Se mete en la habitación.
Esperaba que regresara a la carrera o que se pusiera a vomitar. Soria aguanta el tipo. De pie, muy tiesa, mira de frente el cadáver mutilado con una tranquilidad que me pone la carne de gallina.
– Mala suerte -gruñe.
– Eso parece.
Se cubre la cara con las manos sin dejar de mirar al ahorcado. La ira le hincha los párpados. En el silencio de la casa, su respiración se amplifica como un rumor. Noto que está a punto de estallar. Tras meditar sobre nuestra mala suerte, me mira de frente con la cara descompuesta y me dice.
– Le han cortado la nariz.
– Ya lo he visto.
– ¿Sabe lo que significa?
En Argelia, la nariz es el órgano del orgullo. Durante la guerra de independencia, los guerrilleros cortaban la nariz a quienes consideraban traidores y luego los hacían desfilar por las calles para que la gente aprendiera debidamente la lección. En aquellos tiempos, la firma y el mensaje eran claros. Verlos de nuevo veintiséis años después me ofusca.
– ¿Piensa que se trata de una broma, comisario?
– En cualquier caso, de pésimo gusto.
– Intentan asustarnos.
– ¿Está usted asustada, señora?
– No, ¿y usted?
– Un poco, pero no como para echarme atrás.
El comisario de Sidi Ba está hecho una furia. Pretende intimidarme, pero no da la talla. Es un alfeñique reseco, con el rostro tallado en granito, que habla con las manos y con los pies, y que pega un bote, como si fuera un muelle, cada vez que quiero colocar una palabra. Debe de ser muy malvado, pues sus berridos provocan una desbandada en la sede de la policía, un caserón destartalado a imagen de su función. Los dos inspectores que lo asisten se mantienen muy erguidos. El más grande, un gigantón de torva mirada, me tiene ganas por sacar de quicio a su jefe. El otro, un gordinflón grasiento, no deja de rascarse el trasero. Él también parece malvado, y orgulloso de su bigote de soldado del cuerpo de tiradores y de su tripa de tragaldabas empedernido. En el pequeño despacho, cuya puerta vidriada da a un patio cubierto de grava, suena la alarma general. Las llamadas telefónicas se suceden una tras otra. Es el gordinflón quien contesta. Cuando no es el alcalde, es su secretaria. El malestar del comisario desvela el de las altas instancias, cada vez mayor. El comisario se niega a ponerse al aparato. «¿No ves que estoy ocupado?», grita cada vez que el inspector le tiende el aparato. Yo, por mi parte, me dedico a pensar en las musarañas. He hecho bien dejando a Soria en el hotel. Con semejantes energúmenos en la policía, acabaría perdiéndome el escaso aprecio que me tiene.
– Ya la tenemos liada -me suelta enfurecido el comisario de Sidi Ba-. Apareces por aquí y empieza a caer la gente. Con lo tranquilos que estábamos, en la gloria, y nos vienes en plan superagente para ponernos la casa patas arriba. Esto no es Argel, camarada. Esto es mi ciudad. Si tienes problemas, te diriges a mí. No tienes derecho a pisarme el terreno. Existe un reglamento y una circunscripción administrativa.
– ¿Por qué no bajas un poco el volumen?, se te oye en toda la ciudad -le digo.
Se queda cortado.
El comisario detesta que se le falte al respeto delante de sus subordinados. Por poco le da un ataque.
– Me parece que no he entendido -gruñe con la esperanza de que le pida perdón.
– No me extraña.
Ya muy mosqueado, la paga con mi barriga. Me amenaza Con su dedo estremecido:
– Tu chulería te la guardas para la morralla, mequetrefe. Yo me las sé todas. Me desayuno a diario unos cuantos listillos como tú. Pero ya no me hace gracia. Así que tranquilo.
– Que te den por el saco.
Está a punto de abalanzarse sobre mí, pero se contiene in extremis. Está que arde. Se muerde los labios con voracidad y le tiemblan las manos.
Cambia de táctica.
– ¿Crees que me vas a impresionar porque vienes de Argel?
– Más o menos.
La nuez le chasquea dentro de su cuello congestionado. Comprende que no puede conmigo y que no le conviene seguir por ese camino. Ordena prudentemente a sus inspectores que se quiten de en medio. Cuando nos quedamos solos, se desabrocha la camisa y regresa tras su mesa.
El duro se raja.
– Voy a dar parte al ministerio, señor Llob.
– Por mí puede darle un toque a la presidencia, si eso le divierte. Estoy aquí para trabajar. Por otra parte, le prohíbo categóricamente que me trate como acaba de hacerlo. Ya sé que lleva su casa a su manera, con toda discreción y por tanto con total impunidad, pero eso no le autoriza a andarse con chulerías conmigo. Confórmese con su chanchulleo habitual y dé gracias a Dios que no esté pudriéndose tras unos barrotes. Mi corta estancia en su magnífico burdel me da idea de sus artimañas. No se la coge con papel de fumar y eso es todo un mérito. Pero no se preocupe, no estoy aquí para aguarle la fiesta. Por tanto, si quiere que mi investigación no cambie de rumbo, le recomiendo que no se me cruce entre las piernas.
El fulano ha dejado de respirar. Se queda petrificado en su sillón, con la mano en alto sobre el teléfono. Por su manera de mirarme, debe de preguntarse si le estoy vacilando. Nuestras miradas se enfrentan durante un largo rato, buscándose mutuamente las fisuras. Sin duda, la escoria que tengo delante es un tipo listo, pero no lo bastante temerario para atreverse a comprobar lo que se oculta tras mi audacia.
– Supongo que está bien respaldado, señor Llob.
– No faltaría más.
– ¿Puedo ver su orden de misión?
– Yo, en su lugar, me abstendría.
Aparta el teléfono.
– Vale -suspira gimiendo.
– Si no es mucho pedirle, ¿me puedo ir ya?
Aparta los brazos, rindiéndose.
Antes de salir, echo una mirada por encima de mi hombro. Prefiero no contarles lo que veo.
Al día siguiente, Soria y yo nos adentramos en el bosque, en busca de Rachid Debbah, el famoso matarife que Tarek Zubir quería presentarnos en su casa. Acabamos dando con su cobijo, ya avanzada la tarde, gracias a unos pastorcillos. Vive al otro lado de la colina, en medio de matorrales y de escombros. El Lada no cabe por el sendero de cabras que lleva hasta su casa. Dejamos el coche junto a un huerto y escalamos el terraplén a pie. Soria corre más que yo, como si temiera llegar demasiado tarde.
Allí debieron de vivir varias familias antes de que todo quedara incendiado. Por el estado ruinoso de los cuchitriles, la mala hierba y las ratas, el siniestro debe remontarse a la noche de los tiempos. De un estanque quebrado fluye un reguero fétido que se pierde tras una muralla de chumberas. Ahí también el cadáver de un perro está a punto de descomponerse. Un poco más allá, la casucha. La puerta ha sido arrancada y tirada a una zanja. El zumbido de las moscas nos da muy mala espina. Soria está abatida. Suelta un taco y se sienta sobre una piedra.
– No puede ser -gime-. No puede ser.
Se pone a llorar.
Entro en el cuchitril.
Rachid Debbah está acurrucado sobre un jergón, en el fondo de una habitación vacía e invadida por una luz agresiva. El único mobiliario es un cajón colocado boca abajo a modo de mesilla de noche. Encima, una vela ahogada en su cera y una botella de vino vacía. El durmiente apesta; no se ha bañado desde el diluvio de Noé. Sus pies descalzos, que la minúscula manta no llega a cubrir, están negros de mugre. Me agacho para apartar la manta y veo la cabeza del pobre diablo: alguien le ha hundido el cráneo tan profundamente que la pared está salpicada de grumos de su cerebro.
Soria está exangüe. Se calla para contener la rabia que la invade. «No me toque», me suelta cuando le propongo ayudarla a bajar por el abrupto sendero. Y ni una palabra más. Sólo los espasmos de sus mandíbulas masticando en vacío, triturando ferozmente los gritos que escapan de su garganta. Renuncia a conducir. Lo hago yo, mirando de frente, mientras ella mira a lo lejos, terca y encogida, cruzada de brazos, como una cría enojada.