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El pingüino los conduce a la otra punta de la sala, tras un tabique de caoba, para preservar su intimidad del mal de ojo. Antes de desaparecer, Ghali coge por la cintura a la historiadora, que, agradecida por tanto afecto, deja caer con suavidad su cabeza sobre el hombro de quien hace y deshace en la oficina de Investigación y, en consecuencia, en los centros neurálgicos de la república.

Me sobresalto cuando la camarera, que no he visto acercarse, me tiende el teléfono.

– Es para usted, señor.

Aún estupefacto, me cuesta reconocer la voz al teléfono.

– ¿Sidi Brahim?

– Sí.

– ¿A que se ha quedado sin hipo?

– ¡Y tanto! -le digo ya despabilado-. ¿Es usted mi huésped?

– Siento haberme retrasado, comisario. Además, no pienso llegar, así que no me espere. Esta noche va a cenar solo. No se preocupe, la cena está pagada.

– ¿A qué viene esta broma?

– Le toca a usted averiguarlo, comisario. Eso es asunto suyo. Confiese que no se lo esperaba. La ilustre historiadora Soria Karadach del brazo de una escoria como Ghali Saad. ¿A que le resulta inconcebible? No pretendo manipularle, Sidi Brahim. Ya le han utilizado bastante desde que se inició la superchería y no pienso abusar a mi vez de su ingenuidad. Hasta me da usted pena. Es cierto que le he odiado a muerte, pero, en situaciones inextricables, el sabio da prioridad a la razón frente a los arrebatos del sentimiento. Sabemos que no está compinchado con los perros que han llevado al suicidio a un valiente hijo de la revolución como Hach Thobane. Ha participado en este complot a regañadientes. Tenía que salvar a su teniente. Además, su compañero de equipo no estaba allí por casualidad. Le pusieron una trampa para que usted cayera en ella. Quienes manejaban los hilos sabían que la única manera de embarcarlo en esta historia era ponerle como señuelo a uno de sus hombres. Como la suerte de su teniente dependía de su compromiso, tenía la obligación de llegar hasta el final. Prueba de ello es que le han liberado sin juicio ni acusación, como si no hubiera pasado nada. ¿A usted le parece eso normal? Oiga, ¿sigue ahí?

– Siga, me interesa el tema.

– Somos muchos los que sospechamos el complot y lo condenamos. Eso ha estado muy feo. Sin duda, a menudo se declaran disidencias en las altas esferas, eso es comprensible; pero de ahí a provocar la muerte de un antagonista, eso es romper la baraja.

– O sea, que para usted esto es un juego.

– Es una manera de hablar.

– ¿Ha hablado usted de complot?

– ¡Vamos, eso salta a la vista! Una historiadora que, de repente, tiene la osadía suicida de profanar el secreto de los dioses, oiga, eso no se ha visto en la vida. Ella no podía actuar sola. No tenía la menor oportunidad de abrir una sola trampilla sin caer en el abismo. Está superprotegida, y no le cuento ya usted mismo… ¿Ha leído sus libros?

– Ninguno.

– Le recomiendo que les eche una ojeada. No escamotea elogios a ninguno de nuestros gobernantes, les hace semblanzas fabulosas, los coloca en pedestales y describe su itinerario revolucionario como si fueran unos Mao o unos Ghandi. Sin embargo, hay un zaím que jamás ha sido objeto de su devoción. No lo cita en sus estudios ni en sus artículos de prensa.

– ¿Hach Thobane?

– ¡En la diana, comisario! Veamos: ¿Por qué le tenía tanta manía, por qué lo detestaba hasta el punto de negarle el derecho de figurar entre nuestros héroes, a él que es indisociable de la epopeya de noviembre de 1954, y por qué sórdida casualidad resulta que es ella la artífice de su desgracia?

– ¿Piensa usted que ha sido ella la que ha instigado…?

– No pienso nada, me hago preguntas.

– Es lo mismo.

– Señor Llob, no le oculto que odio a esa señora. Ha contribuido a una desgracia que está a punto de conmocionar nuestras vidas.

– ¿Es una pregunta o una certidumbre?

– Yo no tengo ningún cargo de conciencia, señor Llob. No he deseado ni propiciado la muerte de nadie. Usted sí debería estar arrepentido. Sin darse cuenta, ha abierto la caja de Pandora. Dentro de poco las tinieblas van a ensombrecer nuestro porvenir y convertir nuestras plazas en campos de batalla.

– Lástima que no le pueda ver la cara. Me cae usted de maravilla.

– Mi nombre no le diría gran cosa. No represento a ningún clan ni a ningún grupo de opinión. Sólo soy un argelino que se preocupa por el porvenir de su patria. Sé que se ha declarado una guerra en las altas esferas y que sus repercusiones van a resultar nefastas para todos nosotros.

– ¿Hay alguna relación entre su pesadumbre y la foto que me ha mandado?

– Esa foto no tiene ningún valor. Sirvió sólo para suscitar su curiosidad y traerle hasta este restaurante. Quería que viera con sus propios ojos a la historiadora y al cerdo ese juntos y arrimados. Son amantes desde hace varios meses y todos los lunes cenan juntos en Las Pirámides. Se trata de dos personas visceralmente materialistas, y los sentimientos no entran para nada en sus cálculos. Este tipo de gente no conoce el amor, sólo los une la complicidad y los hermana el interés. ¿Cuáles son sus respectivos papeles? El de Soria Karadach es un tanto ambiguo. En cuanto a Ghali Saad, sus ambiciones profesionales no tienen límite. Fíjese cómo va quemando etapas. Su presencia no es fortuita. Estamos convencidos de que no es ajeno a esta situación…

– ¿Estamos? Me pareció entender que iba por libre.

– Es una manera de hablar.

– ¿En qué se basan sus sospechas?

– Para enterarse de eso, señor Brahim Llob, le bastará con retomar esta historia desde el principio.

Cuelga.

Doy un silbido al pingüino y le pregunto si mi cena está pagada. Va a comprobarlo y regresa para confirmármelo. Le pido entonces que me proporcione el nombre y los datos de mi benefactor. Me informa de que no está autorizado a proporcionarme este tipo de información. Como le amenazo con montar un escándalo, sale corriendo en busca del gerente. Éste, un calvo afeminado con hechura de zancudo, me explica que la persona que me ha invitado no desea darse a conocer y que uno de los pilares de Las Pirámides es la escrupulosa observancia de las recomendaciones de su clientela. Su sonrisa es afable, pero la intensidad de su mirada, en patente contraste con la fragilidad de su lifting, me da a entender que tendría más posibilidades de sobrevivir a la mordedura de una cobra que a un abrazo suyo.

– Bueno, me he enterado -digo resignado.

– Sería muy comprensivo de su parte si se fuera a cenar a otro sitio, señor.

– Soy comisario de policía -le señalo.

– Ahora mismo hay aquí dos ministros y tres altos dignatarios del régimen. Todos desean pasar una excelente velada, y para eso estamos nosotros, señor.

– ¿Cree que ya no tengo derecho a mi cena pagada?

– Mucho me temo que no, señor.

Los dos nababs y su acompañante nos observan con interés, encantados de ver cómo el gerente me pone en mi sitio. La gorrina rutilante está a punto de levantarse para condecorarle.