– Te sienta muy bien esa falda abierta.
Se sonroja, encantada.
– ¿Se había fijado usted, comisario?
– ¡Cómo no! Ahora, ponte a resguardo, preciosa. Lo mismo se trata de un paquete bomba.
Asiente y regresa a su despacho.
Rasgo el sobre y saco una vieja foto arrugada en la que aparecen cinco guerrilleros saludando hacia el objetivo con el fusil en bandolera. El escenario es un calvero, y detrás de ellos se ve una especie de casamata o de cueva camuflada con ramajes. Los cinco fulanos son jóvenes y parecen estar contentos de serlo. El más alto lleva un pequeño bigote. Alza el pulgar en señal de satisfacción. Los demás parecen estar orgullosos de posar junto a él. La ampliación, sin duda a partir de la foto original y no del cliché, agrava sus defectos. Intento identificar a los personajes, pero ninguna cara me suena. No tengo mayor éxito con la lupa. No lleva nada escrito, ni siquiera los comentarios habituales que suelen recordar el momento. Pido a Serdj que venga. La mira por todos lados antes de devolvérmela.
– Quizá se trate de un antiguo compañero de armas que cree haberte reconocido en ella -me sugiere.
– Me habría escrito alguna nota.
– Es cierto, qué tontería.
– Mírala bien. ¿No te suena ninguna de esas fisionomías?
Vuelve a coger la foto y mira detenidamente a los cinco combatientes.
– No se me ocurre nada.
– ¿Crees que se trata de un mensaje codificado?
– ¿Qué quieres decir?
– Que tenga que ver con los últimos acontecimientos.
Serdj examina por tercera vez la foto.
– Puede ser cualquier cosa, comisario. Un simple error, un descuido. Lo mismo se le olvidó al remitente meter la carta. Yo no me preocuparía.
– ¿Acaso te parece que se me está yendo la olla? -le grito.
– No quise decir eso.
– Entonces, corta el rollo. Te he pedido tu opinión sobre la foto, no sobre mi estado de ánimo.
Serdj se da cuenta de su metedura de pata y sale pitando.
Echo una última ojeada a la foto, la meto en un cajón y llamo a Baya para que me traigan un café bien cargado.
Dos días después, una llamada me pilla en casa. Con esto podrán hacerse una idea de hasta qué punto, en nuestro país, la muerte, la vida, el destino profesional, la exclusión, las declaraciones de guerra, las rupturas amorosas, en fin, todo depende de una simple llamada. Una voz con un fuerte acento del este del país me pide que no le cuelgue en las narices.
– Antes tendría que verlas -le contesto acabando de masticar mi trozo de pollo.
La voz se anima.
– Gracias por escucharme hasta el final.
– Eso no se lo puedo garantizar. Acabo de sentarme a comer.
– Siento interrumpir su comida. ¿Prefiere que vuelva a llamar?
– No es necesario. Sea breve y nos apañaremos.
Carraspea y va al grano:
– ¿Ha recibido usted la foto?
– ¿Cuál, señor…?
– Mi nombre no le dirá nada. Le mandé un sobre por correo hace una semana. Había una foto dentro.
– Se le olvidó meter la carta.
– No había carta.
– ¿De qué va su historia?
– Es una historia demasiado larga, comisario. ¿Podemos vernos? Tengo unas revelaciones que le van a interesar.
– ¿Sobre qué tema?
– Por teléfono, no, Sidi Brahim. Es muy, muy importante.
– Estoy todas las mañanas en mi despacho.
– Por la mañana estoy ocupado. Le propongo que nos veamos mañana, a las ocho, en el restaurante Las Pirámides.
– No sabría qué traje ponerme para ir a un lugar tan selecto.
– No es ninguna obligación. ¿Puedo reservar una mesa, señor Llob?
– Si no le importa que le gorronee un madero.
– Para mí es un honor invitarle a cenar.
– Perfecto. Mañana, a las ocho, en Las Pirámides.
– Se lo agradezco de todo corazón, Sidi Brahim. Nos vemos.
Mina, que se ha quedado parada para vigilarme, busca en mi rostro cualquier señal susceptible de preocuparla. Le suelto una sonrisa para tranquilizarla.
– Un alma caritativa que me invita mañana a un restaurante de mucho postín. Me voy a poner hasta las botas de platos suculentos.
– ¿Te parece que no te cebo bastante?
– Digamos que variaré un poco el rancho habitual.
Mina arquea la ceja en señal de desaprobación.
– No pretenderás que te sirva como a un rey con lo que me das, con cuentagotas y tras interminables negociaciones.
– ¿Debo entender que soy un avaro?
– No, pero sigues siendo pobre.
– No es verdad -protesta el pequeño-, mi padre no es pobre, es honrado.
– Lo mismo da que da lo mismo -le señala el hermano mayor.
Mina levanta la cabeza para llamar al orden a la chiquillería. Me vuelvo a sentar y mordisqueo mi pata de pollo mientras pienso en el intríngulis de esta extraña llamada.
Al atardecer del día siguiente me pongo la camisa menos estropeada que tengo, mi único traje -que no uso más que en caso de fuerza mayor-, mi corbata con el escudo de un club inglés, comprada a un ropavejero de Bab El Ued, y llego a las ocho en punto a uno de los restaurantes más asépticos de Argel. El recepcionista no ve la relación entre mis mocasines desgastados y mi pantalón de franela, rebusca por dos veces para localizarme en su registro y por poco me pide los papeles. Cuando se da cuenta de que, en efecto, se trata de mí, me despacha de una tacada con un pingüino arrogante encargado de acomodar a la clientela. Éste acata la orden con la resignación de quien hubiese agotado todas sus posibilidades. Su obsequiosa mano me ruega que lo siga. Mi mesa está en el fondo de la sala, en una recámara con cortinas satinadas, un cuadro grande en el fondo y una vista privilegiada sobre las idas y venidas. El lacayo me pregunta, en un francés académico, si no me importaría quitarme la chaqueta. Luego, con una confusa mirada hacia mis vecinos de mesa -como para pedir perdón por verse obligado a colocar a un cateto a proximidad de su quietud-, se aleja sin apartarme la silla. Mis vecinos más cercanos, dos nababs taciturnos flanqueados por una gorrina cubierta de sedas y de joyas, me miran de hito en hito, alucinados por las escandalosas incoherencias de mi atavío. Les dirijo una sonrisa de fiera y me siento, ignorándoles con soberbia.
Una camarera pintarrajeada y con unos pechos tan grandes como su trasero me presenta una carta donde se recuentan unas pasmosas suculencias sugeridas mediante una fraseología de exquisita delicadeza, para espolear las apetencias y, a la vez, para que la gente se desternille de risa: solomillo de cordero con camisa a la salsa de tomillo, jaspeado con foie-gras de pato al magré ahumado, y demás selectas marranadas que me recuerdan mi atraso en materia de emancipación. Como no consigo descifrar el menú, propongo que esperemos la llegada de mi huésped.
– ¿Y de aperitivo? -me sigue acosando.
– ¿Cómo?
– ¿Una copa de champán?
– ¡De ninguna manera, soy practicante!
– ¿Un poco de agua?
– De acuerdo.
– ¿Con o sin gas?
¿Por qué me hostiga así?
– Pues… con gas -suelto al azar.
– ¿Mouzaïa o Perrier?
– Señorita -le suplico, cada vez más horrorizado por la ostensible indiscreción de mis vecinos-, tengo el paladar tan entumecido por la bazofia de las cantinas que no sabría distinguir entre pasta de almendras y plastilina. Así que déjese de historias, ¿vale?
Se le eclipsa la sonrisa con tal rapidez que se queda sin voz. Me confisca la carta y me abandona a mi suerte.
Espero unos quince minutos entre ruido de cubiertos y roces de cortina. Una sigilosa algarabía mece el ambiente, pautada por risas de sirenas en busca de un Ulises que descarriar. La gente guapa me deja aislado en mis frustraciones y, como mi misterioso huésped tarda en manifestarse, empieza a hacérseme larga la espera. He comisqueado las galletas saladas y las rebanadas de pan untadas con vaya uno a saber qué, que se le derrite a uno en la lengua antes de desvelar su secreto. No aparece nadie. Y, de repente, el pingüino acude para recibir a una pareja de ensueño, visiblemente asidua de estos lares. Se me bloquea la nuez tras el nudo de la corbata, y por poco me atraganto con un trozo de pan. Al paso del hombre, elegante en exceso, algunas cabezas se giran con reverencia. Es alto, seductor y parece imponer un inmenso respeto. Su compañera, vestida con un magnífico traje de chaqueta, resplandece como el sol. Lo que más me desconcierta no es su gran belleza, sino su manera de pegarse a su hombre como si quisiera confundirse con él. Y lo que me intriga sobremanera es la razón por la cual una señora tan extraordinaria como Soria Karadach, esa afamada universitaria que para mí encarna la probidad moral e intelectual, puede arrimarse tanto, y a la vista de todo el mundo, a un individuo tan poco recomendable como Ghali Saad.