Niall dijo una mala palabra en voz baja. Le había gustado Geoffrey Southwood, pero estaba empezando a cansarse de ese fantasma. Había pensado que Skye se dejaría vencer y aceptaría el matrimonio tarde o temprano. En lugar de eso, se mostraba más fría y distante cada día que pasaba. No podían dejar Lynmouth hasta que el pequeño Robin tuviera seis o siete años de edad y fuera a casa de otros nobles a ejercer de paje. Mientras tanto, él tenía que vivir en la casa de Geoffrey Southwood y hacer de padre de su hijo, todo sin ser realmente el marido de su viuda, que ahora tendría que ser su esposa y no la de un muerto.
Los chicos lo habían aceptado bien. Willow había dicho con la lengua de los niños.
– Tú eres mi tercer padre, ¿sabes? El primero murió antes de que yo naciera y el segundo, hace un año. Espero que tú te quedes más tiempo.
– Haré lo que pueda -le había contestado él con seriedad.
Robin estaba encantado de tener otro hombre en la familia.
– ¿Cómo quieres que te llame? -le había preguntado.
– ¿Cómo te gustaría llamarme, Robin?
– No creo…, no creo que pudiera llamarte «papá». Así llamaba a mi padre. -Al niño le temblaba la voz.
– Lo comprendo. ¿Por qué no me llamas Niall? Es mi nombre, y a mí me parecería bien, si tu madre está de acuerdo.
Para los chicos, todo estaba en orden. Para los adultos, la cosa no era tan fácil. Niall había empezado a manejar las propiedades de los Lynmouth, y Skye no había puesto ninguna objeción. Parecía preocupada por otras cosas. Después de la discusión de la tarde, Niall juraba que la seduciría esa noche durante la cena, pero ella no se presentó en la mesa.
– ¿Dónde está tu señora? -le preguntó Niall a Daisy, que comía con otros sirvientes importantes en el salón, en una mesa más baja.
Daisy se levantó de su silla y se acercó a él. Le hizo una reverencia y dijo:
– Debe de haber sacado el bote, milord.
– ¿El bote?
– Sí, milord. El que tiene anclado bajo los acantilados. Se lo cuida mi hermanito, Wat. Él os mostrará el camino, si queréis.
Niall terminó de cenar, con el rostro pensativo y preocupado, y llamó al muchacho.
– ¿Has visto si lady Burke se ha llevado el bote, Wat?
Wat retorció los pies y asintió.
– ¿Sabes adónde ha ido?
– No, señor. -Pero el muchacho sospechaba que su señora había ido a Lundy. Después de varios meses a su servicio, conocía sus estados de ánimo.
– ¿Crees que volverá esta noche, muchacho?
– Tal vez, señor. A veces se queda toda la noche, a veces vuelve. Ella y el mar son amigos.
Niall sonrió.
– Gracias, Wat. Me gustaría que me mostraras el sitio donde guardas el bote.
– Sí, milord -fue la obediente respuesta, y Niall escondió otra sonrisa. El muchacho era, sin duda, muy leal a Skye. Ella despertaba lealtades furiosas. Niall veía que Wat estaba resentido por lo que consideraba una intrusión inaceptable en la vida privada de su señora. Así que Niall decidió explicarle algunas cosas con voz tranquila mientras caminaban juntos.
– ¿Sabías que conozco a tu señora desde que tenía tu edad? Sé lo mucho que sabe de botes, pero, de todos modos, me preocupa que salga sola. La amo, ¿sabes?
El muchacho no dijo nada, pero Niall notó que la tensión de sus hombros se aliviaba un poco. Trotó silenciosamente hacia delante, seguido por el irlandés, hasta que llegaron a la cueva. Las cejas de lord Burke se arquearon en un gesto de sorpresa y sus labios se encogieron con suavidad. Vio la gran boca de la entrada y caminó hacia el borde, hasta los escalones tallados en la piedra y la gran anilla de hierro. Luego, se volvió hacia Wat.
– Ya puedes irte, Wat. Esperaré un rato aquí. -El muchacho pareció dudar un momento, pero después se encogió de hombros y volvió a subir por las escaleras. No era asunto suyo decirle a los nobles lo que debían hacer.
La noche de abril era templada y agradable. Niall, junto al agua, con la espalda contra la pared de la cueva, contempló la puesta de sol. El mar estaba oscuro y en calma y, por encima de él, oía chillidos de algunas crías de gaviota que se acomodaban para pasar la noche. El cielo se oscureció y las primeras estrellas empezaron a brillar sin demasiado entusiasmo, como si no estuvieran del todo seguras de que ya fuera el momento de mostrarse. Niall Burke se quedó allí, sentado sobre las piedras del borde. Pronto oscureció por completo y las estrellas brillaron como diamantes. Un viento leve recorrió la cueva y el aire se humedeció. Niall seguía esperando. Sentía una intensa curiosidad. ¿Dónde estaba Skye? ¿Volvería esa noche? Había toda una parte de su vida que él no conocía. Estaba refrescando y lamentó no haber pensado en traer su capa. Como si lo hubiera dicho en voz alta, oyó al cabo de poco rato la voz de Wat que le decía:
– Os traigo una capa, milord, y Daisy os manda una jarra de vino.
Niall se puso en pie, aterido y un poco agarrotado por la espera, tomó la capa forrada de piel y envolvió con ella su cuerpo empapado ya del frío nocturno.
– Muchas gracias, muchacho -dijo, y destapó la jarra. Bebió un largo trago de vino y se sintió agradecido por el calor que le golpeó el cuerpo como una roca derretida y luego se esparció hacia arriba, reconfortándolo. Wat asintió y encendió las antorchas que servían de señal.
– La señora volverá tarde hoy. Tal vez muy tarde -se atrevió a insinuar.
– Esperaré -dijo Niall.
Wat desapareció. Niall oyó el retumbar de sus pasos por los altos escalones de piedra. Todo quedó en calma otra vez. Sólo se oía el ruido leve del mar que golpeaba las rocas del borde. Las estrellas se movieron lentamente en el cielo y aparecieron otras nuevas. Niall dormitó y se despertó de pronto con el cielo gris de la aurora. El botecito de Skye navegaba hacia él sobre las olas. Niall se puso de pie lentamente, sacudiéndose un poco para desperezarse, y bajó por los escalones de piedra para coger la soga que ella le arrojó sin inmutarse. La ató a la anilla de hierro y luego tendió una mano a su esposa y la ayudó a desembarcar. Ella se movió a su lado y él olió el perfume del tabaco sobre sus ropas de marinero. Los celos lo dominaron y, durante un momento, le costó controlar la voz.
– ¿Dónde demonios estabas? -le preguntó.
Los ojos azules se entrecerraron, mirándolo.
– En el mar -le replicó Skye.
– He estado esperándote toda la noche.
– ¿En serio? Me conmueve lo que dices, pero has perdido un tiempo que podrías haber pasado con tu Rosa de Devon en un cálido lecho.
Skye ya subía por las escaleras y él saltó tras ella.
– No has estado en el mar toda la noche -dijo él directamente.
– ¿No? -Ella lo miró por encima del hombro, con una expresión de burla en el rostro con forma de corazón.
– No, a menos que hayas decidido empezar a fumar tabaco, Skye.
– ¿Qué?
– Tu ropa huele a tabaco.
Ella se detuvo y olisqueó su jubón.
– Tienes toda la razón, Niall -dijo, y siguió subiendo sin agregar nada.
Atónito, él se quedó de pie en mitad de las escaleras durante unos momentos. ¡La perra tenía un amante! Era la única explicación posible. ¿Qué tenía él que hacía que todas sus esposas buscaran consuelo en otra parte? Nada, decidió, golpeando con el puño de una mano la palma de la otra. Recordaba mujeres que habían gemido de pasión bajo su cuerpo. No permitiría que el recuerdo de la traición de Constanza envenenara su sentido común.
De pronto, oyó que una puerta se cerraba por encima de su cabeza y volvió a la realidad. ¡La muy perra! ¡Engañarlo con la excusa del luto por Geoffrey Southwood, mientras salía todas las noches a navegar al encuentro de un amante! ¡Cómo debía haberse reído de él con ese amante! Sintió que se enfurecía. ¿Quién era el maldito?
Subió por las escaleras con gesto resuelto. No esperaría más. Ese jueguecito se había terminado. Y después de arreglar las cosas con ella, hundiría el bote para que no pudiera salir otra vez. Tal vez esto era el castillo de Lynmouth y ella la condesa de Lynmouth, pero también era lady Burke, y él estaba a punto de recordárselo.