Robbie levantó la vista de la carta, respiró hondo y dijo:
– No entiendo por qué estás tan furiosa, Skye. Ibas a casarte con Burke hace años y, en ese entonces, la idea no te molestaba tanto.
– No era más que una niña, Robbie, y creía amarlo. Cuando recuperé la memoria, Niall me pareció detestable. Lo que pasó no fue culpa mía, pero él me acusó de la separación. Me acusó de cosas terribles. Está cambiado y lo odio. Le dije a mi tío hace varios meses que no quería casarme con lord Burke.
– Pero si no quieres casarte con él, Skye, ¿entonces con quién?
– No lo sé, Robbie, pero sé que cualquiera sería mejor que él.
– La boda es válida, muchacha. No hay corte que pueda invalidar ni los contratos por poderes ni las ceremonias cuando no hay razones para anularlos. Te guste o no, eres lady Burke.
– ¡Vete al diablo!
Robbie rió entre dientes.
– Por Dios, nunca pensé que alguien pudiera vencerte, pero ese viejo zorro papista acaba de hacerlo, y muy bien.
Los ojos azules de Skye se entrecerraron y se llenaron de furia. Pero Robbie estaba tan divertido con la situación que no lo notó. Siguió adelante con su charla:
– Por lo menos, te ha elegido a un «hombre». Lord Burke se parece a Khalid y a lord Southwood. No, no puedes quejarte, Skye. -Y empezó a abrir la boca para dar un grito de espanto al ver cómo se rompía una jarra de cristal justo encima de su cabeza y los diamantinos pedacitos de vidrio se mezclaban con las gotas color rubí del vino sobre la pared.
– Esto es obra de mi tío, lord Burke y el MacWilliam, y lo único que quieren es conseguir otra generación. Bueno, no podrán hacerlo sin mi cooperación, ¿no te parece? -dijo Skye con un tono de voz lleno de amenazas-. No hace ni un año que murió Geoffrey. No puedo ser buena esposa para lord Burke mientras esté de luto. Y después, claro, está el luto parcial que dura otro año. Como comprenderás, Robbie, hay que cuidar las formas. Siempre.
Robbie la miró. Empezaba a preocuparse.
– ¿No me dirás que piensas negarle sus derechos?
Ella rió, una risa áspera.
– ¿Derechos? ¿Qué derechos?
Robbie sintió que algo se le revolvía en el estómago.
– Es tu esposo -dijo con voz débil.
– Yo no lo he elegido. Fue idea vuestra, tuya y de De Marisco y de mi tío y del MacWilliam. Lo único que yo quería era el derecho a elegir, puesto que la que se casa soy yo. Creo que soy totalmente capaz de decidir lo que es mejor para mí. Y en lugar de eso, me casan sin siquiera discutirlo por cortesía. Bueno, Robbie, sé que tendré que vivir con las consecuencias de todo esto, y vosotros también; todos, incluyendo a Niall Burke.
El estómago de Robbie se retorció todavía más. ¿Qué habían hecho? ¿Qué le habían hecho no sólo a ella, sino también a Niall Burke? La verdad era que el capitán no se arrepentía del consejo que le había dado a Skye. La boda era la única solución para ella. Pero el obispo de Connaught había actuado sin sopesar las consecuencias.
Robbie se dio cuenta de pronto de que él conocía a Skye mejor que su propia familia. Bueno, ¿y por qué no? Cuando desapareció para los suyos, Skye era apenas una niña. Esos dos viejos astutos no se habían detenido a pensar que un cura y un noble de provincias no podían siquiera concebir el tipo de vida que había llevado Skye en los últimos años. ¿Qué podían saber de hombres como Khalid el Bey? Suspiró. «Dios, cuánto más simple habría sido todo si Khalid no hubiera muerto. Skye habría tenido una docena de niños y se habría puesto gordita con los dulces turcos de Argel», pensó. Después se rió de sí mismo. No. Skye no era de ese tipo de mujer.
– No puedes hacer responsable a lord Burke de esta situación. Aunque estoy seguro de que la idea de casarse contigo debe de volverlo loco de alegría.
– Él es quien más debería saber que no me gusta casarme sin tomar yo misma la decisión.
– Tal vez tu tío lo convenció de que tú también deseabas esta boda.
En realidad, Niall Burke se había quedado atónito cuando, al regresar de una partida de caza, descubrió a Seamus O'Malley y a su padre sentados a una mesa dedicados a emborracharse como buenos compañeros.
– ¡Ah! ¡Mirad! Ahí llega el novio -rió el obispo entre dientes.
Niall Burke sintió que se enfurecía.
– Te lo advertí -le ladró a su padre-. Te advertí que no me buscaras esposa.
El viejo se hizo el ofendido.
– Te casas el tres de febrero, hijo.
– ¡Sí, claro! ¡Espérame sentado en el infierno! -fue la indignada respuesta.
– Ah, mi sobrina se desilusionará tanto -dijo el obispo con voz cascada, y el MacWilliam y él rompieron a reír, doblándose en dos como posesos.
Niall se preguntó si el whisky color humo que estaban tomando no estaría drogado. Su asombro hizo que los dos hombres estuvieran riéndose hasta que las lágrimas les corrieron por las mejillas y las barbas. Finalmente, el obispo jadeó para detenerse.
– Mi sobrina, Skye, me ha dado permiso para arreglar otra boda para ella ahora que lord Southwood ha muerto. Vuestro padre y yo hemos decidido que, ya que vosotros dos habíais decidido casaros hace tiempo, sería bueno terminar el asunto ahora.
– ¿Y Skye va a venir a Irlanda para casarse conmigo? -Niall no se lo creía.
– No. Vamos a celebrar el matrimonio por poderes el tres de febrero. Os iréis a Inglaterra, porque ella no puede venir a Irlanda sin poner en peligro la herencia de su hijo menor, el conde.
– ¿Qué prisa hay? -Niall sospechaba. Conocía las triquiñuelas de esos dos.
– Cuaresma, muchacho. Ya sabes que no se pueden celebrar matrimonios durante ese período. ¿Quieres esperar a Pascua para casarte con Skye? ¿Después de tantos años?
– Muy bien -aceptó Niall-. Estoy de acuerdo.
– ¡Está de acuerdo! -jadeó el obispo entre risas.
– ¡Alabado sea el Señor! -jadeó el MacWilliam, tratando de respirar.
Burke pensó que los dos estaban borrachos o locos o tal vez las dos cosas al mismo tiempo.
Se firmaron los contratos al día siguiente, y desde ese momento en adelante, lo único que pensó Niall fue que Skye pronto sería suya. Qué modesta era, en realidad, después de tantos años. Qué adorable de su parte hacer que su tío arreglara el matrimonio en lugar de firmar los contratos ella misma. Después de todo, ya no era una virgen que pudiera tener miedo de él. Niall tenía la cabeza llena de recuerdos de Skye, y la mujer que había conocido en Inglaterra, la mujer con la que se había peleado, se borró de su mente. Sólo podía pensar en la niña que había amado hacía ya tanto.
Por eso estaba tan poco preparado para la fría bienvenida que recibió en Lynmouth unas pocas semanas después de la boda, cuando se despejó el clima de invierno. Niall había abandonado el castillo de los MacWilliam y había viajado a través de Irlanda para tomar un barco de la flota O'Malley desde la ciudad costera de Cobh hasta Bideford. En Bideford repitió el viaje que había hecho unos años antes y alquiló un caballo para ir hasta Lynmouth. Llegó solo, sin escoltas, sin heraldos. Cabalgó por el puente levadizo hacia el patio y dijo al sirviente que tomó las riendas de su caballo:
– Decidle a la condesa que ha llegado su esposo. -El sirviente abrió la boca, se volvió y corrió hacia el castillo.