– Entre -le pidió la chica-. En realidad no está usted en situación de amenazar a nadie, ¿no le parece?
Michael le dirigió una última mirada a Victor, que estaba tumbado en la playa con aquellos dos cuervos carroñeros humanos inclinados sobre él. Luego entró en el faro, y la muchacha lo siguió muy de cerca. Ella cerró la puerta con cuidado y durante unos instantes quedaron sumergidos en una oscuridad casi absoluta. Luego se abrieron unos cortinajes y Michael vio las estrechas escaleras de piedra que conducían en espiral hacia arriba. Conocía el camino. Ya había visitado el faro en un trance.
Empezó a subir por las escaleras y notó el sonido de los pasos de la chica, que le seguía unos escalones más atrás. Por fin llegó al rellano y la chica le dijo:
– Deténgase. -Y Michael se detuvo. La muchacha pasó muy cerca junto a él, tan cerca que le rozó el brazo con los pechos, y no apartó de él ni un instante sus ojos verdes. Abrió con una llave la puerta que tenían delante y le indicó a Michael-: Vamos, ya. Sígame. Ya va siendo hora de que conozca al «señor Hillary». -Michael intentó tragar saliva, pero tenía la boca demasiado seca. Se sentía mareado por la impresión del momento y por haber presenciado la terrible muerte de Victor-. Vamos -le urgió la chica-. Esto es un privilegio para usted. Éste es el momento más importante que usted haya podido tener en toda su vida.
Michael avanzó de mala gana arrastrando los pies y se encontró en el interior de una enorme biblioteca que estaba débilmente iluminada. El techo abovedado de piedra debía de llegar prácticamente hasta la parte más alta, hasta la misma plataforma de la bombilla del faro. Las paredes curvas estaban forradas de miles de libros, muchos de ellos nuevos, pero otros tan viejos que no eran más que fajos de papel polvoriento y lleno de gusanos. Se veían allí algunos sofás, mesas y sillas, todos dispuestos de un modo curiosamente arbitrario, y el suelo se hallaba cubierto de diferentes alfombras, unas sobre otras, y la mayoría de ellas raídas. El sillón más grande de todos se encontraba colocado de espaldas a la puerta, de modo que a Michael le resultaba imposible ver quién estaba sentado en él. Pero sí podía ver un único brazo que colgaba a uno de los lados, un brazo cuya manga estaba hecha de la más suave lana gris, un brazo con una mano demacrada de largos dedos.
Las puntas de los dedos se rozaban unas con otras, en persistentes círculos, del mismo modo en que los hombres suelen frotar la seda o el pelo de una mujer.
La muchacha dio la vuelta alrededor del sillón hasta quedar de cara al hombre que estaba sentado en él.
– Aquí está -anunció en voz baja. El hombre debió decir algo así como: «¿Qué es esa sangre que tienes en la mano?», porque la muchacha contestó-: Trajo un acompañante. No esperábamos que lo hiciera. Joseph y Bryan se han encargado de él.
El hombre añadió algo más, y la muchacha apartó la mirada, como si se sintiera avergonzada.
Michael esperaba sin saber qué hacer. El estómago empezaba a asentársele y él iba sintiéndose cada vez más descarado. Al fin y al cabo, si hubieran querido asesinarlo, ya lo habrían hecho. Lo necesitaban por algún motivo.
– ¡Exijo ver a mi esposa y a mi hijo! -dijo en voz alta, lo más fuerte que pudo.
La muchacha le dirigió una cortante mirada de desaprobación con aquellos ojos verdes. Pero el brazo de la manga gris hizo un gesto tranquilizador y el hombre volvió a decir algo.
Finalmente, se levantó del sillón, dio la vuelta al mismo y, por primera vez, se enfrentó en carne y hueso con Michael. Un gato gris se escabulló furtivamente alrededor de las botas negras del hombre y miró a Michael con cauteloso odio.
– Azazel -dijo Michael. Y estaba seguro de ello.
El «señor Hillary» avanzó con las manos apoyadas en las caderas y los faldones del abrigo echados hacia atrás. Era más alto en realidad de lo que parecía en el trance hipnótico duchad Pero tenia el mismo pelo blanco y sedoso, la misma cara cincelada, los mismos ojos rojos como la sangre. Y también tenía la misma presencia; si acaso, aún más poderosa. Era la presencia del poder que no tiene edad, de la extraordinaria riqueza y producia la erótica pero aterradora sensación de estar cerca del mismo corazón de la amoralidad más absoluta
Los labios se le estiraron lentamente hacia atrás sobre los dientes en una complicada mueca de burla
– Me parece que no conozco ese nombre. Para ti soy el «señor Hillary». Ahora estamos en un mundo secular y, por lo tanto tenemos que usar nombres seculares
Se acercó un poco más. Medía por lo menos un metro noventa, y Michael se vio obligado a retroceder un poco para no tener que alargar el cuello al mirarlo.
– ¿Con quién has estado hablando? -le preguntó el «señor Hillary».
– ¿Quién te ha hablado de Azazel?
– Quiero que me devuelva a mi esposa y a mi hijo-repuso
Michael-. No tenía usted derecho a llevarselos y tampoco tiene derecho a retenerlos aquí.
El «señor Hillary» hizo una mueca
– Me parece que tengo derecho a protegerme, ¿no crees?
– Amenazando a mi familia, no
– Oh, vamos Michael -le dijo el «señor Hillary»; y alargó una mano para acariciarle suavemente el pelo con los nudillos De nuevo, Michael tuvo aquella alarmante sensación homoerótica Le recorno a columna vertebral como un ciempiés y comenzó a hormiguearle en la entrepierna. Aquel hombre no era corriente, no parecía un hombre en absoluto. Era otra cosa, algo completamente diferente, como si hombre, mujer y bestia estuvieran combinados en un solo ser. El aura que mostraba era mucho más vibrante ahora de lo que había sido en el trance hipnóico de Michael. El «señor Hillary» continuó hablando:- No es que te considere una amenaza, Michael, pero tu insistencia en llevar a cabo la investigación sobre la desafortunada muerte de John OBrien esta resultando bastante inconveniente para muchos de mis amigos. La persecución a que has sometido al pòbre Raymond Moorpath ha sido la gota que colma el vaso. A mí me caía bien Raymond, casi lo amaba. Era maravillosamente corrupto para ser un hombre que había prestado juramento hipocrático. Tenia un sentido de la fragilidad humana altamente desarrollado
– Quiero ver a mi mujer y a mi hijo -repitió Michael con tozudez-. Y no creo que vayan a salirse con la suya al haber asesinado a Víctor Kurylowicz. Yo soy testigo de ello. Veré cómo todos esos chicos blancos como azucenas van a la silla eléctrica junto con su amiguita, aquí presente.
El «señor Hillary» comenzó a pasearse alrededor de Michael pensativamente, mientras el gato se frotaba en las suaves botas negras.
– A lo mejor te gustaría hablar con Hudson, el jefe de policía. Es un buen amigo mío. Yo tengo una casa en Amherst, en la urbanización Holyoke, y viene a visitarnos a menudo. O quizás prefieras hablar con la oficina del fiscal del distrito de Boston. Allí tengo toda clase de amigos. Y también tengo amigos jueces, y propietarios de periódicos, y policías.
»La ventaja de haber vivido mucho tiempo, Michael, es que uno puede mantener las influencias de una generación a otra, de abuelo a padre, de padre a hijo. Se llega a atraer una devoción por parte de amigos y colegas que es única. Y por parte de vuestras mujeres también. Mira a la pobre Jacqueline, aquí presente. Es capaz de sufrir gran dolor sólo para complacerme. Jacqueline nunca sabe si al minuto siguiente estará viva o muerta. Podría matarla ahora. ¡Abrirla en canal y hurgarle un poco las visceras! ¿Crees que yo no lo haría? ¡Y mira cómo se le iluminan los ojos! -La sangre que manaba del corte de la mano de Michael ya había empapado el pañuelo y empezaba a gotear sobre las alfombras. El «señor Hillary» se quedó muy quieto durante un rato mirándolo. Luego dijo-: Está escapándosete la vida en ese goteo, Michael. -Se quitó una bufanda blanca de seda que llevaba al cuello y se la dio a Michael para que éste se la pusiera alrededor de la mano. La bufanda estaba cargada de electricidad estática, y comenzó a crepitar mientras Michael se la ponía. El «señor Hillary» miró directamente a Michael a los ojos, y éste sintió toda clase de extrañas sensaciones dentro de la mente y del cuerpo, una momentánea pérdida de equilibrio, como un leve temblor de tierra-. Vas a ver a tu mujer y a tu hijo, y luego tú y yo hablaremos del camino que hay que seguir en el futuro.