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– ¿Por qué no va directamente al grano, señor Llob?

– También fueron sacrificados muchos inocentes.

– Por favor, eso era inevitable. Todas las revueltas producen estragos.

Su filosofía no me convence. No intento ocultárselo. Adivina que le va a costar mucho ablandarme. Me ve venir, descodifica a la perfección la red de mis insinuaciones. Su mirada intenta larga y vanamente doblegar la mía. Suspira y consiente en justificar lo injustificable.

– Estábamos en guerra. No había ni culpables ni inocentes, ni verdugos ni víctimas, sino quienes estaban en el lugar equivocado en el momento preciso y quienes se los cargaban para salvar su propio pellejo. Por supuesto, algunos se pasaron de rosca, con su triunfalismo. En realidad, eran el juguete de su propia pesadilla. Al fin y al cabo, no hubo vencedores ni vencidos, sólo quienes lo perdieron todo y quienes salieron adelante, aunque escaldados.

Me obstino:

– Algunos inocentes no pasaban por allí por casualidad, señor Thobane, ni tenían tan mala pata.

– Ocurrió, desgraciadamente, pero así son las cosas.

– Lo peor es que a los verdugos jamás se les molestó.

– ¿De qué serviría? No se puede resucitar a los muertos. A lo hecho pecho. Hoy, desde cierta perspectiva, sabemos que, con un mínimo de sentido común, pudieron evitarse muchos excesos. Pero por entonces no había lugar para el sentido común. El odio y la ira estaban al mando, y nadie podía evitarlo. Nos urgía acabar cuanto antes y arrasábamos todo a nuestro paso. Ni siquiera teníamos que hacernos preguntas. Un único horizonte nos guiaba: la independencia de nuestro país. El resto, nuestras vidas, nuestras conductas, nuestros errores y nuestras dudas, se lo llevó la crecida de nuestra entrega. Nadie se detenía en el camino, nos lanzábamos de cabeza hacia la libertad y no pedíamos perdón cuando lo rompíamos todo a nuestro paso y pisábamos el cuerpo de un amigo. Tampoco ellos nos iban a pedir perdón, y nos habrían pisoteado a nosotros. Así eran las cosas. Cuando la gente se alza en armas, se toma las cosas como vienen. Sean buenas o malas, no hay más remedio que asumirlas. Es la única manera de forzar el rumbo del destino… Además, no le estoy diciendo nada nuevo. Ha sido guerrillero y sabe lo que fue esto.

– Cierto, he sido guerrillero, pero sus motivaciones y las mías no tenían nada que ver. Yo luchaba por la independencia, no por lo que pensaba hacer con ella después. Para mí, sobrevivir a la guerra era el mejor regalo que Dios podía concederme. Me hacía ilusión recuperar a mi gente, mi casa y mis manías. Otros veían más allá. Ya estaban pensando en repartirse las fortunas huérfanas de dueños, los puestos de mando y los privilegios que proporcionan. Admita que no es lo mismo. No bastaba con una bandera en lo alto de los nuevos ayuntamientos. Algunos querían convertirse en lo que ésta simbolizaba y adueñarse del país. Como antes habían sido pastores, no supieron ser gobernantes y siguieron considerando al pueblo su rebaño. Pero éste no es el tema que nos ocupa, señor Thobane… Estoy aquí para remover su propia mierda.

Esperaba que saltara de sus casillas o que ordenara a sus hombres que me dieran una paliza antes de echarme a patadas. Se limita a concederme una mirada patética y cansada, la mirada de una vieja deidad que empieza a ser consciente de su finitud. Ni siquiera lo ha impresionado la vulgaridad de mi tono. Parece haber comprendido que mi fuerza no procede de mis argumentos como investigador, sino de la oculta movilización que se ha operado detrás de mí y de cuya determinación yo soy sólo una pequeña muestra. Hach Thobane es un fullero de primera. Ha superado más pruebas que un titán y desbaratado conjuras en cantidades industriales. Si ha sobrevivido hasta la fecha, en un país donde las maquinaciones tienen una precisión quirúrgica y las traiciones se maduran a la vez que se calculan, no se debe sólo a su buena estrella.

– Váyase, comisario. Le juro que no sospecha ni la centésima parte de los disgustos que está a punto de padecer.

– Ha metido usted en el calabozo a un teniente de la policía, señor Thobane. Lo acusa de haber intentado matarle por celos. Resulta que ese pobre madero no tiene nada que ver en esto. Ha sido usted víctima de su pasado, que ha acabado alcanzándolo. Ignoro cómo se hizo con el arma de mi colega, pero a su agresor le sobraban motivos para tenerle ganas. Intentaba vengarse, y vengar a los suyos, ejecutados por orden suya la noche del 12 al 13 de agosto de 1962, en los alrededores de Sidi Ba, donde usted reinaba con el apodo del Zurdo. Aquella noche también fueron liquidadas otras tres familias, pero ninguno de sus miembros consiguió librarse. Los Kaíd, ricos terratenientes; los Ghanem y los Bahass, la gente más rica de la comarca. Ni supervivientes ni herederos. Sus bienes fueron considerados botín de guerra, que fue a su vez malversado en beneficio propio: el suyo. La otra familia, la de los Talbi, tuvo su superviviente: Belkacem, internado desde 1971 bajo las iniciales de SNP y que se benefició del indulto presidencial el pasado mes de noviembre. Aquel chico, que tenía unos doce años cuando la matanza colectiva, sólo sobrevivió para dar con usted y ajustarle las cuentas. Él ha fallado, pero yo no voy a fallar.

– Las familias que ha citado colaboraron con el enemigo. Fueron juzgadas y condenadas por el Tribunal militar del FLN. Su fortuna no nos interesaba. Los Talbi eran más pobres que Job. Eso lo sabe todo Sidi Ba. Entonces, ¿por qué los iban a ejecutar si el objetivo de aquella operación era exclusivamente la fortuna de los condenados?

Esgrimo mi carpeta antes de tirársela sobre las rodillas.

Con toda calma, saca de ella un paquete de fotocopias.

– ¿Qué es?

– Lea, se le va a refrescar la memoria.

Se da la vuelta hacia el interior de la villa y pide que le traigan sus gafas. El gorila cojitranco acude de inmediato. Hach Thobane se pone las gafas, cuyos cristales le agrandan exageradamente los ojos, y hojea los documentos, que no parecen impresionarle.

– No veo lo que significa esto, comisario.

– Se trata de una copia del libro de contabilidad que Ameur Talbi llevó durante la guerra. Aquí está registrado el conjunto de los depósitos en metálico que gestionaba en provecho de su batallón, así como los descargos firmados por usted. Resulta sencillo evaluar las entradas y salidas de dinero, la suma de los distintos donativos, colectas y contribuciones financieras de la ciudadanía, musulmanes y cristianos -incluida la extorsión-, recaudados en la comarca de Sidi Ba de marzo de 1956 a junio de 1962. A saber, cuarenta y cinco millones de francos antiguos en metálico, mil ciento treinta y siete luises de oro, doce kilos de oro, cincuenta y dos joyas por una suma de tres millones… En resumen, la totalidad de un botín de guerra que jamás ha declarado al FLN y que se quedó cuando acabó la guerra.

– Váyase…

– Ameur Talbi era su tesorero secreto. Lo mandó ejecutar, así como a su familia, para no dejar testigos…

Se rompe el puente. Hach Thobane se pone de pie, conmocionado, completamente derrumbado, con una pistola en la mano.

– Llevo un micro oculto, y hay bastante gente siguiendo con interés nuestra conversación en este preciso momento. Lo siento, pero tenía que tomar algunas precauciones. Esta semana han sido eliminados dos hombres en Sidi Ba por menos que esto. Su asesino olvida -como todos los asesinos- que se puede matar a miles de testigos, pero que jamás se puede matar del todo la verdad.

Los nudillos de su puño armado se tornan blanquecinos a la vez que se estremecen.

– ¡No irá a dispararme!

– No me perdonaría mancharme las manos con la sangre de un perro -refunfuña-. Hay gente que se encarga de ese tipo de trabajo.

– Me andaré con cuidado.

– Demasiado tarde.

– ¿Cree usted que he hecho muy mal en hacerle esta visita, señor Thobane?

– Lárguese de aquí. Vaya en busca de su premio antes de que sus amos cambien de opinión.