Los dos gorilas me agarran por los hombros y me conducen a empellones hacia la salida.
Me tuerzo el cuello para mofarme de la deidad plebeya:
– Puede quedarse con el documento como recuerdo. El original está en lugar seguro. Hasta muy pronto.
– Ahueca el ala -me escupe el gorila en la nuca.
Hach Thobane observa, con una mirada tenebrosa, cómo sus hombres me llevan a rastras por la selva tropical. Debe de estar haciéndose dos preguntas fundamentales: con qué salsa me va a cocinar y cuándo piensa comerme.
Soria me llama para anunciarme su regreso de Sidi Ba y que todo fue muy bien. Su artículo de tres páginas saldrá mañana en los principales diarios nacionales. Me aconseja que me quede clavado en mi sillón y que no pierda de vista la pantalla de mi televisor; su reportaje saldrá en el noticiario de las ocho de la tarde. A las ocho menos cinco decreto el toque de queda en casa. Mina y nuestros hijos se reúnen conmigo en el salón, tan tensos como yo. No les he dicho nada, pero mi agitación les ha puesto la mosca detrás de la oreja. El pequeño es el único que se queda en su habitación, echando pestes contra sus deberes escolares. Las noticias se abren con un único titular: Hallada una fosa común en Sidi Ba, veintisiete restos humanos desenterrados, entre ellos quince niños. Las imágenes muestran una excavadora removiendo la tierra, a hombres exhumando cráneos humanos y varios montones de huesos, a testigos contando su versión de los hechos, todos la misma, la saben de memoria; una vista panorámica de las montañas de Sidi Ba, un zoom de la ciudad aderezado con un comentario abrumador. Unas imágenes de archivo remiten a los años de la guerra: pelotones de muyahidin avanzando por la nieve, aviones de combate del ejército francés bombardeando con napalm pueblos musulmanes, rostros quemados, campesinos huyendo de sus aldeas devastadas, mujeres y niños apiñados con sus hatos en carretas improvisadas; luego, vuelta a la fosa común, donde un anciano tambaleante cuenta el drama a la vez que señala un sendero y los alrededores. Reaparece el periodista para desarrollar el testimonio de las personas consultadas y se eclipsa, dando paso a una foto reciente de Hach Thobane, e inmediatamente después a otras, más antiguas, tomadas en el maquis, en las que aparece el famoso Zurdo exhibiendo una emisora de campaña tomada al enemigo durante una emboscada, pasando revista a su regimiento, apuntando con su subfusil, todo comentado en tono cavernoso de oración fúnebre… A mi alrededor, un silencio sideral. Mis dos hijos mayores y mi hija están anonadados. Mina tiene las manos pegadas a las mejillas y los ojos inundados de lágrimas. Ha dejado de oírse el ruido de los vecinos de al lado; habitualmente, a esta hora, sólo se oyen broncas y carreras de niños. Todo el edificio parece estar conteniendo la respiración. Pienso que lo mismo debe ocurrir en el resto del país.
– ¡Papá! -grita el pequeño desde su habitación-, ¿cómo quieres que haga los deberes con este follón? El teléfono lleva una hora sonando.
Tengo la impresión de estar emergiendo de un abismo, y me lleva mi tiempo asimilar los gritos de mi hijo. Al final percibo el ruido del teléfono. Llego hasta él y descuelgo; es Hach Thobane.
– Imbécil -me dice con una voz extraordinariamente serena.
Y añade, tras una pausa:
– Diga a sus comanditarios que no hay que vender la piel del oso antes de haberlo cazado.
Cuelga.
Mina me encuentra hecho un cascajo en nuestro dormitorio, con el auricular en la mano y la mirada perdida.
A las seis menos cuarto de la mañana, el teléfono me saca de un bote de la cama.
Es Nedjma, la amiguita de Hach Thobane:
– Venga rápidamente -me dice sollozando-, ha ocurrido una desgracia.
Tercera parte
Morir es el peor favor que se pueda hacer a una Causa. Porque impepinablemente habrá, por encima de los escombros y de los sacrificios, una raza de buitres lo suficientemente espabilados para hacerse pasar por aves fénix. Éstos no dudarán un segundo en utilizar las cenizas de los mártires como abono para sus jardines edénicos, en construir con las tumbas de los ausentes sus propios monumentos y en convertir en agua para sus molinos las lágrimas de las viudas.
Brahim Llob
El otoño de las quimeras
Capítulo 21
El día se despereza con cautela en el Camino de las Lilas. Parece que la noche ha sido movida por aquí. Algunos se han atiborrado de tranquilizantes para poder pegar un ojo. Normal, cuando linchan a un vecino es que anda rondando la ira popular. Me imagino la impresión de los nababs de Argel cuando encendieron su tele la víspera. No es tanto el escándalo de Hach Thobane lo que les ha encogido las tripas como el hecho de comprobar que nadie está del todo a salvo. Si se han atrevido a dejar en pelotas a un mito viviente, es que se puede desplumar sin problema a cualquier reyezuelo. Esto explica por qué la gente se resiste a abandonar las sábanas en esta parcela del paraíso. No saldrán de casa sin haber llamado por teléfono a diestro y siniestro para evaluar la magnitud del maremoto que va a devastar la ciudad. Mientras tanto, ya que las calles han dejado de estar seguras, prefieren quedarse calentitos en la cama, husmeando sus sábanas y olisqueando su transpiración.
Fuera, el cielo está lívido. No hay la menor nube que se preste a velarle la cara. Muy pronto el sol alumbrará con su antorcha el desastre en toda su amplitud. No todos los días se consigue arrastrar por el fango a un dinosaurio. Las gigantescas salpicaduras van a llegar muy lejos. Se siente curiosidad por saber qué tipo de follón se va a montar.
Aparco mi Zastava delante del número 7. Aquí especialmente el silencio tiene algo de irreversible. Se parece un poco al que le invade a uno cuando de repente se da cuenta de que se halla en medio de un campo de minas. No me dejo llevar por el desaliento. Apago la colilla en el cenicero y me bajo del coche dando un portazo para darme ánimos. Me siento lúcido, en perfecto dominio de mis facultades. Va a hacer sol. Algunos pájaros afinan sus cuerdas vocales, ocultos en el follaje. Que no cunda el pánico.
Nedjma me abre antes de que haya acabado de acariciar el timbre. Duchada, maquillada y peinada, no parece estar dispuesta a llevar el luto. Con su ropa de casa, exhalando delicados perfumes, semeja un hada surgida de una voluta de humo. Sus ojos de hegeria resplandecen como joyas, sus labios encarnan todas las tentaciones. Ahora que me permito mirarla de cerca, no recuerdo haber contemplado una belleza tan depurada. Su frescor encumbra sus veinticinco años como si fuera una diadema. Todo en ella roza la perfección: la pureza de sus rasgos, la posición de sus pómulos, la limpieza de su mirada y la excelente configuración de su silueta. Un pedazo de mujer.
– ¿Qué tal? -le pregunto.
– Aún no me lo he planteado, comisario.
Me ruega que la siga. Lino la habría seguido hasta el infierno. Cuando se va detrás de esta mujer, el resto del mundo queda oculto, sobre todo sus trampas y artimañas. Si se pusiera a caminar sobre las aguas, uno se sorprendería haciendo lo mismo. Su gracia es una delicia y su garbo una epopeya.
Intento no perder la cabeza, pero me resulta imposible sustraer mi mirada al hipnótico contoneo de sus caderas.
Busco a los gorilas, o a algún lacayo apostado en espera de una orden o una señal. No hay un alma en el jardín.
– ¿Está usted sola?
– Sí.
– ¿Dónde se han metido los guardaespaldas?
– Hach los despidió a todos ayer.
Entramos en el palacio. Hasta el rey de Jordania se moriría de envidia si se diera una vuelta por aquí. Tanto fasto encelaría incluso a los dioses subidos en sus cometas. Es increíble lo que los hombres son capaces de amasar en torno a su mísera persona para vivir una vida tan efímera. Aún más increíble que, tras tanta ostentación y fortuna blasfematoria, consientan en pudrirse en un agujero oscuro por toda la eternidad.