– ¿Los has visto?
– Voy a entrar ahora mismo a verlos.
– Sólo usted -le indicó la muchacha a Michael-. A su acompañante no lo queremos aquí. Su acompañante debe marcharse inmediatamente y no decirle nada a nadie.
– Mira, muñeca, espera un momento… -intervino Víctor-. Ese «señor Hillary» tuyo ha cometido un grave delito, y tú también. Déjanos entrar ahí, y nosotros cogeremos a la esposa y al hijo de este caballero y nos marcharemos. De otra forma, lo único que estáis haciendo es agravar el delito aún más.
– Sólo usted -repitió la chica refiriéndose a Michael.
Víctor subió los últimos dos peldaños y se enfrentó cara a cara con la chica.
– Soy funcionario de la oficina del forense de Boston y le exijo que nos lleve hasta donde se encuentren Patsy y Jason Rearden ahora mismo. ¿Entiende usted el inglés?
La muchacha ni siquiera miraba a Víctor. Aquellos ojos verdes seguían mirando a Michael por encima del hombro de Victor. Había en ellos algo concentrado, como si estuvieran llenos de celos amorosamente destilados, como si cada momento de dolor y martirio que aquella muchacha hubiera sentido se hubiera reducido a dos gotas de infinito verdor.
Le puso una mano a Víctor en el hombro derecho y a Michael ni siquiera se le pasó por la cabeza lo que ella iba a hacer. Pero luego la muchacha le apretó el hombro con más fuerza y tensó los músculos del cuello, y entonces Víctor, de pronto, comenzó a gritar:
– ¡Dios! ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios!
Se dio la vuelta como si estuviera encima de un torno. Tenía la boca abierta de horror. De la parte delantera de la camisa le brotaba la sangre a borbotones, tanta que salpicó los escalones del faro. Michael intentó cogerlo, intentó sujetarlo, pero Víctor perdió el equilibrio y cayó de bruces sobre los escalones, y luego rodó hasta abajo.
Michael, atónito, levantó ambas manos, las dos ensangrentadas. Clavó la mirada en la muchacha y ésta lo miró a su vez, sonriente, completamente tranquila y segura de sí misma. Ella también tenía ensangrentada la mano derecha hasta el mismo codo, como si llevara un guante rojo de fiesta.
Empuñaba un pequeño cuchillo de hoja estrecha. Debía de haber abierto a Víctor desde el ombligo hasta el esternón, y lo había hecho sin la menor vacilación.
– ¡Víctor! -gritó Michael; e hizo ademán de ir a bajar los peldaños. Al instante, la muchacha dio unos pasos y se situó delante de él con el cuchillo levantado-. ¡Quítate de delante, mierda! -le dijo Michael con rabia-. ¡Está herido! ¡Quizás lo hayas matado! ¡Quítate de delante!
Trató de esquivarla y rodearla, pero ella se movió a un lado y a otro de los escalones para impedírselo. Tenía unos ojos completamente inexpresivos, y Michael supo con certeza que a él también lo rajaría.
– ¡Joseph! -llamó la chica con voz penetrante y aguda.
Michael hizo una finta en un desesperado intento de rodear a la muchacha, pero ésta blandió el cuchillo en diagonal delante de él y le hizo un corte en los nudillos de la mano izquierda que casi llegó hasta el hueso. La sangre empezó a brotar y a gotear por los escalones. Michael se vio obligado a sacar el pañuelo para vendarse con él la mano, e inmediatamente se volvió de color escarlata.
– Escucha -le dijo a la chica temblando del susto-. No puedo dejarlo ahí. Se morirá desangrado.
– Me temo que debió pensar en eso cuando le pedí que se marchara -repuso la muchacha. Lo dijo con tanta naturalidad que parecía que ella y Víctor hubieran tenido una pequeña diferencia de opinión acerca de en qué restaurante iban a cenar aquella noche.
Michael miró por encima del hombro de la chica hacia la parte de abajo de los escalones y vio que Víctor intentaba ponerse en pie. Estaba sujetándose con una mano el estómago abierto, y con la otra se agarraba a la barandilla.
– ¡ Víctor! -gritó Michael; pero Víctor no contestó, ni siquiera se volvió hacia él. Lo más probable era que estuviera demasiado conmocionado y no le hubiera oído.
– Tiene que permitirme que lo ayude -insistió Michael.
– No se preocupe… Joseph y Bryan lo ayudarán -le indicó la chica sonriendo. Y en aquel momento, como respondiendo a un pie teatral, dos jóvenes vestidos de negro salieron por la puerta del faro; tenían la cara blanca y los ojos ocultos detrás de impenetrables gafas de sol negras. Apenas le dirigieron una mirada a Michael antes de bajar apresuradamente por las escaleras.
– ¡Por amor de Dios, trátenlo con suavidad! -les gritó Michael. Luego le dijo a la chica-: Tiene que llamar en seguida a una ambulancia. ¡Vamos, hay que llamar a una ambulancia ahora! ¿Tienen teléfono aquí?
– Deje de preocuparse -le dijo la chica sin dejar dé sonreír-. Pase al interior y vaya a ver a su esposa y a su hijo. Nosotros nos ocuparemos de su acompañante.
– ¡Necesita una ambulancia! -le dijo Michael a voz en grito-. ¡Está muriéndose, usted lo ha matado! ¡Necesita una ambulancia!
Victor, que estaba al pie de los escalones, miró hacia arriba y vio que los dos hombres de cara blanca se acercaban rápidamente hacia él. Michael no pudo adivinar qué estaría pasándole por la cabeza a su amigo. Debía de haber sufrido una impresión tan fuerte y un dolor tan grande que posiblemente no supiera dónde se encontraba ni qué le había sucedido. Puede que creyera que era pequeño y que su abuela estuviera advirtiéndole otra vez sobre los chicos blancos como azucenas, los chicos de cara pálida que llegaban cuando uno estaba durmiendo y le chupaban el alma. Sea como fuere, Victor dejó escapar tal grito de desesperación que a Michael se le pusieron de punta los pelos de la nuca. Victor soltó la barandilla, se apretó el estómago con las dos manos y empezó a alejarse cojeando por la grumosa hierba.
– ¡Victor! ¡Victor, no corras!
Pero no había nada que hacer. Intentó apartar a un lado a la muchacha de un empujón, pero ella le lanzó una cuchillada contra la chaqueta de lino que le cortó la hombrera y llegó a penetrarle en el músculo.
Victor iba saltando y cojeando hacia la orilla del mar, casi doblado sobre sí mismo. Michael oía cómo su amigo sollozaba mientras intentaba huir. Los jóvenes de cara pálida ni siquiera se molestaron en correr tras él; lo seguían a paso vivo aunque sin pausa, a unos seis metros de distancia. Aquella escena le recordó a Michael a Zybigniew Cybulski en Cenizas y diamantes, cuando se tambaleaba herido a causa de los disparos e iba sangrando por las yermas tierras de Varsovia. Él tuvo la misma sensación de heroísmo desperdiciado. Y sentía la misma sensación de irrealidad, como si ahora también estuviera mirando una película.
Victor casi había conseguido llegar hasta la playa. Pero entonces cayó de rodillas, y cuando tras muchos esfuerzos se puso de nuevo en pie, los intestinos empezaron a salírsele de pronto y le quedaron colgando entre los muslos.
Michael se dio cuenta de que Víctor iba a morir. Lo más probable era que ya estuviera clínicamente muerto. Pero de algún modo consiguió dar un paso sobre la arena y luego otro, con la cabeza echada hacia atrás y la mirada clavada en el cielo gris de la tarde. Arrastraba por la arena todo el contenido de sus intestinos, grasientos, grises, y viscosos por la sangre. Se detuvo unos instantes mientras los dos hombres de cara pálida se quedaban de pie a su lado. Luego cayó de bruces sobre la arena.
Sin la menor vacilación, los dos hombres se arrodillaron junto a él, le levantaron la chaqueta y la camisa y le dejaron la espalda al descubierto. Uno de ellos sacó dos largos y delgados tubos de metal, que hundió en la carne de Victor. Luego los dos se inclinaron sobre él y Michael pudo ver cómo sorbían cuidadosamente.
Miró de nuevo a la muchacha incrédulo. Se le había revuelto el estómago y estaba a punto de vomitar.
– Así que es cierto -le dijo-. Existen.
– ¿Los chicos blancos como azucenas? Claro que existen.
– Si llegáis a tocarle un solo pelo de la cabeza a mi esposa… si le hacéis daño a mi hijo… -Se interrumpió. Sabía cuan estúpido sonaba aquello.