– Será mejor que dejemos el coche aquí -sugirió Victor-. Y dale la vuelta por si tenemos que salir huyendo precipitadamente.
Michael maniobró con el Mercury hasta que éste quedó con la parte delantera hacia el norte. Luego se apearon y se acercaron caminando hasta los escalones del faro. No se veía ningún vehículo aparcado por allí, e incluso el faro parecía desierto. La lámpara del mismo estaba mugrienta y agrietada, y las paredes que daban al mar se encontraban gravemente deterioradas.
– Da la impresión de estar vacío -comentó Victor-. Al fin y al cabo, a lo mejor el «señor Hillary» no es más que un producto de tu imaginación.
Michael negó con la cabeza.
– Recuerda que Megan también lo vio.
– Puede que también fuera producto de su imaginación.
– Oh, venga, Víctor. No creerás que dos personas puedan haber visto el mismo personaje imaginario, ¿verdad? Los dos vinimos a Goat's Cape, aunque fuera en un trance, y vimos al «señor Hillary» con tanta claridad como si fuera real.
– ¿Por qué no se lo dijiste al Jirafa'?
– Porque habría dado igual. Además, no quería que se hiciera una idea equivocada.
– ¿Qué idea equivocada?
Víctor estaba perplejo. Michael no contestó, pero pensó: «El hecho de que Megan esté en una silla de ruedas no la hace menos animosa, ni menos atractiva, ni menos sensual.»
Víctor miró a su alrededor y olfateó el aire.
– ¿Por qué no llamas a la puerta? Yo iré a echar un vistazo por la parte de atrás.
Michael tragó saliva. El faro permanecía obstinadamente silencioso, y él empezaba a sentir deseos de no haber ido hasta allí. Quizás Thomas tuviera razón en aquello de que no había que precipitarse yendo a Goat's Cape sin tener ninguna prueba de que el «señor Hillary» hubiera raptado a Patsy y a Jason, y, desde luego, todavía no la tenía. La policía del condado de Barnstable estaba buscándolos, pero hasta el momento no habían informado de nada sospechoso. Habían ido a la casa de Michael y la habían encontrado vacía, pero la puerta estaba debidamente cerrada. Ninguno de los vecinos había reconocido haber oído gritos o señales de lucha; y tampoco se habían visto desconocidos rondando por el vecindario.
Pero Michael tenía el terrible presentimiento de que habían desaparecido y de que el «señor Hillary» se los había llevado. Y ello le llenaba la mente como una frase oscura y no expresada con palabras. Como si él lo supiera pero no pudiese comprender por qué.
Y aunque el faro estaba en silencio, sin la menor señal de vida, Michael presentía que allí había algo muy oscuro, algo muy extraño, algo que lo impulsaba a acercarse más, y le hacía que necesitase quedarse.
Víctor le apretó brevemente el brazo y luego se dejó caer resbalando por la cuesta de arena que conducía al lado del faro que daba al mar.
– Aquí hay un par de edificios anexos -le dijo a Michael a gritos-. Voy a echarles un vistazo.
Michael aguardó unos instantes y luego subió hasta la sólida puerta de roble. Había un llamador oxidado de hierro forjado y debajo una placa corroída que decía: «…ARY…ERO.»
Probablemente alguna vez allí hubiera puesto: «Señor Hillary, farero.»
Tiró del llamador y esperó. Ni siquiera oyó el sonido de la campana. Quizás el llamador estuviera estropeado, quizás el faro estuviese abandonado y Patsy y Jason hubieran vuelto ya a casa y estuvieran intentando ponerse en contacto con él. Miró la hora en el reloj de pulsera. Eran las cuatro y veinte. Recordó lo que su madre siempre le había dicho sobre las horas y veinte minutos. Ése era el momento en que los ángeles volaban en lo alto. Se aclaró la garganta y tiró del llamador por segunda vez.
– ¡Hasta ahora nada! -dijo Víctor a voces desde el otro lado del faro-. Sólo la primera bicicleta que se inventó y un gallinero viejo lleno de gallinaza.
Michael levantó la mirada hacia las paredes del faro. Había algunos grafiti grabados justo encima de la puerta, algunos bastante antiguos. «John, febrero 1911.» «Yo amo a Anthea, 1934.» Y, de forma bastante incongruente: «Andover Newton, Facultad de Teología, para siempre.»
Más arriba había otros grafiti, algunos de ellos escritos al revés, como si se vieran en un espejo, y otros que no eran más que triángulos, cuadrados y líneas en zigzag. Michael tuvo que retroceder unos pasos para poder ver algunos de ellos, porque se encontraban muy arriba, a ocho o diez metros del suelo.
De pronto pensó: «¿Cómo demonios es posible que alguien haya podido llegar hasta allí para grabar esas cosas?» Podían haber utilizado una escalera de mano, pero los peldaños que conducían hasta la puerta del faro eran excepcionalmente cortos, demasiado estrechos como para que en ellos cupiera una escalera normal. ¿Y qué farero hubiera tolerado que alguien trepase por el costado del faro y escribiese letras y símbolos a golpes de martillo o de cincel? Una de las frases escritas al revés decía: «Un décimo Ephah.» Otra «Inmundo». Gran parte de las restantes eran simples garabatos ininteligibles.
Michael seguía examinando los grafiti con el ceño fruncido cuando se abrió la puerta del faro sin producir el menor ruido. Al principio ni siquiera advirtió que la habían abierto: estaba demasiado absorto en un grupo de jeroglíficos que semejaban pájaros variados, cuervos, gaviotas, halcones y cigüeñas. También había insectos: cosas que parecían arañas, ciempiés y hormigas.
La puerta del faro se abrió un poco más, y fue entonces cuando la mancha de oscuridad del interior, que iba haciéndose cada vez mayor, le llamó la atención a Michael. Se sobresaltó a causa de la sorpresa, estuvo a punto de dar un traspiés sobre los empinados escalones.
Una joven pálida apareció en la puerta. Tenía los ojos de color verde menta. Llevaba un echarpe de algodón blanco que la hacía parecer todavía más pálida, y un vestido largo hasta el tobillo del mismo tejido y color que el echarpe. Al cuello llevaba colgada una delgada cadena de oro.
– ¿Busca a alguien? -le preguntó a Michael con voz tenue, apenas audible entre el suave murmullo de las olas.
– Busco al «señor Hillary». ¿Está aquí?
– Naturalmente. Está esperándolo.
– ¿Está aquí mi esposa? ¿Está aquí mi hijo?
– Naturalmente. ¿Acaso no esperaba usted que estuvieran?
Michael notó una oleada de ira y pánico que apenas le permitía respirar.
– Dígale al «señor Hillary» que tiene que dejarlos libres ahora mismo. ¡Y digo ahora! ¡Los quiero aquí fuera, ahora!
La muchacha esbozó una sonrisa al ver el enojo de Michael.
– Puede usted entrar a verlos.
– Está bien. Pero voy a llevármelos de aquí ahora mismo.
– ¿Por qué no habla con el «señor Hillary»? Hace mucho tiempo que quiere hablar con usted.
– Eso pienso hacer. Pero no creo que le guste lo que va a oír. ¡Víctor!
– Ah, sí -dijo la chica-. Hemos notado que ha traído usted compañía.
– Sí, así es.
– El «señor Hillary» preferiría que su acompañante se marchase.
– No creo que el «señor Hillary» se encuentre en posición de decirle a nadie lo que tiene que hacer. La policía sabe que estamos aquí.
La chica lo miró directamente a los ojos y dijo sin la menor vacilación:
– No, la policía no lo sabe. -Michael se echó hacia atrás casi imperceptiblemente. Había notado una sensación de frío en alguna parte de su mente, como una aguja que estuviera removiéndosele entre los tejidos del cerebro-. No tiene usted que mentirnos -apuntó la chica sonriendo.
Víctor acabó de dar la vuelta al faro; estaba limpiándose las gafas con el pañuelo.
– Salpicaduras de sal -dijo. Y luego añadió-. Bueno, ¿qué pasa aquí?
– El «señor Hillary» está aquí -le explicó Michael-. Y también Patsy y Jason.