– ¿Ya no quieres más? -le preguntó.
Él miró a Thomas y éste sonrió; y Michael se sintió verdaderamente mal.
Cuando estuvo de regreso en su apartamento, se quitó con cansancio el jersey y lo tiró sobre el sofá. Luego se sentó para quitarse los zapatos. La luz roja del contestador automático del teléfono estaba parpadeando, así que apretó el botón para oír los mensajes. Se oyó un chasquido y un prolongado siseo, y luego sonó débilmente una música, una música extraña y discordante, como si alguien intentara expresar una migraña con el violín.
Luego, a todo volumen, tan alto que parecía que estuviera a su lado, se oyó una voz áspera y jadeante.
«Has ido demasiado lejos y estás acabando con nuestra paciencia, Michael. Hemos intentado darte ánimos y ser tolerantes. Habrías podido disfrutar de una vida tranquila y próspera sólo con que hubieras accedido a mirar hacia otra parte. Mirar hacia otra parte no es pecado, Michael. Tenemos que protegernos, compréndelo. Todo orden social tiene derecho a protegerse a sí mismo. Por eso hemos cogido prestados a tu esposa y a tu hijo, Michael… por ningún otro motivo, sólo para protegemos a nosotros mismos. Lo único que tienes que hacer, Michael, es mirar hacia otra parte, y nunca, nunca, dirigir la vista hacia nosotros.»
Y eso fue todo. La estridente música continuó sonando un poco más y luego se extinguió, y el mensaje terminó. Michael cogió inmediatamente el teléfono y marcó el número de su casa de New Seabury. La primera vez se equivocó al marcar los números y respondió un tono continuo semejante a un relincho. La segunda vez oyó cómo sonaba el teléfono de su casa, pero estuvo sonando durante casi un minuto y nadie contestó.
Llamó por teléfono a Thomas.
– Cuando he llegado aquí me he encontrado un mensaje en el contestador automático. Alguien dice que han «cogido prestados» a Patsy y a Jason. Los he llamado a casa, pero nadie ha contestado al teléfono.
– ¿Estás seguro de que no habrán salido un rato?
– Normalmente, Patsy suele estar en casa a estas horas de la mañana. Y Jason en el colegio.
– ¿Por qué no llamas al colegio para comprobar si hoy ha asistido a clase? Si no está, llamaré a mi buen amigo Walt Johnson, de Hyannis, y le diré que vaya a echar un vistazo a tu casa. Lo principal es no dejarse dominar por el pánico.
– Jirafa…
– ¿Qué hay, Mikey?
– Creo que era él. La voz del teléfono. Me parece que la he reconocido.
– Ése es un buen comienzo. ¿Quién crees que era?
– Estoy prácticamente seguro de que se trataba del «señor Hillary».
Hubo un prolongado silencio. Luego Thomas dijo:
– Oh, mierda.
– ¿Por qué dices «oh, mierda»? -quiso saber Michael.
– Escucha -dijo Thomas-, sabemos dónde vive ese «señor Hillary», ¿verdad?
– Así es… de modo que si ha raptado a Patsy y a Jason…
– Es posible que él haya raptado a Patsy y a Jason, sí. Si está implicado en el asesinato de John O'Brien, ciertamente tenía motivos suficientes para raptar a Patsy y a Jason, y tratar de impedirte que escarbes más en ello. Pero yo no puedo registrar su casa sin una orden judicial, y para obtener la orden tengo que demostrar que existe un motivo justo.
– ¡Pero yo he reconocido su voz! ¿Qué más «motivo justo» necesitas?
– ¿Has conocido alguna vez al «señor Hillary»?
– Bueno, desde luego que no. Pero…
– Mikey… ¿Dónde has oído su voz para poder reconocerla?
– ¡Ha hablado conmigo, por amor de Dios! Habló conmigo mientras me encontraba bajo hipno…
Se interrumpió. De pronto comprendió lo que Thomas intentaba decirle. Ningún juez concedería una orden de registro basándose en que alguien había reconocido una voz que solamente había oído antes en un trance hipnótico.
– Llama al colegio -le urgió Thomas-. Llama al colegio y luego vuelve a llamarme.
– De acuerdo -dijo Michael. Y colgó.
Buscó en el cuaderno de direcciones hasta que encontró el número de teléfono del colegio, y lo marcó. Pero antes de hablar con el tutor de la clase de Jason ya sabía cuál iba a ser la respuesta. A Patsy y a Jason se los habían llevado… el «señor Hillary» y los muchachos blancos como azucenas… y lo único que le venía a la cabeza eran las quemaduras de cigarrillo que había en la piel de Elaine Parker y el viscoso gato que todavía le sonreía en sus pesadillas desde el destrozado cuerpo de Sissy O'Brien.
DIECISIETE
Había habido un accidente en la intersección de la carretera McClellan con Reveré Beach Parkway. Un gran remolque había volcado y yacía de lado como un elefante muerto, aunque perdiendo gasoil en lugar de sangre. El tráfico estaba detenido y se había formado una caravana que llegaba hasta la calle Bennington, de manera que a Michael y a Víctor no les quedó otro remedio que esperar, llenos de frustración, y avanzar lentamente.
Eran casi las cuatro cuando llegaron a Lynn Shore Drive y giraron hacia el sur a lo largo del istmo de la playa Nahant. La tarde era cálida, y la brisa del mar ligera cual una pluma, pero el sol estaba oculto por una densa bruma gris que confería a la playa el aspecto de una borrosa fotografía en blanco y negro.
– Supongo que te das cuenta de que el Jirafa va a ponerse hecho una fiera cuando se entere de que has venido aquí por tu cuenta -comentó Víctor.
– El Jirafa puede hacer lo que le venga en gana. Pero al Jirafa no le han secuestrado la familia una banda de maníacos con la cara blanca.
– ¿Crees de verdad que la voz del teléfono era la del «señor Hillary»?
– He puesto la grabación muchísimas veces. Y estoy seguro de que era él. No sé cómo pude oír una voz real estando bajo hipnosis, pero así fue.
– Bueno… la aurahipnosis es una forma muy poderosa de comunicación humana. No sé si alguien tendrá la suficiente fuerza mental para comunicarse con otra persona a una distancia superior a cincuenta quilómetros con tanta claridad que se le pueda reconocer la voz. Pero, ¿quién sabe? Todo eso está todavía en pañales. Es como la realidad virtual sin necesidad de equipo apropiado.
– Es como volar sin necesidad de alas -intervino Michael-. Tal como hizo el doctor Moorpath.
– Ojalá hubiera podido ver eso -observó Victor.
– Créeme. Sucedió.
– No me malinterpretes… no dudo de tu palabra, pero me gustaría haberlo visto.
– ¿Crees…?
– ¿Qué? -le preguntó Victor.
– Bueno… yo vi al doctor Moorpath caminando por el aire como si nada; y de pronto me acordé de Elaine Parker. Ella cayó miles de metros desde aquel avión y, sin embargo, consiguió sobrevivir. He tenido pesadillas sobre aquel accidente durante meses. Me he caído de aquel L10-11 más veces de las que puedas llegar a contar. He caído una y otra vez, y en cada ocasión he pensado para mis adentros: «Ojalá pudiera volar.»
Victor levantó las cejas.
– ¿Qué quieres sugerir? ¿Que Elaine Parker también voló? ¿Que también caminó por los aires, o lo que fuera que hiciera el doctor Moorpath?
– Es una posibilidad, ¿no? Si Moorpath pudo hacerlo, a lo mejor ella también. Y ya ha habido otras ocasiones en las que alguien ha caído de un avión y ha logrado sobrevivir. Hubo un piloto de bombardero en tiempos de guerra que cayó cinco mil quinientos metros y fue a parar sobre unos árboles.
Pasaron por delante de las casas recién pintadas de la playa de Little Nahant, y luego giraron por el tosco y arenoso camino que conducía al faro de Goat's Cape. El gran Mercury rebotaba sobre la suspensión y daba golpes contra el suelo, y por un momento, las ruedas traseras se quedaron atascadas en un montón de grava y arena. Pero de pronto se encontraron en campo abierto, rodando sobre nudosos terrones de hierba marina, y allí, delante de ellos, se alzaba el achaparrado faro blanco que Michael había visto en sus trances hipnóticos.