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– Si te parece, me voy a cortar. No necesito tu permiso, y llamo como quiero a quien quiero. Si para ti eran héroes, para mí eran demonios.

– ¿Porque los harkis eran unos angelitos?

– Eran lo que eran, y en el peor de los casos, menos bárbaros que tus felagas.

Se me dispara el puño. Labras lo recibe justo debajo de la oreja izquierda. Cae hacia atrás. Antes de que se sobreponga, le doy con mi 43 en la barbilla. Soria intenta interponerse, pero la mando a volar por los aires. Labras se pone fuera de mi alcance y me apunta con el dedo:

– ¿Te atreverías a ponerme la mano encima si no fueras un polizonte? Te aplastaría como a una calabaza podrida. Pero la ley está de tu parte, ¿no es así? La hicieron a tu medida, ¿verdad, comisario? Pegas el primero y luego te amparas en ella. ¿No te resulta facilona esta prueba? Anda, guarda tu placa y tu pipa, y demuéstrame que tienes algo más que mierda en las tripas.

Me quito la chaqueta y dejo placa y pistola sobre el suelo. Me suelta un gancho por sorpresa. Veo las estrellas. Me suelta otro. Me flaquean las piernas pero el orgullo me impide caer. Hago acopio de rabia y me vuelvo a lanzar contra él. Nos enredamos en inextricables contorsiones e insultos. Menuda fuerza tiene el criador de pollos. El aire sano del campo le sienta de maravilla. Muy pronto, mis energías van menguando entre jadeos desbocados; mis agarradas pierden efectividad y precisión, y se diluyen. La contaminación de Argel me agarrota las pantorrillas. Labras comprende que lleva las de ganar e introduce su brazo bajo mi muslo para tirarme; le clavo un dedo en un ojo y le obligo a soltarme. De repente, una detonación nos llama al orden. Es Soria, con mi Beretta entre las manos, apuntándonos:

– ¡Basta ya!

Labras y yo nos separamos, hipnotizados por el cañón del arma.

– ¡Eh! -digo a la historiadora-, esto no es un juguete para señoras.

– Vosotros dos tampoco. Vuestras peloteras me sacan de quicio. Sois ridículos. Lo que me desespera es que ni siquiera os dais cuenta. El rumbo de los tiempos ha cambiado, señores. Los ideales que defendieron ya no están vigentes hoy, y lo que está ocurriendo en el país está en las antípodas de sus utopías. Apiádense de sí mismos y ahórrenme sus gilipolleces. Estoy llevando a cabo una investigación seria y me importa un rábano la morralla que representan.

– El incumplimiento de los juramentos no es asunto mío. En cambio, no tolero que nadie llame felagas a hombres y mujeres que murieron por su patria.

– ¿Y tú que has hecho para honrar su memoria, guardián del templo? -me grita el granjero-. El país por el que murieron está en manos de inútiles y de perros y, aparte de perseguir a los tullidos y de pegar a los mancos, ¿qué has hecho para evitarlo, señor luchador por la libertad?

– Yo no era un felaga.

– ¿Has estado al menos en el maquis?

– ¿Y esto qué es? -atronó levantando mi jersey para que vea una cicatriz de bala a dos centímetros de mi corazón. ¿Acaso parece una quemadura de cigarrillo?

– ¿Y esto qué es? -me replica bajándose el pantalón-. ¿Acaso mi placa de eunuco?

Me quedo sin aliento.

Soria no se da la vuelta. Aunque sorprendida por la desnudez del hombre, se queda pasmada al contemplar el bajo vientre cubierto por un vello espeso, como para ocultar su invalidez: el granjero tiene amputados el pene y los testículos.

Un silencio sepulcral se abate sobre todo el lugar.

Labras se sube el pantalón y se sienta, jadeante pero comedido. Me da la espalda como para expulsarme del universo y se dirige exclusivamente a Soria:

– Debió usted dejarlo en su zoológico, señora. Las fieras se ponen muy nerviosas cuando se las saca al bosque…

– Lo siento muchísimo, señor Labras.

Le guiña un ojo, con tristeza.

– No es grave. En cierto modo es mejor así: al menos, permaneceré fiel a mi difunta esposa hasta el final… Haré una excepción por tratarse de Tarek Zubir-dice cambiando repentinamente de tono-. No se merecía acabar así. Le debo mucho. Fue el único responsable que aceptó recibirme. Me escuchó, y fue él quien me sugirió que me instalara aquí, lejos de los hombres y de su rencor. Si no hubiese intervenido personalmente, el banco no me habría prestado ni para una cuerda con la que ahorcarme. Los canallas que le han matado no se saldrán con la suya. Estoy dispuesto a correr todo tipo de riesgos con tal de que paguen. Dígame lo que quiere saber, señora, estoy listo.

Soria me devuelve la pistola. La guardo en la cintura y me levanto para tomar el aire, pero no tan lejos como para perderme la conversación.

– Tarek Zubir debía presentarnos a un testigo clave el día en que fue asesinado, señor Labras. Era a propósito de la familia Talbi, desaparecida la noche del 12 al 13 de agosto de 1962. Quería cooperar a fondo con nosotros. Desgraciadamente, se nos adelantaron. Y Debbah…

– No me hable de ese perro. Ha muerto como siempre vivió. Era un carnicero, un canalla de la peor especie. Muchos inocentes han pasado por el filo de su cuchilla. Sólo con pensar en él me dan ganas de ir a cagar sobre su tumba.

Soria levanta los brazos.

– Perdón. Ignoraba que lo odiara tanto.

– ¿Odiarlo? Eso sería una honra para él.

– De acuerdo, señor Labras, retiro lo que he dicho.

– No merece la pena que nos detengamos en eso, señora. Lo que hay que dar por sentado de una vez por todas es que los dados por desaparecidos fueron ejecutados aquella noche, con excepción de un niño que consiguió escapar y que los hombres del Zurdo buscaron durante meses, quizá años, sin encontrarlo. Yo estaba allí, señora. Jamás olvidaré lo que ocurrió aquella noche. Jamás. Recuerdo todos los detalles, cada uno de los insultos que profirieron los fel…, los esbirros del Zurdo, cada una de las lágrimas en las mejillas de las mujeres y de los niños, cada súplica de los hombres que iban a liquidar… Yo había sido detenido dos días antes, en el bosque donde me ocultaba desde las primeras masacres colectivas, durante las cuales se cargaron a mi mujer, a mi padre y a dos de mis hermanos. Yo esperaba poder alcanzar el puerto y embarcar hacia Francia, pero las tropas del FLN estaban peinando la comarca, tenían controles en todos los cruces de camino y registraban a todo el mundo. Se había abierto la veda del harki. Yo era uno de ellos, y se había puesto precio a mi cabeza. Ignoro cuántos días y noches me mantuve oculto en el bosque, alimentándome de plantas y frutos salvajes. Una mañana, bajé a beber a una fuente y los esbirros del Zurdo me cayeron encima. Unos querían degollarme allí mismo, otros insistían en que se me llevara ante el jefe. Me trasladaron a un puesto de observación abandonado y me ataron dentro de una cueva. Ese mismo día, trajeron a otros tres harkis, uno de los cuales, destrozado, murió de sus heridas al atardecer. Al día siguiente, tras un simulacro de ejecución, nos volvieron a meter en la cueva. Por la noche llegó un tractor bien escoltado. Reconocí a Kaíd y a su familia, así como a los Ghanem. Traían sus pertenencias en maletas e ignoraban lo que se les reprochaba. Unas horas después llegó a pie la familia de Bahass. Recuerdo que el mayor de los hijos llevaba a su abuela a hombros. Inmediatamente después, un camión descargó a Talbi y a su familia. Ninguno de ellos sabía por qué se encontraba allí. Creo que ni los secuestradores lo sabían. Esperaban órdenes del Zurdo. Pero cuando vieron llegar a Debbah el Carnicero, con su bolsa llena de machetes, empezaron a darse cuenta de lo que les esperaba. Más tarde, circuló el rumor de que El Zurdo no podía venir y que había ordenado que se nos ejecutara a todos. Los dos harkis y yo decidimos vender caro nuestro pellejo. Los matarifes empezaron por los Kaíd. Aquello ocurrió en un calvero que la luna llena alumbraba como si fuera de día. Cuando empezaron a atar a los niños, Kaíd gritó: «¡Nos van a degollar!». Pánico general. Las tres familias se dispersaron en medio de una confusión general. Los hombres del Zurdo empezaron a disparar a diestra y siniestra. Yo y mis dos compañeros aprovechamos la refriega para salir huyendo de allí, tras cargarnos al que nos custodiaba en la cueva. Ya había unos cuerpos tumbados en el calvero. La chiquillería y las mujeres alcanzadas por sus perseguidores gritaban de espanto. Las balas silbaban a mi alrededor. Corrí todo lo que pude. No lo tenía fácil con las manos atadas. Tropecé con un tronco de árbol y caí en una fosa. Tres hombres armados dieron conmigo. «Éste es mío», dijo Debbah. Los otros dos me inmovilizaron en el suelo mientras el Carnicero me quitaba el pantalón. Me emasculó allí mismo. Como se oían otros gritos muy cerca, dijo al más joven que me dejara sufrir un poco antes de saltarme la tapa de los sesos. El dolor era tan atroz que no me desmayé. También estaban los aullidos de los ajusticiados. El tipo que debía rematarme temblaba como una hoja. Le supliqué que abreviara mi agonía. Lloraba y se negaba con la cabeza. Ni siquiera conseguía agarrar debidamente su fusil. Me apuntó a la cabeza, luego apartó el cañón y disparó al lado antes de salir corriendo.