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– Si quiere que se lo diga, lo suponía. Me quedo totalmente tranquilo ahora que me lo confirma, pues voy a revelar cosas que son capitales.

De repente, enronquece. Ha llegado para él el momento tan temido, y acaba de darse cuenta de los peligros que le acechan. Una sombra de duda cruza su mirada. Soria lo mira fijamente, como intentando insuflarle parte de su determinación. A Rabah Alí se le va desvaneciendo el orgullo, titubea, intenta serenarse. Le suda la frente y se le secan los labios.

– Hay que seguir adelante, Sidi Alí -le exhorta el criador de pollos-. Confío en esta señora.

Rabah Alí se queda meditabundo ante la incitación del granjero, consigue superar su confusión y se desplaza al cuarto contiguo. Regresa con un pequeño cuaderno de espiral y lo suelta sobre la mesa delante de Soria:

– He guardado esto durante veintiséis años. Ya no quiero tenerlo conmigo.

– ¿Qué es? -pregunta Soria palideciendo.

– Era de Ameur Talbi. A mí me tocó escoltarlos aquella noche. Y digo bien escoltarlos. Ignoraba que iba a producirse una cacería. Tenía apenas veinte años y las manos todavía limpias. Me ordenaron que fuera a casa de los Talbi para invitarles a hacer las maletas. Para esta misión me proporcionaron un camión. Por entonces, yo no sabía ni discutir órdenes ni hacerme preguntas. Llamé a casa de los Talbi a las nueve y media de la noche. Mi fusil no estaba cargado. Con esto les doy a entender lo poco que sabía yo de lo que se avecinaba. Ameur Talbi no se esperaba mi visita. Me dijo que se trataba de un malentendido, que jamás El Zurdo enviaría a nadie a buscarle a su casa. Le dije que había recibido órdenes estrictas y que debía llevarles, a él y a su familia, al puesto 32. Ameur Talbi me contestó que, de todos modos, no podía ir porque su mujer era medio paralítica y su hijo menor tenía cuarenta de fiebre. Yo no tenía radio ni teléfono para comunicarme con mis superiores. Ante mi apuro, me enseñó este registro para demostrarme que estaba equivocándome de persona. Lo abrí y le eché una ojeada. Entonces llegó un todoterreno. Era un suboficial. Sin bajarse del vehículo, me ordenó a voces que me diera prisa. Intenté explicarle que quizá nos estuviésemos equivocando de persona. Me gritó que si no estaba en el puesto 32 antes de las diez, me arrancaría la piel con unas tenazas. Ameur Talbi lo oyó todo. La orden era tajante. Le dije que cuando llegásemos al puesto 32 todo se aclararía y que no se preocupara. Asintió con la cabeza y fue en busca de sus hijos. Dos de mis hombres ayudaron a la madre. Subimos al puesto 32 y allí ya no pude hacer nada. Yelul le habrá contado lo que vino luego.

Soria quiere saber qué tenía El Zurdo contra Ameur Talbi. Azorado por la gravedad de su testimonio y comprendiendo que ya ha ido demasiado lejos como para echarse atrás, Rabah Alí da un manotazo al registro.

– ¿Aún no se ha enterado usted? Ameur Talbi era el colaborador más cercano del Zurdo, su hombre de confianza más importante: era su tesorero.

Nos alcanza un rayo. La descarga es tal que a Soria se le rompe el bolígrafo en la mano. Su cara se convierte en efigie de cera.

Me quedo anestesiado, y no oigo las siguientes palabras de Alí. Me conformo con mirar cómo su boca masca su hiel. Oigo en mi interior un silbido cósmico que se traga el tamborileo de la lluvia sobre el tejado y el ruido del viento en los árboles.

Capítulo 20

Me cuesta reconocer a Soria. Una extraña mezcla de cólera y de júbilo intenso desfigura su rostro. No ha dicho esta boca es mía mientras Labras nos llevaba de vuelta al hotel. Sólo percibía el incontenible temblor de su cuerpo transmitido por el cuero del asiento trasero. Ni siquiera dio las gracias al granjero cuando nos dejó. Nada más llegar a su habitación agarró su maleta, presa de un ataque de frenesí, y la llenó desordenadamente.

– ¿A qué viene esto? -le pregunto.

– Hago mi maleta y me largo.

– ¿Sabe qué hora es? Va a amanecer dentro de nada.

Se pone tiesa y tuerce la boca. Me atraviesa con su mirada desorbitada.

– ¿Todavía no se ha enterado, señor Llob? Por vez primera en su vida, ese ogro de Hach Thobane se encuentra en un serio apuro, que tengo la firme intención de convertir en pesadilla. Estas cosas hay que hacerlas en caliente. La menor prórroga, cualquier distracción, una simple pausa para café le pueden dar tiempo para maniobrar a su favor. No le daré esa oportunidad. Antes muerta. Quiero que caiga, y cuanto antes mejor.

– Necesitamos dormir un poco. La carretera es mala y hace un tiempo de perros.

– No hay descanso mientras dura la guerra. Le recuerdo que tiene que sacar a su teniente del agujero donde se está pudriendo, comisario. Está loco por volver a su casa cuanto antes. En su situación, el tiempo vale más que el oro; se trata de sobrevivir. De todos modos, estoy tan excitada que no conseguiría dormirme. Si está cansado, yo conduciré. Le prometo devolverlo entero a su casa.

– ¿Y mi coche?

– Déme las llaves y los papeles. Mandaré a alguien a buscarlo mañana.

No hay manera de hacerla entrar en razón. Ya está en otra parte. Hago de tripas corazón y vuelvo a mi habitación para recoger mis cosas.

No aguanto mucho. Al cabo de un centenar de kilómetros, me quedo adormilado en mi asiento. Soria me despierta al llegar a Argel. En estado semicomatoso, la oriento para llegar a mi casa. Me deja delante y desaparece, olvidándose mi equipaje en el maletero del Lada.

Mi reloj señala las cinco de la mañana. Subo como puedo los escalones. En el rellano del tercer piso intento en vano dominar mi vértigo. Llevo dos noches seguidas sin pegar ojo. Mina me abre, con la cara abotargada de sueños frustrados. Me derrumbo entre sus brazos y me abandono a sus cuidados. Tengo la vaga sensación de que me está quitando los zapatos. La cabeza se me hunde en una almohada, y me arrastra de inmediato consigo por un maravilloso abismo.

He dormido como un lirón. Me he despertado a media tarde. Mina me sonríe, sentada en el borde de la cama. Se ha puesto guapa, con las pestañas marcadas con kohol.

– Te he preparado un baño -me dice con voz de pajarito.

– Lo necesito más que nada.

Mientras me enjabona la espalda, le pregunto si alguien ha llamado.

– Nadie, aparte de Monique.

– ¿Qué quería?

– Hay una boda este fin de semana. Le dije que lo pensaría.

Al anochecer, ya no aguanto más. Soria no ha dado señales de vida. Lo que más rabia me da es que en ningún momento se me ha ocurrido quedarme con su teléfono. Tampoco sé dónde vive. La mudez de mi teléfono aumenta mi mal humor. Estoy tan contrariado que ni siquiera toco la cena. Hacia medianoche, me vuelven a zumbar las sienes. Mina me suplica que me meta en la cama. Me niego obstinadamente. Al final, me quedo dormido en el salón sobre una banqueta acolchada.

Más de lo mismo al día siguiente. Me paso la mañana mirando el teléfono, como si fuera el perro de La Voz de su Amo. Nada, aparte de las llamadas de siempre. Soria se ha propuesto olvidarme. He llamado a Baya para preguntarle si alguna señora ha intentado localizarme en el despacho. Su respuesta aviva mi malestar.

Mina evita la confrontación. Ha aprendido a no meterse conmigo cuando mis mofletes le recuerdan los de un dogo estreñido.

Al atardecer, Furulú, el hijo de la vecina, me informa de que una mujer me espera abajo en su coche. Si me llegan a cronometrar mientras me visto, seguro que acabo figurando en el Guinness. Antes de que a Mina le dé tiempo a reaccionar, ya estoy en la calle.

Soria está arreglada de pies a cabeza. Seguro que le ha ido bien. Enfundada en un traje de chaqueta que quita el hipo, el pecho provocador y un aspecto espléndido, me planta un beso voraz en la mejilla.