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Ni siquiera el martillo de Tor me habría machacado de tal modo. No reconozco mi voz cuando exclamo:

– ¿Usted?

Capítulo 24

He estado dando vueltas en mi cama como un gusano en su fruta. No se me va de la cabeza el bolígrafo que se le rompió entre las manos a Soria, en aquella cabaña oculta en el fondo del bosque, por los alrededores de Sidi Ba; ni su voz, que, unas horas atrás, parecía provenir de ultratumba: Los gritos de mi hermano siguen golpeando mis sienes. Corrí por el bosque, corrí y seguí corriendo. Las ramas me arañaban el rostro, me hacían cortaduras en las piernas y me arrancaban los pelos sin frenar mi huida desenfrenada. Aquella noche la luna estaba llena como una urna. Me apuntaba con su antorcha para orientar a mis perseguidores. Por mucho que corriese, siempre la tenía encima, como un mal presagio. De haber tenido alas no habría corrido tanto con la cara vuelta hacia el calvero donde estaban rematando a lo que más quería en el mundo. Desde aquella noche jamás he podido volver a mirar hacia adelante. Vaya donde vaya, haga lo que haga, no consigo apartar la mirada de aquello. En el orfanato, en la universidad, en Argel, en Barcelona, estudiando, dando clase, mi cabeza siempre ha estado vuelta hacia ese calvero, agarrotada por un tortícolis que me cercenaba el cuello como un collar de hierro… Tenía que remontar el tiempo, volver a la casilla de donde partieron mis desgracias, destripar esa fosa común, sacar a los míos de su encierro, liberarles de su pena, darles por fin descanso y, en consecuencia, sosegar mi alma…

– ¿Por qué no duermes? -gime Mina.

– Quizá porque no he hecho otra cosa en mi vida.

Aparto las mantas, me pongo las zapatillas y voy a la cocina en busca de un vaso de leche. Veo la nevera, un montón de vasos en el fregadero, pero ni una gota de leche. Alguno de mis retoños ha llevado la osadía hasta comerse la naranja que había apartado para mí. Regreso a mi dormitorio. Mina se enrosca en las sábanas con la cara descompuesta. Decido no fastidiarle el sueño y me meto en el salón. Fumo pitillo tras pitillo, tumbado sobre el banco acolchado. Son las dos de la mañana. Fuera, un malcriado va dando bocinazos a vaya uno a saber qué, sin preocuparse por los niños que duermen como benditos ni por los convalecientes. Me acerco a la ventana. El malcriado sigue armando follón durante un par de minutos antes de lanzar su cacharro a tumba abierta por el barrio. Probablemente sea un borracho que ya no sabe volver a su casa. Vuelve el silencio, alelado tras su largo paseo. En la acera, una mendiga cubre a sus críos como puede con sus escasos trapos para preservarlos del frío. Un perro pasa a su lado mirando hacia otra parte, hasta tal punto la indigencia humana sobrepasa toda forma de entendimiento… ¡Dios mío, es para morirse de pena!

¿Y tú, Argel, por qué te resulta tan triste la vida?

Regreso a mi banqueta y apago el cigarrillo en un platillo de taza de café. Intento, con la cabeza entre las manos, poner en orden mis ideas.

Si Soria es el superviviente Belkacem Talbi, y el verdadero Belkacem Talbi había muerto, ¿quién era SNP? Por supuesto, un ilustre anónimo, un pasado virgen, una página en blanco sobre la cual se podían permitir escribir cualquier historia. Por lo que se le adjudicó la de aquellos ajusticiados. Así fue como se urdió toda la trama. Exactamente como les pareció a ellos. Ya sólo quedaba creérsela. Y yo me la creí de pe a pa. ¡Menudo estúpido! Yo, que presumía de experto en los incontables engranajes que habían pretendido triturarme, que pensaba que las había visto de todos los colores sin convertirme en daltónico, me veo de nuevo con el culo al aire.

– ¿Quieres que te prepare café?

¡Mi pobre Mina! Siempre complicándose la vida por culpa de mis tormentos.

– ¿Te he vuelto a despertar?

– No pasa nada. De todos modos, no tengo sueño.

– Ven a mi lado.

Obedece. Mi brazo le rodea el cuello. La aprieto contra mi pecho. Sus manos vacilantes y púdicas se buscan antes de abrazarme por la cintura. Hundo mi cabeza en su cuello y me dejo disolver en su aliento. Fuera, el malcriado regresa con su claxon. Ya puede alborotar a toda la ciudad que no estoy para nadie.

Mina se adormece en mis brazos. La tumbo sobre el banco acolchado con infinita precaución, la cubro con una sábana y voy a mi cuarto a cambiarme. Yo también debo reventar a toda costa el absceso.

Circulo por la ciudad dormida sin detenerme en los semáforos. Las calles desiertas me dan alas. Voy flechado hacia adelante, apretando a fondo el acelerador.

Llego al manicomio hacia las cuatro de la mañana. Detengo el coche en el aparcamiento y me bajo. Desde la montaña baja un viento epileptoide, cargado de polvo y de hojas secas, que se abalanza sobre los árboles como un drogado sobre sus alucinaciones. Arriba en el cielo, donde empieza a dispersarse una horda de nubes panzudas, la luna está más crecida que su propio espanto. Diríase que la noche no le inspira nada bueno. Muy lejos, en el horizonte, una tormenta amaga una fiesta, pero su algarabía no consigue apagar el rumor de los vergeles.

Encorvado para protegerme de las ráfagas, llego titubeando hasta los dormitorios envueltos en tinieblas. Tengo la impresión de estar cruzando el limbo de mi locura.

Llego hasta el alojamiento del profesor Aluch. No se ve luz tras las persianas. Doy puñetazos a la puerta hasta desollarme los nudillos.

– ¡Ya abro! -grita una voz gargajosa-. No estoy sordo.

Una llave abre la puerta.

El profesor casi se cae de espaldas al verme en la entrada.

– ¡Brahim! ¿Qué estás haciendo aquí?

– Estoy de paso. ¿Te molesto?

Mira por encima de mi hombro.

– ¿Estás solo?

– Como un chico mayor, profesor.

– ¿Sabes qué hora es?

– Pensaba que para los amigos no había hora.

– Sí, siempre que no se pasen. Supongo que tienes un buen motivo para sacarme de la cama tan temprano.

– En casa no conseguía pegar ojo.

Me mira con extraño semblante y se aparta para dejarme pasar.

– ¿Qué ocurre, Brahim? -pregunta encendiendo la luz del techo.

Está en pijama, con medio culo asomando fuera del pantalón. Su camiseta de tirantes desgastados flota sobre un torso macilento del que sobresalen las costillas, evidenciando la labor de zapa de su avanzada edad. Mi amigo el profesor es ya casi historia pasada, y me avergüenzo un poco de tener que volver a sacarla a relucir.

Me mira con ojos de perro moribundo.

– Pareces desorientado, comisario. ¿Qué te ocurre?

Le señalo una silla.

– Siéntate, profesor, para que no te caigas de culo.

– ¿Tan grave es?

– Haz el favor de sentarte.

Obedece tras un titubeo.

– Dime.

Le pido con el dedo que tenga paciencia. Asiente con la mano. Mi aliento ratea y me tomo una pausa para disciplinarlo. Cuando consigo concentrarme en el tema, inicio las hostilidades.

– Puedes detenerme cuando quieras, profe. ¿Estás listo?

– …

– Cogemos a un preso sin memoria, que llamamos SNP. Le injertamos el pasado que conviene a nuestros amigos y nos las arreglamos juntos para que se beneficie del indulto presidencial. A la vez, alborotamos la ciudad para que se crea que esa liberación es un despropósito, pues el susodicho es un peligro potencial para la sociedad. Total, que todo el mundo está sobre aviso. Empezando por cierto comisario de policía. Así se pone en marcha el dispositivo. Una vez libre, nuestro SNP recupera repentinamente la memoria. Recuerda al hombre que destrozó su vida y la de su familia y decide matarlo. Mala suerte: se equivoca y se carga al chófer de su víctima. Ahora bien, no se trata de una víctima cualquiera. Hach Thobane está en tal estado que el propio Estado se echa a temblar. Pelotones de sabuesos salen a la caza del asesino. Consiguen cargárselo. Pero, de pasada, un teniente de la policía se chupa el marrón. Como se ignora qué hacía su pistola junto al cadáver del asesino, se da prioridad a la teoría de la complicidad. El viejo comisario Llob no tiene más remedio que sacar a su subordinado del avispero en el que se ha metido. Para disculpar a su compañero de equipo, intenta establecer una relación entre el asesino y su objetivo. Y ahí es donde se verifica el pasado injertado al detenido desmemoriado que hemos llamado SNP. No hay como un amnésico para inventarle una historia a medida, ¿no es así? Si, además, no tiene familiares ni conocidos, se le puede quitar de en medio sin dejar rastro. ¡Un trabajo fino! El crimen perfecto. Tanto más si resulta que el comisario tiene otras preocupaciones: su amigo se pudre en las mazmorras de irás y no volverás. Cuanto más tiempo pasa, peor para el pobre infeliz. Es un asunto de lo más urgente. Hay que ir quemando etapas e ir directamente al grano. Hace tiempo que el terreno está abonado y el viejo madero sólo tiene que seguir las orientaciones que le van marcando. Hasta la matanza de Sidi Ba. Una matanza horrorosa y un escándalo de cuidado. El macabro descubrimiento se cuenta con todo lujo de detalles en la tele, y la prensa escrita se encarga de aderezarlo a gusto del consumidor. Hach Thobane, el exterminador de la familia de SNP, incapaz de asumir su monstruoso pasado, se suicida. Normal. ¿Qué otra cosa podía hacer? Está acabado y era irrecuperable, por lo que la nación lo vomita de su seno. Así se toma su revancha el Bien contra el Mal. Exactamente como en los seriales didácticos. Entierran al canalla como si fuera un perro. Se ha hecho justicia. El teniente de la policía queda rehabilitado. Cae el telón, se acabó el espectáculo y cada cual regresa a su casa… ¿Qué te parece mi sinopsis?