– Sin embargo, se lo han cargado.
Dine se descompone.
– Baja la voz -me suplica.
– Para mí, Hach Thobane ha sido asesinado de todas todas -remacho, incorregible.
– Ya lo he oído…, por amor de Dios, habla más bajo.
Rozo la mesa con la barbilla y le susurro:
– Ha sido a-se-si-na-do.
– Vale, ahora cierra el pico.
Mira de reojo hacia los escasos clientes sentados a nuestro alrededor. Están todos muy a gusto tomándose su postre.
La chica del fondo nos dirige una sonrisa codificada. No puede oírnos, salvo que tenga una trompetilla muy sofisticada. El camarero nos ignora y espera, mirando hacia la cocina, que salga un plato.
Dine respira hondo.
– Brahim, estás delirando.
– Puede ser…
– Hach Thobane se suicidó.
– ¡Que no!
– ¡Que se suicidó de verdad, por favor!
– No es cierto, se lo cargaron.
Dine se pasa la servilleta por el cuello de la camisa para secarse el sudor que le está borboteando. Mi testarudez lo tiene aterrado. En este pequeño restaurante de Belcourt donde me ha invitado para festejar la liberación de Lino -a la que me da a entender que no es ajeno-, cada palabra mía produce en todo su ser una serie de escalofríos urticantes.
– Tú no estás bien de la perola, Brahim. Se te ha fundido un plomo. Hach Thobane se pegó un tiro en la cabeza. Los dinosaurios no sobreviven al incendio de su universo. No se esperaba este cataclismo, eso es todo. Jamás pensó que le pudiera ocurrir y no estaba preparado para ello. Se había colocado por encima del barullo, al margen de cualquier enojoso imponderable. ¡Y pumba! Le hicieron caer del caballo. No consiguió reponerse. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Defenderse? Ignoraba lo que era eso. ¿Desmentir? Era inútil. ¿Seguir con su vida como si la cosa no fuera con él? Esa gente no sabe pedir perdón. O se quedan con todo, o lo mandan todo a paseo. Thobane no podía resignarse a que lo abuchearan. Sobre todo después de la coba que le estuvieron dando durante decenios. Jamás habría soportado que le sostuvieran la mirada, que se cuestionara su legitimidad histórica. Sabía que las cartas ya estaban sobre la mesa y que no tenía escapatoria. O todo o nada, ésa es la ley de las hidras que nos gobiernan. Una ley que no se anda por las ramas, como tampoco quienes la han adoptado. Thobane ha muerto justo cuando su aura lo dejaba en la estacada. Ese extremismo no es sino la prolongación natural de un proceso de renuncia. Eligió morir tal como había elegido vivir: de manera inapelable.
– Ésa es la sinopsis. La puesta en escena está más elaborada.
– Sólo en tu retorcida mente.
– ¿Por qué te niegas a reflexionar durante un par de segundos, Dine?
– Odio ese tipo de gimnasia mental. Siempre se te acaba yendo de las manos. Personalmente, me la suda lo que haya pasado de verdad en el número 7 del Camino de las Lilas. ¿A mí qué me va a reportar, aparte de follones de muerte?
Dine está que se sale de sus casillas. Creía que me iba a ofrecer un momento de relax, y resulta que lo embarco en una pesadilla. Siento mucho decepcionarle, pero no es culpa mía. Para mí, es importante saber si puedo contar con mis amigos. Yo solo no podré avanzar más allá de la punta de mi nariz. Y lo cierto es que me muero de ganas de liarla. En este asunto no he pasado de ser una marioneta y no paro de darle vueltas durante el día y la noche. ¿Por qué yo? ¿Por qué Lino? No consigo convencerme de que el idilio de Lino fuera un simple flechazo, como esos que se tienen cada dos por tres en estos años de graves frustraciones sexuales. A Lino se le ha encarrilado intencionadamente hacia Hach Thobane. Su pistola fue encontrada junto al cadáver de SNP siguiendo un plan de engañabobos.
¿Y quién es el rey de los bobos?
Probablemente un viejo madero cascarrabias que estaba hasta las narices de no dar golpe y dispuesto, con tal de cumplir, a abalanzarse sobre cualquier caso sonado. ¿No querías caldo?, pues toma dos tazas. Sin el menor miramiento. Además, con recochineo. Si no, a qué viene ese rosario de torpezas cometidas. Esas ejecuciones sumarias, llevadas a cabo «como si fueran simples formalidades», no tienen por qué ser obra de aficionados. Quizá se deban a un exceso de confianza, como si los matones y quienes los enviaron no tuvieran por qué temer un vuelco de situación.
– Brahim -me suelta Dine, destrozado-, esto ya es agua pasada.
– ¿Qué quieres decir?
– Cierra el caso y vuelve a casa con los tuyos.
– Me han estado utilizando.
Una risa breve y cansada le sacude la tripa.
– Siempre se utiliza a alguien, Brahim. Así funcionan las cosas. No tienes por qué sentirte estafado. Cuando se lleva el uniforme, el amor propio se deja colgado en el perchero. Además, se trata de dos actitudes inconciliables. De nada sirve reconcomerse. Eres poli, y como todos los polis, vas allá donde te mandan. Cuando estás llevando a cabo una investigación, cumples con una profesión, no necesariamente con una vocación. Ni se te ocurra husmear lo que hay detrás. El vértigo te hará caer en picado.
– No soy un instrumento.
– Ése es tu error, Brahim. No somos más que peones en un tablero de ajedrez. Pongamos que sea cierto, que Hach Thobane haya sido asesinado… ¡Dios, qué espanto me produce esa suposición! -gruñe secándose la frente-. ¿Cuál es tu problema? Es un asunto de peces gordos, y la morralla no pinta nada aquí. La gente que se mueve por las alturas hace reformas a su manera en su serrallo. ¡Joder! Hacen lo que les da la gana, están en su casa. Se te ha pedido que colabores un poco en esta purga. Ya han tirado de la cadena. Ahora, te limpias el culo, vuelves a tu casa y cierras la puerta a cal y canto. ¡Tampoco es tan difícil entenderlo, narices!
– ¿Y tú eres el que me suelta ese discurso, Dine?
– ¿Y qué soy sino un corneta, Brahim? ¿Qué esperabas, que te felicitara por tu sagacidad? Si has venido para que te glorifique y te anime a meterte en la boca del lobo, te has colado. Tengo críos y una esposa en casa. Mi cometido acaba justo donde empieza el territorio de los dioses. Sigo adelante mientras mis jefes me piden que lo haga. Cuando le dan al botón de apagar, se me enciende una luz roja en la cabeza. Conozco mis límites. Yo también he tomado veredas sinuosas. A veces, resulta que llegas a un calvero prohibido. Entonces toca retirarse, y te aseguro que soy el primero en largarme cuanto antes. No soy profeta ni justiciero. Soy comisario y obedezco órdenes, y punto.
Me agarra por las muñecas.
– De tú a tú, Brahim, ¿crees que das la talla para medirte con ellos? Acaban de eliminar al hombre que se suponía que no podía ser destronado. Así, de un papirotazo. Ese fulano era un gurú. Tenía amigos en todas partes y un ejército de fieles. Estaba mejor protegido que una fortaleza sagrada, y fíjate en qué ruina lo han convertido. Es como si, de la noche a la mañana, jamás hubiese existido… Esto tiene demasiada tela para nosotros. Demasiada para enanos como nosotros. Los asuntos que están en juego son colosales, y nosotros microscópicos. Créeme, Brahim, déjalo ya. No eres más que una mosca revoloteando alrededor del culo de una vaca; un simple pedo te haría pedazos. Si aceptas otro consejo, no cuentes a los demás lo que me acabas de contar. En nuestro país, la confianza es el primer paso hacia la perdición.
El camarero nos trae nuestros filetes con patatas y se eclipsa. Dine se sigue secando el sudor con su servilleta, sus labios están blancuzcos. Empuja su plato con la otra mano.
– Me has cortado el apetito.
– Lo siento -le digo clavando mi tenedor en un trozo de patata.
– Sinceramente, Brahim, ¿qué es lo que te atrae tanto de los follones?
– Digamos que tengo un sentido de la honradez algo distinto del tuyo.