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– Cuéntele a Michael lo que me ha contado a mí -le pidió Thomas-. Cuéntele lo de los huesos.

Matthew se metió la mano por el cuello de la chilaba y sacó una bolsa de piel suave de color gris. Aflojó el cordón que la mantenía cerrada y extendió una docena de huesillos blancos sobre la mesa.

– Éstos son los huesos. Los hechiceros los usaban en Kenia para predecir el futuro y adivinar los secretos del pasado. Hace tres semanas eché los huesos, y éstos me avisaron de que los hombres blancos blancos estaban inquietos.

– ¿Cómo es posible que los huesos hicieran eso? -le preguntó Michael esforzándose por no parecer demasiado escéptico. Pero sólo eran las cuatro de la mañana, y él se esperaba algo más creíble que unos simples huesos.

Matthew pasó la palma de la mano por los huesos y éstos rodaron y cambiaron de disposición.

– Ya sé lo que está pasándole a usted por la cabeza, Michael. Cree que los huesos son una cosa primitiva, una superstición del hombre negro. ¿Quién puede adivinar el futuro a partir de un gallo muerto? ¿Quién puede adivinar el pasado sólo por unos huesos? Pero a mí me enseñó a usarlos un hechicero que vivía cerca de Olduvai, y a este hechicero le había enseñado a utilizarlos el hechicero que le había precedido, y así sucesivamente, remontándonos hacia el pasado durante más de mil años, la misma sabiduría, la misma habilidad sicocinética, incluso antes de que existiera un nombre para designarla.

»Los huesos son lo mismo que las varas que se utilizan para detectar agua subterránea; pero no es agua lo que detectan, sino el espíritu de una persona; y cuando el espíritu de una persona está turbado, o inquieto, los huesos se remueven y saltan, se cambian de lugar por sí mismos. Los hombres blancos blancos tienen espíritus muy poderosos, espíritus que afectan por entero a la sociedad humana, así que cuando los hombres blancos blancos están inquietos… bueno, los huesos avisan en seguida.

– ¿Y eso es lo que ocurrió hace tres semanas? -le preguntó Thomas tomando notas en un bloc de espiral.

– Eso es lo que empezó hace tres semanas -repuso Matthew-, y los huesos se han mostrado cada vez más saltarines desde entonces. Yo sabía que algo malo se avecinaba, sabía que alguien importante iba a morir. Pero los huesos no me daban ninguna pista para saber de quién podría tratarse, estaban muy confusos; así que cuando el helicóptero del señor O'Brien se cayó de ese modo y todos los ocupantes resultaron muertos, no pude hacer nada más que llorar por ellos. No podía asegurar que los hombres blancos blancos fueran los responsables, aunque tenía mis sospechas, porque los huesos estaban literalmente brincando aquel día, bailando sobre la mesa como pequeños hombrecillos muertos. Y luego, por supuesto, los vi.

– ¿Los vio? -le preguntó Thomas-. ¿Vio a los hombres blancos blancos?

Matthew titubeó y bajó la cabeza. Cuando habló de nuevo tenía la voz mucho más apagada.

– Los vi en casa de Patrice Latomba.

El lápiz de Thomas se detuvo sobre el bloc.

– ¿Y eso fue antes de que Verna Latomba fuera asesinada o después?

– Los vi allí, los vi cuando tenían a Verna. La tenían atada, y estaban haciéndole daño. Le dejaban caer cera derretida en la espalda, y la cortaban con cuchillos.

Thomas lo miró fijamente.

– ¿Los vio cuando tenían a Verna, los vio haciéndole esas cosas y no llamó a la policía? Matthew… ¡usted habría podido salvarle la vida!

Matthew le sostuvo la mirada con expresión desafiante.

– Los hombres blancos blancos me dijeron que no me metiera donde no me llamaban. ¿Cree que no resulta doloroso tener que marcharse de aquel modo de allí? ¿Cree que no me dio vergüenza? ¿Vergüenza de mí mismo, de mi raza, de mi cobardía?

– Pero, por Dios, Matthew…

Matthew golpeó la mesa con el puño.

– ¡Ustedes no saben con quiénes están viéndoselas! ¡Esta gente no son mañosos, ni gángsters carcelarios, ni hermandades chinas! ¡Éstos son los hombres blancos blancos!

Michael apartó la mirada. Se sentía violento ante aquel arrebato de Matthew, pero también se avergonzaba de sus propios pensamientos. ¿Los hombres blancos blancos? Por amor de Dios. ¿Para esto lo había sacado Thomas de la cama? ¿Para escuchar toda aquella chachara supersticiosa? Sin embargo, Matthew parecía un hombre muy orgulloso, un hombre de gran fortaleza y carácter.

En un tono muy suave, Thomas dijo:

– Vamos, Matthew, cuéntenos qué es lo que hace a los hombres blancos blancos muchísimo peores que la Mafia.

Matthew respiró profundamente.

– En realidad no lo comprenden, ¿verdad? La Mafia tiene honor, la Mafia tiene religión, la Mafia tiene códigos de conducta. Puede que sean asesinos, puede que se dediquen a las drogas, a la prostitución y al juego, pero tienen orgullo y lealtad a la familia, por muy pervertidos que sean ese orgullo o esa lealtad. Los hombres blancos blancos no tienen nada de eso. Los hombres blancos blancos son culpables de todos los pecados que se puedan imaginar, de todos los excesos, de todas las crueldades. Y por eso son… los seres más crueles de este mundo de Dios, son la verdadera personificación del mal.

– ¿Y vio usted a Verna Latomba en manos de esos hombres y no hizo nada por salvarla?

– No, no hice nada.

– ¿Y se siente orgulloso de eso?

– No, no me siento orgulloso en absoluto. Pero no había nada que yo pudiera hacer para ayudarla; ni que cualquier otra persona hubiera podido hacer. Y si los hubiese contrariado, créanme, también habrían venido a por mí. Intenté engañarme a mí mismo diciéndome que no era más que un asuntillo de drogas entre Patrice Latomba, Luther Johnson y los hombres blancos blancos. Supongo que ustedes ni siquiera están al corriente de esto, pero los hombres blancos blancos están metidos en asuntos de drogas hasta el cuello; y no por las ganancias, fíjense bien, sino por el daño social que producen. Por eso les gusta vendérsela a los estudiantes del Instituto Tecnológico de Massachusetts y a los miembros de la Ivy League… en eso precisamente consiste la Ivy Connection que se tienen montada. ¿Qué importancia creen que puede tener venderle crack a un chiquillo de la avenida Blue Hill? Él no tiene la menor influencia social, no es más que un triste número en una estadística. Pero si se le vende crack a un estudiante de los cursos superiores de la especialidad de Física, a un futuro abogado, o a un prometedor joven político… entonces sí que se puede causar daño. Y así empiezan a destruir cientos de vidas, miles, por el precio de una.

– ¿Qué le ha hecho llamar al teniente Boyle esta noche? -le preguntó Victor.

– El sentimiento de culpa, supongo, y los hechos que expuso en esa conferencia de prensa, que me convencieron por completo de que habían sido los hombres blancos blancos los que mataron a John O'Brien y a Elaine Parker, y a ese amigo de ustedes, el que trabajaba en la compañía de seguros. Dijo que todos tenían marcas idénticas, con agujeros profundos de pinchazos en la espalda. Se me heló la sangre en las venas, porque nadie hace eso más que los hombres blancos blancos; igual que el conde Drácula deja los famosos agujeros de colmillos en el cuello de las mujeres.

– ¿De dónde son esos hombres blancos blancos? -quiso saber Michael-. Es decir, ¿quiénes son, exactamente? ¿Son extraterrestres o qué?

Matthew soltó una amarga carcajada, como un bramido, y dio un golpe en la mesa del comedor con el puño.

– ¡Podría decirse así! ¡Podría decirse así! ¡Extraterrestres, me gusta eso!

– Vamos, Matthew -le indicó Thomas-. Esto no es una broma.

– Oh, sí que lo es -repuso Matthew-. Es una broma que están gastándoles a ustedes. Si pensaban ustedes que su civilización occidental blanca se había librado de todas las obligaciones contraídas en tiempos pasados, eso quiere decir que están gastándoles una broma. ¿Cuántos americanos judíos vuelven a Israel a meditar y a rezar? ¿Cuántos americanos negros vuelven a Nigeria o a Sierra Leona para meditar sobre sus raíces? ¿Cuantos irlandeses vuelven a Irlanda, y alemanes a Alemania, y napolitanos a Napóles? Todos, cada uno de nosotros, estamos implicados de manera intrincada en aquello que somos, y en lo que fueron nuestros antepasados, y eso es lo bueno de la humanidad, y de la raza, y todos deberíamos estar orgullosos de ello, y no avergonzados.