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Un mutismo tormentoso nos acompaña durante todo el camino de regreso a Sidi Ba. La menor chispa lo haría saltar todo por los aires. Tengo la impresión de que me considera responsable de nuestra mala pata, de que piensa que tengo gafe.

La dejo en el hotel y voy a aparcar el coche en el patio de la carpintería. Es de noche. Una farola tuerta acentúa la oscuridad del suelo. Apago el motor y enciendo un pitillo. Justo cuando abro la puerta, se me echa encima una sombra profiriendo «hijo de puta». Recibo un golpe en la nuca, otro en la mandíbula y pierdo el conocimiento.

Cuando me despierto, reconozco el techo de mi habitación. Estoy tumbado en mi cama, con una barbacoa pegada a la sien. A mi alrededor, las paredes ondean lentamente. Me llevo la mano a la cara, me topo con zonas ardientes y chichones debajo de la oreja y en las mejillas. Intento levantarme, pero no consigo sino intensificar mi migraña y renuncio de inmediato. Sólo entonces comprendo que he sido agredido.

Soria viene con una cacerola llena de cubitos de hielo. Se sienta a mi lado, empapa unas compresas en agua fría y las pone con cuidado sobre mis magulladuras.

– ¿Qué ha ocurrido?

– El recepcionista le oyó gritar. Si no llega a acudir, esos dos canallas le habrían linchado. La emprendieron a patadas con sus riñones mientras estaba en el suelo.

– ¿Podría identificarlos?

– Todo estaba muy oscuro. Huyeron cuando le vieron aparecer.

Me duele tremendamente la mandíbula. De repente, busco mi pistola bajo el cinturón y no la encuentro. Soria me tranquiliza.

– La he guardado… ¿No le dio tiempo a verlos?

– No vi nada.

– Se está usted haciendo viejo, comisario.

– Yo también lo creo.

Lleva una bata vaporosa, blanca y transparente, dentro de la cual se mueve un cuerpo espléndido. Sus pechos de embrujo, bien recogidos en su sostén bordado, parecen dos soles saliendo tras una nube. Cuando se inclina sobre mí para aplicarme las compresas, se agitan como la gelatina y casi se me vuelcan encima. Es verdaderamente una real hembra. Ahora que parece haber digerido su cólera, tiene el rostro relajado, y sus ojos, esas relucientes joyas, me tienen fascinado. Su perfume me trastorna; tengo la vaga sensación de fluir corriente abajo hacia alguna ribera encantada. Se vuelve a inclinar y se le sale ligeramente el pecho más cercano a mí, con su pezón cual cereza sobre un pastel. De repente su mirada sorprende la mía y la desconcierta. Intento batirme en retirada como si fuera un chiquillo pillado con las manos en la masa. Me arrincona con su sonrisa, me desarma, me desnuda. No hay manera de hallar fuerzas para luchar contra esa extraña onda que me inunda por completo. Soria se percata de mi desasosiego y abusa de él impunemente. Sus dedos abandonan las compresas y se desperdigan por mi rostro, alisan el filo de mi nariz, se deslizan por mis labios, atizando una multitud de escalofríos por entre mis carnes y otras tantas llamaradas en mi espíritu. Ahora su seno se ha salido del todo y sobrevuela mi pecho como si fuera un fruto sagrado. Se me seca la garganta y mi corazón se desboca en su jaula como si fuera un gorrión asustado. Se inclina cada vez más, inundando mi cara con su pelo; nuestros alientos se mezclan en un silencioso baile; su mano va descendiendo hacia mi vientre, lúcida y soberana, sigue deslizándose sin el menor recato, movida por una fuerza irrefrenable. Me estremezco y me agito, totalmente desbordado. Los labios de Soria rozan los míos, neutralizando su temblor y bebiendo su desasosiego. El vértigo me vence y me apresa un delicioso tormento. Justo cuando inicio mi inmersión, sus manos se abalanzan brutalmente sobre mi bajo vientre y rompen el encantamiento. La agarro por la muñeca:

– Mina no me lo perdonaría.

– No tiene por qué enterarse -me murmura con su boca pegada a la mía.

– Pero yo sí lo sabría. No podría volver a mirarla con los mismos ojos. Con el tiempo lo iría sospechando y quedaría muy afectada, y yo jamás me lo perdonaría.

No insiste.

– Mina tiene mucha suerte -dice levantándose.

Capítulo 19

Kong sale del ayuntamiento a las cinco y media de la tarde. Se dirige a pie al centro de la ciudad, a pasos pesados y con la espalda encorvada. Basta con observarle para darse cuenta de que es un bruto. La gente cambia de acera cuando va a cruzarse con él; los chiquillos recogen su pelota y salen corriendo cuando se les acerca; los tenderos le hacen zalemas. En resumen, es una intimidación con patas. Cuando llega al zoco, se pide unos pinchos en un chiringuito, se los come en el mismo mostrador y se va sin llevarse la mano al bolsillo. A esto se le llama montárselo a expensas de la república. Luego se mete en un cafetín con mala pinta, expulsa a un jugador de dominó y ocupa su lugar. Al cabo de la tercera partida, la toma con su contrincante, que no ha sabido negociar su revancha. Al anochecer, se abastece en una tienda de comestibles y, con los brazos cargados de compras que no ha pagado, sube una callejuela infame y se mete en un edificio horrendo. Justo cuando abre la puerta de su pocilga, lo empujo hacia dentro y le golpeo la cara con mi pistola. Se derrumba como un oso electrocutado y sus paquetes se estrellan contra el suelo, llenándolo de clementinas y de huevos rotos.

– ¿Qué tal, Kong? Pensaba que vivías en un árbol, y veo que prefieres vegetar en una jaula. Oye, estás muy evolucionado para tu especie.

Se sacude la cabeza para recuperarse del golpe.

Mi 43 fulgura y lo vuelve a tumbar de narices.

– ¡Al suelo!

Enciendo la luz, cierro la puerta y me acuclillo junto a él, apuntándolo con mi Beretta.

– ¿Qué quiere usted de mí?

Le señalo las magulladuras de mi cara.

– ¿Ahora cómo voy a ligar con la cara que me has dejado? ¿Tú crees que eso está bien?

– No entiendo lo que me dice.

– Me vas a matar de pena, Kong.

– Le juro que no entiendo.

Le agarro los pelos y tiro con fuerza hacia atrás. La nuca le cruje y se le salen los ojos de dolor.

– Tu amiguito y tú habéis cometido un grave error.

– Se equivoca, comisario. No estoy loco. La primera vez, no sabía quién era usted. Pero me mantengo a raya desde que sé que es policía. Sé hasta dónde puedo llegar.

Me incorporo e inspecciono el cuchitril. Es un cuartucho ruinoso donde pocas veces se hace la limpieza. Su mobiliario se compone de una cama metálica, un banco, una mesa baja atestada de vasos y de platos sucios, una tele polvorienta sobre un baúl y una nevera. Sobre las paredes llenas de humedad, en medio de un montón de fotos de tías en pelotas, un cartel electoral con la foto sonriente del alcalde de Sidi Ba.

Kong aprovecha mi distracción para saltar. Sus brazos intentan desarmarme. Lo esquivo y le doy una serie de puñetazos con la izquierda que apenas le afectan. Vuelve a la carga y se me echa encima aullando. Su puño me fulmina la oreja, justo donde más me está doliendo. El dolor incrementa mi ira. Pego a ciegas y con todas mis fuerzas con la culata de mi arma. Kong se desmorona. Sigo dándole leña. Cada golpe refuerza mi sentimiento de estar contribuyendo a la salvación de la humanidad y, en consecuencia, haciendo un gran favor al cielo.

– Vale, vale, me rindo -me dice en un estertor.

Le ordeno que se pegue a la pared. Obedece, se encoge en un rincón y se limpia los mocos con la manga. Le he reventado una ceja y roto la napia. Tiene la cara llena de sangre.

– Los dos fulanos que le atacaron no son de aquí. Llegaron de Argel hace tres días y dicen ser de la Seguridad Militar. El alcalde los recibió en privado.

– ¿Cómo son?

– Pues, como todo el mundo. Le hundo mi 43 en la tripa.

– Los he visto una vez, lo juro.

– Descríbemelos.

– Cuadrados, con las sienes afeitadas y la nariz rota. Los típicos matones. Uno tiene una cicatriz en el labio superior, y el otro, paticorto, cojea un poco. Nada más verlos se me pusieron los pelos de punta.