Выбрать главу

– Por el barrio de los Castores.

– No es un sitio para irse de excursión.

– Desde luego.

– ¿Crees que puedo fiarme de ti?

– Te juro que no es una encerrona.

– Los Castores es muy grande.

– Por la parte norte hay una antigua obra, dos edificios inacabados. Es fácil encontrarla. Si llegas de Bab Ez-Zuar, te pilla a la izquierda. Después del descampado te topas con ella.

– Ya veo dónde es.

– Muy bien, comisario. Ya te estoy esperando. Y sobre todo, ni escolta, ni amigos, ni colegas. Controlo toda la zona. Como note algo raro, ahueco el ala.

Se le quiebra el jadeo y casi solloza:

– ¿Vas a venir a buscarme, comisario? Dime, por los tuyos, si puedo contar contigo.

– Como si fuera tu línea de crédito.

La obra ocupa la mitad de un descampado, al final de un barrio periférico que parece salir de una nube nuclear. La pista que conduce hasta allí cruza un vertedero municipal y luego se da de bruces con un barracón sin techumbre y con las ventanas desvencijadas. La fealdad del lugar hace pensar en el desconsuelo que produce la desesperanza. Los montículos de escombros crecen en medio de la desolación como si fueran forúnculos monstruosos, tan lastimosos que no hay gato que se les acerque. Miro detenidamente a mi alrededor. Una ratonera de cuidado. Mi mano comprueba instintivamente que la pipa está en su funda. La frialdad de la culata me tranquiliza. Aparco mi carro tras una garita esquelética y espero, con el oído alerta. A mi izquierda, una hormigonera abandonada está acabando de descomponerse entre montones de chatarra y de maderos podridos. Una alambrada desgarrada hace lo que puede para delimitar el recinto, en parte alzada por oscilantes estacas y en parte tumbada. A mi derecha, una cohorte de matorrales cubre un centenar de metros hasta un pequeño bosque de árboles hirsutos. Frente a mí, los dos edificios a medio construir, horribles como la desgracia, grisáceos, esqueléticos, afligidos.

Una silueta surge tras un fárrago de malas hierbas.

Esperaba encontrarme con un hombre y me hallo ante un espectro.

Aterrado, con la ropa arrugada y sucia, los zapatos destrozados, el individuo haría salir corriendo a un conjurado como si se tratara de una redada. Lleva su larga y mugrienta melena pegada a las sienes, enmarcando un rostro descompuesto y macilento como el de un moribundo. Sus ojos tumefactos no paran de moverse.

Se arrastra con recelo hasta el capó de mi coche.

Abro la portezuela y salta hacia atrás, a la defensiva.

– ¿No quieres subir?

– Ahora mismo no -gruñe limpiándose los mocos con el brazo-. Puede que lleguen tus colegas.

– He venido solo.

– No tengo por qué creerte.

– ¿Ya no confías en mí?

Retrocede a la vez que hace con la boca un rictus lamentable.

– En mi oficio, eso es pecado mortal.

– ¿Y a qué te dedicas?

Se pone de puntillas para escrutar los alrededores y concentra su mirada en el bosquecillo. Su pavor me ofusca. Me mira de hito en hito y suelta, desalmado:

– Asesino ocasional.

– ¿Sólo eso?

Carraspea y lanza muy lejos un escupitajo. Su mirada, que parecía perdida, se endurece. Me dice con voz gélida:

– Cada cual hace lo que puede para llegar a fin de mes.

– ¿Qué es un asesino ocasional?

Se mete las manos en los bolsillos, con las cejas caídas. Debe de preguntarse si le conviene seguir con la conversación. Ahora que me tiene enfrente, ya no está seguro de nada. Hace caso omiso del hilillo elástico que le cuelga de la nariz.

Retrocede unos cinco metros, ametrallando el entorno con una mirada de acosado.

– Comisario -insiste-, entérate bien de que quiero entregarme. Me he cargado a gente, pero ahora quiero pagar. Sin remisión de pena.

– Estás en tu derecho.

– La gente que me paga me anda buscando para eliminarme. Eso no venía en el contrato y no voy a dejar que me pesquen.

– Apiádate del poco seso que me queda y dime primero quién eres y por qué quieren tu pellejo.

– A mí me reclutó gente que manda en las alturas. En tiempos en que hacía y deshacía en Tilimli al frente de una pandilla de golfos, me cargué a un rival. Me detuvieron y creí que me ajusticiarían. Entonces me propusieron trabajar para la gente de arriba a cambio de ser absuelto. Era una buena oferta. No sólo podía volver a empezar de cero, sino que además había subido en el escalafón. Con veinte años no se puede despreciar una propuesta así. Me empleé a fondo sin pensármelo dos veces. Buena paga, buena ropa, buena casa. Y encargos fáciles: amantes molestas, chulos entrometidos, sirvientes indiscretos. Iba en su busca y me los cargaba. Asuntos poco complicados. Volvía a casa y recogía el sobre en mi buzón. El resto del tiempo me dedicaba a gastarme el dinero como un señorito. Me he tirado diez años viviendo esta vida de terciopelo. Era de lo más cumplidor, no ponía pegas a nada. Y, de repente, resulta que mis patronos quieren liquidarme. No creo haberme saltado las reglas. No tengo idea de lo que está ocurriendo. Hace tres semanas raptaron a mi amiga. Pensé que se había largado. ¡Qué va! Mis patronos me dijeron que si quería volver a verla con vida, tenía que presentarme ante ellos. ¿Acaso me estaba ocultando? Como no tenía nada que reprocharme, supuse que se trataba de un malentendido y me presenté. Me llevaron a una casa de campo y me dijeron que esperara allí tranquilamente, que las cosas se habían puesto feas, que debía salir del país y que me estaban preparando un pasaporte. Vale, les dije. Luego se presentó un gorila. Le pregunté si traía el pasaporte. Me dijo que sí, sacó su pistola y añadió, enroscando un silenciador: «Te traigo hasta el visado». No necesité rellenar ningún formulario. Le metí un viaje. Mi amiga Warda y yo salimos corriendo hacia un bosque. El gorila y otro macaco nos persiguieron. Disparaban a la vez que nos ordenaban que nos detuviéramos. Warda recibió un balazo en el muslo. No pude hacer nada por ella, ni sé lo que le ha ocurrido. Yo seguí adelante al galope. Así llevo veinte días. No puedo volver a mi casa. No tengo dónde ir y vivo como un perro.

– ¿Cuál fue el último que te cargaste? Quizá sea ése el origen de tus problemas.

– Al chófer de un nabab. El revolucionario que se suicidó hace poco.

– ¿Thobane?

– Algo así. El trato era que lo esperara delante de su villa y que me cargara a su chófer. Así lo hice exactamente. No entiendo por qué quieren ahora deshacerse de mí.

– No fuiste tú, hombre -le digo para ganar tiempo y salir de mi asombro, pues lo que acabo de oír me ha dejado estupefacto-. El asesino se llamaba SNP y salía de la cárcel. Ya lo han neutralizado.

– Mentira barata. Yo me cargué al chófer. Y no podía fallar.

Busco febrilmente en mis bolsillos el paquete de tabaco. El frenesí de mis gestos lo espanta, cree que pretendo sacar el arma y se dispone a salir pitando.

– Sólo un pitillo -le grito enseñándole el paquete-. ¿Quieres uno?

– Lo mismo lleva droga.

– Tú eliges.

– No, no me arriesgo.

Enciendo mi pitillo y chupo con avidez. Las primeras caladas me aclaran las ideas y atenúan mi temblor de manos.

– ¿Entonces, por qué disparaste al otro asiento y no al del volante, si ibas a por el chófer?

– Me dieron una contraorden por radio. Durante el camino, tuvieron un pinchazo; el chófer se fastidió la muñeca al cambiar la rueda. Me llamaron de inmediato para avisarme de que ya no conducía él. Lo demás fue pan comido.

Ha salido airoso de la prueba. Un tropel de ideas se hace sitio a codazos en mi cabeza, y se agarran entre ellas. Ninguna consigue desmarcarse. Pierdo el rumbo y me sorprendo deseando varias cosas a la vez, como un borracho que estuviese ganando al jackpot. Este individuo es la pieza que necesito para rematar el puzle. A la vez, no sé cómo hacerme cargo de él ni cómo ganármelo. Tengo la certeza de hallarme ante una bomba devastadora, pero resulta que no soy artificiero. De repente me doy cuenta de lo cargadas de sentido que estaban las palabras de Dine, en el restaurante de Belcourt. Siento como si me estuvieran pasando por el estómago una plancha al rojo vivo. El sudor me cae a chorros por detrás de las orejas, me empapa el cuello de la camisa y me roe la nuca.