– Soy honrado.
– ¡No me digas!
– En primer lugar, conmigo mismo. Conocer los límites propios supone, por lo pronto, no abusar de uno mismo.
Se levanta.
– ¿Te vas?
– Me largo, Brahim. Voy ahora mismo a pedirme un par de semanas de vacaciones para protegerme de tus imprudencias. No tengo ganas de que se me quiten las ganas de comer cada dos por tres.
Suelta su servilleta como quien arroja la toalla, va a pagar la cuenta y sale del restaurante sin mirarme.
Me siento desamparado como una espora extraviada en plena naturaleza. Soria Karadach no ha vuelto a dar señales de vida, dicen que Cherif Wadah está en el extranjero, el dire se ha apalancado en las aguas termales de Righa, la Central parece un cercado abierto a los cuatro vientos y Argel una camisa de fuerza. He vuelto a la clínica para ver a Lino. Aún no ha recuperado su color, pero la vida va poco a poco aflorando en él. No hablamos mucho. Me senté en el borde de su cama y nos miramos sin encontrar palabras. El médico se nos acercó. Tras unas cuantas palabras amables, se dio cuenta de que no estábamos para bromas. Se fue mirándonos con extrañeza por encima del hombro, preguntándose si sólo hemos nacido para aguar las escasas alegrías que le quedan al mundo.
He vuelto al tajo como volvió la proverbial Halima a sus costumbres de toda la vida. Ni demasiado temprano por la mañana ni demasiado tarde de noche. Aunque sigo estando muy irritable, no me parece oportuno hacer una montaña de todo. El futuro nos dirá lo que oculta el presente. Eso no significa que me haya rendido. En la vida no basta con saber lo que se quiere; lo importante es conseguirlo. Por ahora, no sé cómo. Así que me armo de paciencia.
Serdj se ha hecho cargo de los expedientes que estaban pudriéndose en mis cajones. Es un muchacho muy servicial. Si se me extraviara la dentadura postiza, se ofrecería para masticar por mí. He visto a inspectores entregarse sin escatimar esfuerzos, pero ninguno le llega a la suela de los zapatos.
Baya ha engordado ligeramente. Se le ha ensanchado el pecho y la opulencia de su grupa tiene al personal cada vez más trastornado. Llega cada mañana con el bolso repleto de chocolatinas suizas. Deduzco que su nuevo semental se ha aprendido mejor la lección que los anteriores. ¡Menudos son estos pelirrojos! Se adelantan tanto en la premeditación que hasta se les chamusca el pelo.
En cuanto a Bliss, se lo ha tomado realmente en serio. Dirige este gallinero con inusual devoción. La interinidad le ha abierto el apetito. Desde que el dire estuvo a punto de irse para el otro barrio, Bliss se comporta como dueño y señor. Se ha comprado un lustroso traje con chaleco, unas gafas Ray-Ban auténticas y luce su austera corbata con la cara muy alta. Me lo he cruzado una vez por el pasillo. Se indignó porque pasé de largo sin saludarle. Hay que ver cómo las alturas se le suben a uno a la cabeza, sobre todo cuando su reino es aleatorio. Unos minutos después, me llamó para que le hiciera de recadero. Ahí me di cuenta de que habrá que llamarle al orden, pues, de seguir así, me acabará tendiendo la mano para que se la bese. Afortunadamente, las cosas no van a tardar en racionalizarse. Al parecer, el dire está como una rosa: lo han pillado lamiéndole la almeja a una enfermera, lo cual demuestra que está recuperando tanto su lucidez como su afición por los sabores pecaminosos.
Una mañana, a las diez menos cuarto, alguien me llama por teléfono. Su voz tiene graves goteras. Al principio sus jadeos me impiden enterarme de nada; habla tan rápido que no consigo alcanzarle. El fulano me explica que tiene que cortar y me suplica que nos veamos en el café Nedroma, no lejos de la Central. Le pregunto quién es. Insiste en la cita y cuelga. Sopeso los pros y los contras. De todos modos, hace mucho calor en mi despacho y el aire acondicionado no funciona. Diez minutos después, acelerando la marcha, llego al café señalado, frente a la estación de autobuses. Una escasa clientela abigarra su interior: ancianos tullidos, algunos viajeros pendientes de la llegada de su autocar y un par de chicos desencantados. Aparte del cajero gordo que me vigila desde su mostrador, nadie parece reparar en mí.
Miro mi reloj. No me he retrasado.
Aparece un hombre con un par de espuertas sobre los hombros, busca entre las mesas una cara conocida y se va echando pestes.
Éste no es.
Al cabo de tres minutos, el teléfono aúlla. El cajero descuelga, escucha distraídamente y gruñe:
– Te has colado, colega. Éste no es tu número.
Apenas cuelga y ya está sonando otra vez el teléfono. Esta vez, el cajero se despabila. Se le va congestionando la cara a medida que el chisporroteo se alarga.
– ¡Oye! -se mosquea el cajero-, no te he colgado en las narices, ¿vale? Me he limitado a decir que éste no es tu número. Esto es un café y no la centralita de una comisaría. Tu poli no trabaja en mi casa, ¿vale? Así que deja de rebuznar porque no lo soporto.
Le quito de las manos el auricular.
– ¡Oye, tú…!
Le enseño la pipa debajo de mi chaqueta, lo que se considera el gesto más inteligente de dar a conocer por la vía rápida tu identidad profesional. El cajero retrocede hasta pegarse al espejo y levanta las manos.
– Esto no es un atraco -le digo-. Ni siquiera he traído una bolsa para llevarme tu calderilla.
Asiente con la cabeza sin atreverse a bajar los brazos.
Al otro lado de la línea, el desconocido sigue reprochando al cajero su inconveniencia. Está cabreado y grita tan fuerte que temo que reavive mi otitis.
– Ya está bien, soy Llob. ¿Por qué no estás en el café?
El desconocido se calma.
Se sorbe los mocos un par de veces y luego me suelta con voz chillona:
– No puedo ir al café.
– ¿Qué pasa, me citas y luego te quedas en casa?
– No es eso, comisario. Quería hablar contigo. No me fío de los teléfonos oficiales. Están todos pinchados. No tenía intención de ir al café. Lo que pretendía era conversar contigo desde un aparato más fiable.
– ¿De qué?
– Estoy de mierda hasta el cuello, comisario. Pretenden quitarme de en medio. Llevo tres semanas huyendo. Me estoy volviendo loco. Ni puedo volver a mi casa ni meterme en un hotel. No tienes idea de lo hecho polvo que estoy.
– ¡Ni siquiera sé quién eres!
Le oigo jadear, percibo el ruido de un tráfico intenso y de gente que se llama a voces. Debe de estar telefoneando desde una cabina pública.
– Mi nombre no te diría nada -me declara carraspeando-. No estoy fichado.
– ¿Cuál es el problema?
– Me he cargado a un tipo.
– …
– Quiero entregarme.
– ¿Necesitas la dirección de la comisaría más cercana?
– No me tomes el pelo, comisario -dice mosqueado-. Esto va en serio. Van a por mí los de la jet y necesito que alguien me proteja. Quiero entregarme ahora mismo, pero no de cualquier manera.
– Dime primero qué es eso de la jet.
– ¡La jet set, hombre!
– No entiendo.
– ¡Las altas esferas, narices!
– Sigo sin entenderte, buen hombre. Me lloriquea al teléfono. El bramido de un camión ahoga su gemido.
– No puedo seguir así mucho tiempo, comisario. Me encontrarán y me matarán. Eres mi única oportunidad. Me entrego a ti y me garantizas un juicio justo.
Por su tono enfebrecido, entiendo que el diablo le anda pisando los talones.
– De acuerdo, te espero en mi despacho.
– Deja ya de tomarme el pelo, comisario. Como asome la nariz me apiolan.
– ¿Qué propones?
– Que vengas a buscarme. Solo. No quiero a nadie contigo. Y ven ahora mismo. Y digo bien ahora mismo, pues si no me largo. No intentes urdir un plan, comisario. No lo necesitas puesto que me entrego. A ti y a nadie más.
– ¿Qué tengo yo que no tengan los demás?
– No eres un corrupto. Tú no me conoces, pero yo a ti sí. Eres de fiar.
– ¿Por dónde andas?