde la carretera. Para llegar a ella, basta con tomar la pista que conduce al morabito cuya cúpula verde y blanca domina la colina. Nos adentramos por un sendero retorcido y seguimos una hilera de arbustos. Son las dos menos diez. El sol abrasa en la campiña. Conduce Soria, con la cara apergaminada. Se ha pasado la noche dando vueltas en su habitación y escribiendo interminables notas en sus cuadernos. Por la mañana seguía enfrascada en sus papeles, tan absorta que no me oyó llamar ni entrar. No es fácil saber lo que le pasa por el magín. No ha dicho gran cosa desde la víspera y ha perdido buena parte del entusiasmo, como si, de repente, esta historia empezara a hartarla. Por supuesto, intenta disimular, pero la sombra que vela su mirada no engaña.
En el patio de Tarek Zubir no se oye nada. Soria toca el claxon. No sale nadie. Esperamos un par de minutos, luego me apeo del coche y llamo a la puerta de madera carcomida. Escucho atentamente y no oigo nada del otro lado. Llamo al hombre; mi voz rebota contra las paredes de adobe y se apaga sin suscitar el menor interés. Abro el pestillo. Veo, por la puerta entreabierta, un trozo de patio interior y un perro tumbado en el suelo. No se mueve. Es normal, tiene la cabeza reventada. Soria se sobresalta cuando me ve desenvainar mi arma. Le ruego que no salga del coche y entro de puntillas en la casa. En la entrada, observo una mesilla volcada y un zapato abandonado. Sigo adelante, con la espalda pegada a la pared, al acecho del menor ruido. La ventana está abierta de par en par. Da a un mísero salón. El escaso mobiliario está patas arriba como si hubiera habido una pelea. Sigo avanzando, paso por encima de una banqueta apuntando hacia delante con mi Beretta y me meto en una habitación completamente revuelta. Levanto la cabeza y me lo encuentro. Tarek Zubir está colgado de una viga, con el cuerpo desnudo lleno de moratones y los brazos caídos. Tiene sangre ramificada por la barbilla y el pecho. Mira fijamente un rincón de la habitación, con la nuca partida por el nudo de la cuerda y parte de la lengua fuera. Su verdugo le ha cortado la nariz antes de ahorcarlo.
Recorro las demás habitaciones, regreso al patio, inspecciono los alrededores. No hay bicho viviente.
Soria se acerca, intrigada.
– No te recomiendo que sigas adelante -le digo.
Aparta mi brazo y se precipita hacia el salón. La retengo por el puño.
– ¡Quítame tu pata de encima! -me grita, irreconocible.
– No es nada bonito.
– He visto cosas peores.