Выбрать главу

– Es de Alessandro Cutti, un famoso pintor italiano -me informa con una pizca de agresividad.

– Me hubiese extrañado que fuera de Denis Martínez.

– ¿Quién es?

– Un famoso pintor argelino.

El timbre de la puerta nos interrumpe. Nedjma pone cara de extrañeza antes de contestar por el interfono.

– Debe de ser el equipo científico de la Central -le señalo-. Yo les pedí que vinieran.

– ¿Por qué un equipo científico, comisario? Se trata de un suicidio.

– Una simple formalidad, señora -la tranquilizo.

A Hach Thobane lo han enterrado en menos de veinticuatro horas. Ignoro si por respeto a la tradición musulmana o por pasar rápidamente página sobre un episodio odioso de la leyenda revolucionaria, el caso es que ha sido muy rápido. Un certificado de inhumación expedido por un desaliñado ordenanza municipal, unos cuantos palazos en la tierra, un par de ridículas baldosas a modo de lápida, y se acabó la ceremonia fúnebre… Ni fanfarria ni pelotón de honor, ni siquiera una corona de flores. Los notables de Sidi Ba no han sido convocados, ni siquiera su alcalde. Poca gente, unos cincuenta paletos polvorientos traídos a la carrera de su pueblo, un grupo de antiguos combatientes seniles y ajados, y un siniestro imán que se da mucha importancia y no para de liarse con los versículos. Algunos visitantes pasan una y otra vez delante del grupo hurgándose la nariz. Los camilleros esperan con impaciencia que les devuelvan la camilla para largarse. Sólo un vejete lloriquea, un poco apartado, sostenido por un chico. Debe de ser el hermano del difunto. Algunos compañeros intentan sin convicción consolarlo y alguno que otro le reprocha que esté dando la nota.

Se abrevia el ceremonial hasta quedar reducido a la mínima expresión. Se está allí para comprobar que el ogro ha estirado realmente la pata, no para comentar sus maldades. Tampoco se han dignado aparecer los altos cargos del partido. El difunto no tiene derecho a la consideración que corresponde a su rango; el escándalo le ha hecho caer oficialmente en desgracia. Distingo a un par de periodistas y a un fotógrafo bizco. En la prensa vespertina apenas se le concederá una pequeña nota junto a la sección de necrológicas. Lo justo para confirmar el rumor y dar que pensar a los supervivientes.

Cuando introducen sus restos en la fosa, me doy la vuelta y me dirijo hacia el aparcamiento, donde Serdj está montando guardia junto a mi cacharro. No ha querido asistir a las honras fúnebres. Dice que las tumbas lo ponen enfermo.

– ¿Qué hacemos? -pregunta.

– Tú mandas.

Me propone que tomemos un café en el paseo marítimo. Me encojo de hombros. De camino, se percata de que tengo una depresión para desempalmar a un tanque y estima que lo mejor es llevarme a casa.

Didu me espera en la entrada de mi casa, con la cara descompuesta.

– ¿Qué ocurre ahora?

Didu es taxista. No pasa semana sin que lo multen.

– Te juro que esta vez no tengo nada que ver -empieza diciéndome-. Llevaba a un pasajero y, en un cruce de calles, me topé con un atasco. El que iba detrás de mí se puso a darle al claxon y a ametrallarme con sus luces. Parecía tener prisa, pero no podía ni adelantar ni echarme a un lado. Entonces me puso como un trapo. Te juro que ni siquiera reaccioné. Seguí tus consejos.

– No del todo, por lo que veo. Prueba de ello es que sigues dándole vueltas a lo que quieres pedirme.

Didu se quita su andrajosa gorra y la arruga entre sus manos. Mi impaciencia lo indispone y no le gusta andarse por las ramas.

– Era un cabo, Brahim. Me ha confiscado los papeles y ha metido mi ganapán en el depósito. No tengo con qué dar de comer a mis niños. Te juro que no tengo nada que ver. Había un atasco…

Luego me mira con esa cara de perro apaleado a la que jamás he sabido resistirme. Me sorprendo prometiéndole que resolveré su problema a primera hora de la mañana. Didu se siente tan aliviado que me agarra la cabeza con las manos y, casi entre sollozos, me da un beso en la coronilla.

Así es Argelia: un tirano menos y mil que toman el relevo sobre la marcha. En nuestro país, el abuso no es una desviación sino una cultura, una vocación, una ambición.

Mina me ha preparado un festín: tortilla con setas salvajes. Me como mi parte, la suya y un pellizco de la de los niños; luego me encierro en mi dormitorio para digerir a mis anchas. Cuando estoy en lo más profundo del sueño, mi hija me sacude.

– Papá, es la Central.

Voy titubeando hasta el vestíbulo y cojo el aparato.

– ¿Sí?

– Los muchachos del laboratorio piden que se ponga en contacto con ellos -me informa Serdj.

– ¿Qué hora es?

– Las tres y veinte.

– ¿Te importaría pasar a buscarme? Tengo el coche en el mecánico.

– Estaré abajo dentro de un cuarto de hora.

El laboratorio de la policía científica se encuentra en el sótano de un edificio administrativo en medio de la Comisaría Central. Antes era un almacén donde se guardaba de todo, una especie de enorme trastero donde podían llegar a parar archivos comprometedores, máquinas de escribir en desuso, cualquier tipo de antigualla y hasta unos borceguíes sin estrenar. Luego, debido a una inundación, hubo que limpiar a fondo los sótanos. Como la policía acababa de adquirir un nuevo material de investigación, sofisticado y codiciado por las demás direcciones, la jerarquía decidió crear allí un laboratorio. Desde entonces los muchachos que apencan aquí abajo pillan todo tipo de enfermedades, y nadie sabría decir si se debe a la maquinaria con que trabajan o a la humedad.

Bachir, el director, nos recibe en su cuartucho. Sobre su mesa, bien a la vista, está el vaso que me llevé la víspera de casa de Hach Thobane. Por su manera de parpadear, entiendo que ha descubierto el pastel.

– ¿Entonces qué? -le pregunto.

– Tenías razón, Brahim. En el contenido del vaso había la suficiente dosis de tranquilizantes para tener a una mula roncando durante un par de días.

– ¿Estás seguro?

– El análisis es categórico. Se trata de Stilnox, un medicamento de aúpa. Con un solo comprimido puedes vivir un cataclismo sin enterarte.

– En cualquier caso, él no le ha sobrevivido. ¿Y en cuanto al arma?

– Solamente las huellas del difunto.

Agarro a Serdj por el codo y salgo corriendo al aire libre. Esto es lo que me estaba temiendo. Habría preferido que las aguas se amansaran y poder volver a mi vida normal. Mala suerte. El caso Thobane va a seguir coleando y no me veo con la suficiente agilidad para andar correteando tras él.

– ¿Algo va mal, comisario? -se preocupa Serdj.

– ¿Y si me llevaras al paseo marítimo? Necesito una buena taza de café para recomponer mis ideas.

– ¿Está seguro de que bastará con una sola taza?

– Siempre que no pague yo…

Me abre una criada de cierta edad, recién salida de su envoltorio. Me identifico. No entiende mi verborrea y me ruega que repita. Le aconsejo que avise a su señora de que el comisario Llob desea verla. Regresa al cabo de unos minutos y me lleva a la piscina. Nedjma está sobre una tumbona, con sus gafas de sol colocadas sobre el pelo. Está leyendo una revista de moda con su albornoz abierto sobre sus piernas perfectas.

– Buenos días, comisario.

– Buenas, señora.

– Qué día más bonito, ¿verdad?

– Para quien se lo pueda permitir.

Suelta su revista y me mira de frente, con el codo apoyado sobre un cojín. No me canso de repetirlo: esta chica es la forma de Tentación más vehemente que conozco. Sus ojazos me embrujan. Siento cómo se me estremecen las pantorrillas bajo mi carcasa.

Me pide que ocupe la otra tumbona que hay a su lado. ¿Por qué no?, me digo. No está prohibido soñar. Me desabrocho la chaqueta para liberar mi panza y me tumbo junto a sus sulfurosos influjos. De inmediato, mi tumbona se convierte en alfombra voladora.