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– Pero, ¿qué pasa con los hombres blancos blancos? -insistió Thomas.

Matthew tomó un sorbo de café y luego otro de agua. Se inclinó hacia adelante sobre la mesa y adoptó una expresión seria. A Michael le pareció que aquella cara era casi como un paisaje: ancha y con cicatrices de viruela, con sabanas por mejillas, altas sierras por pómulos y cavernas por orificios nasales, y por encima de todo ello, una meseta que le formaba la frente.

– La existencia de los hombres blancos blancos se remonta a los tiempos del Levítico, que es el tercer libro de Moisés, y que fue escrito hace mil seiscientos años. El libro del Levítico nos muestra el modo en que los hombres podrían deshacerse de sus pecados y de las consecuencias de éstos. ¿Y saben ustedes cómo? El Señor le ordenó a su sumo sacerdote Aarón que «seleccionase una cabra para Azazel» en el día de la expiación de los judíos. «Aarón pondrá ambas manos sobre la cabeza de la cabra viva, y confesará sobre ella todas las iniquidades de los hijos de Israel, y todas las transgresiones concernientes a sus pecados; y pondrá los pecados sobre la cabeza de la cabra y luego ordenará que ésta sea llevada hasta el interior de la maleza de la mano de un hombre que esté preparado para ello.» Y cuando en aquellos tiempos se hablaba de pecados, se referían a toda clase de pecados… desde tocar a una mujer que estuviera menstruando o destapar la desnudez de la mujer del prójimo, hasta yacer con un hombre como se yace con una hembra, lo cual es una abominación, y será mejor que lo crean así.

»En otras palabras, Aarón tenía que escoger un chivo expiatorio e investirlo con los pecados de todos los hombres y mujeres, y luego arrastrarlo al desierto y arrojarlo por un precipicio, y desde aquel momento en adelante todo el mundo sería puro, todo el mundo sería blanco como las azucenas. Es decir, todos los pecados se iban precipicio abajo junto con la cabra, ¿no?

– Chivo expiatorio -repitió Michael; y no conseguía recordar por qué aquellas palabras le sonaban tan familiares-. Chivo expiatorio.

– El Levítico -continuó diciendo Matthew- proporciona muchos detalles sobre qué clase de cabra había que usar, y qué partes podían comerse y qué partes debían quemarse. Pero lo que el Levítico no dice es que Aarón no utilizó una cabra auténtica. Si miramos los testamentos egipcios, si leemos las historias sumerias, vemos que Aarón empleó un hombre, no una cabra. Aarón empleó un hombre que se suponía que era Azazel, el ángel caído, que por aquellos tiempos caminaba por la tierra del mismo modo que ustedes y yo podemos caminar por la tierra hoy, sólo que, naturalmente, Azazel era verdaderamente aterrador.

– Perdone. ¿Ha dicho un ángel? -le preguntó Victor.

Matthew se encogió de hombros.

– Así es como los llamaban entonces los hombres, aunque lo que fueran en realidad nadie lo sabe. Tenían forma humana y hablaban lenguas humanas, aunque a veces podían cambiar de forma y hablar lenguas extrañas que nadie había oído nunca. No obstante, se les podía reconocer con bastante facilidad, porque tenían unas tremendas auras personales y además solían presentar alguna diferencia significativa que los caracterizaba, como por ejemplo un pezón de más en el pecho o el cabello de algún color extraño. A Azazel lo llamaban Cabra porque tenía los ojos muy rasgados y, realmente, parecía una cabra.

Victor movió la cabeza con escepticismo, pero Thomas levantó la vista y dijo:

– Continúe.

– Bueno -dijo Matthew-, pues la gente escogió a Azazel para que expiase todos los pecados, porque era diferente y porque le tenían miedo. Aarón puso las manos sobre la cabeza de Azazel, luego un hombre se lo llevó a rastras hasta el interior del desierto atado al extremo de una cuerda y lo arrojó por un precipicio. Todo el mundo bailó, cantó y gritó en hebreo algo así como: «Estupendo, es el final, todos nuestros pecados han sido expiados.» Pero resultó que no era así, porque Azazel sobrevivió. Estaba herido, maltrecho, pero todavía con vida. Y Azazel se pasó veinte años vagando por el desierto como un nómada, como un vagabundo, y durante todo ese tiempo tuvo los pecados combinados de todas aquellas personas, de toda la tribu de Israel, encerrados dentro de él. Sin haber cometido ninguna falta propia, Azazel era la encarnación de la maldad. Mataba ovejas y camellos, violaba a mujeres, a niñas pequeñas, perros, a muchachos; pero no se le puede culpar por ello. Hay que culpar a Dios, hay que culpar a Aarón, porque Azazel había hecho que la tribu de Israel quedara absuelta de toda culpa, fuera lo que fuese. Azazel había asumido todos sus vicios, todas sus perversiones, todas sus culpas.

»Además era inmortal, o por lo menos tenía una vida larga sobrenatural. Pueden ustedes hacer gestos de extrañeza al oír esto, amigos míos, pero la cuestión es, sencilla y llanamente, que los ángeles existen. No los ángeles de los libros de cuentos, con alas, halos y arpas, pero sí hombres que estuvieron presentes en los tiempos mágicos, cuando el Señor Dios, fuera quien fuese, campeaba a sus anchas, y los milagros y la magia se llevaban a cabo abiertamente todavía.

«Incluso se supone que podían volar… aunque la expresión que siempre se encuentra en las antiguas escrituras es «caminar por los aires». Por Dios, yo no quiero hacerles creer a ustedes que lo sé todo, pero sí sé que Azazel era auténtico. Se le menciona una y otra vez en diversos textos procedentes de toda clase de tribus y culturas diferentes.

«Según estas historias, se embarcó en un barco griego hacia el país que ahora llamamos Marruecos y empezó a vivir en un castillo aislado que daba el estrecho de Gibraltar. Desde allí hizo correr la voz de que quería reunir a su alrededor a todas aquellas personas mágicas, marginadas, proscritas, extrañas y perversas procedentes de todo el mundo conocido.

»En aquellos tiempos, las comunicaciones eran muy lentas pero efectivas. Lo que se susurraba al oído en un bazar de El Cairo en septiembre se lo susurraban al oído al emperador de China en el mes de mayo siguiente. Los hombres blancos blancos fueron llegando desde toda Europa, desde África y de algunas partes de Asia Menor. Algunos llegaron por mar, otros en caravanas de comerciantes, otros caminaron cientos de quilómetros.

– Pero, ¿quiénes eran? -le preguntó Víctor-. ¿De dónde procedían?

– No lo sé -respondió Matthew-. Y no creo que lleguemos a saberlo nunca con certeza. El Libro de Enoch sugiere que eran ángeles diseminados por el Diluvio que habían estado ocultándose desde entonces… se les perseguía porque eran diferentes. Se les acosaba porque eran mágicos.

»Puede que sea cierto, puede que sólo sea un mito. Fueran lo que fuesen, se trataba de seres condenadamente raros, eso seguro. Para empezar, no dormían nunca. ¿Pueden imaginarse eso? ¡Nunca dormían! Permanecían despiertos año tras año y por eso los ojos acabaron por inyectárseles totalmente en sangre. En El Libro de Enoch se les llama los Vigilantes, porque siempre están vigilando, nunca duermen, nunca se cansan… o quizás estén eternamente cansados, ¡vayan ustedes a saber!

»En dialecto africano, en Nigeria, Sierra Leona y Senegal, y también en Haití y en la Martinica, los llaman los hombres blancos blancos. Ojos como rubíes, piel como la nieve. En Europa se les ha olvidado en gran medida desde hace ya mucho tiempo, pero todavía se recuerdan: «Dos, dos, los niños blancos como azucenas, vestidos todos de verde, oh, oh.»