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Megan se puso pálida.

– ¿Qué vas a hacer?

– Megs… voy a arrestar a ese hijo de puta, eso es lo que voy a hacer. No sé a qué hora volveré. Te llamaré más tarde.

– Thomas… -empezó a decir Megan. Pero, ¿cómo iba a explicarle lo del trance hipnótico autoinducido en el que habían entrado Michael y ella? ¿Cómo iba a explicarle lo que había visto y lo que había sentido, y lo que había ocurrido después entre Michael y ella? Sólo de recordarlo se acaloraba. Todavía fantaseaba con que quizás pudieran volver a hacerlo, Michael eyaculándole en la cara como lluvia templada de verano-. Ten cuidado -le dijo a Thomas cuando éste se marchaba del apartamento.

Se quedó sentada en la silla de ruedas, esperando hasta que oyó el ruido del coche que se ponía en marcha. Luego se acercó al teléfono y se puso a hojear el cuaderno que Thomas había dejado junto al mismo, hasta que encontró las anotaciones que buscaba.

Marcó el número y esperó nerviosa mientras oía la señal. ¿Y si no estaba en casa? ¿Qué iba a hacer ella entonces?

Pero entonces una cautelosa voz respondió.

– ¿Diga? ¿Quién es?

– ¿El señor Monyatta? -preguntó Megan-. Soy Megan Boyle… la esposa del teniente Thomas Boyle. Señor Monyatta, necesito desesperadamente que me ayude.

Michael estaba soñando. Soñaba que se abría paso a empujones entre una muchedumbre de personas. No se movían como la gente corriente; se movían como si alguien los empujase y tirase de ellos de un lado a otro. Se movían como si apenas fueran capaces de tenerse en pie.

Entre la muchedumbre, abriéndose paso poco a poco hacia él, venía un hombre sonriente vestido con un traje. Cuando vio a Michael le tendió la mano y le dijo:

– Encantado de conocerlo… Me alegro de que lo haya conseguido.

Michael intentaba alejarse de él presa del pánico. Pero la inerte muchedumbre continuaba obligándole a avanzar hacia el hombre. Se veía empujado hacia adelante en contra de su voluntad, con los pies apenas rozando el suelo.

– ¡No se acerque a mí! -gritó-. ¡No se acerque a mí, señor presidente!

Se despertó sudando y temblando. Era por la mañana, y la habitación estaba inundada de luz de sol tan brillante que casi era como soñar con el cielo.

Estaba tumbado en un estrecho sofá cama, dentro de una angosta habitación blanqueada. No había más muebles en la habitación, excepto una mesa pequeña con dos candelabros encima y un descolorido grabado colgado de la pared en el que se veía a san Cristóbal, el que llevó a cuestas a Cristo. Cristo iba colgado a hombros de san Cristóbal de un modo más extraño, casi como si fuera volando en lugar de ir sentado, y tenía el rostro oscurecido por una mancha de tinta.

Michael se sentó rígidamente. A través de la ventana entreabierta entraba una constante brisa marina, y podía oír el sonido de las olas y los gritos de las gaviotas. Sólo llevaba puestos los calzoncillos, y no había ni rastro de su ropa. Ni siquiera podía recordar lo que había sucedido la noche anterior. A Jason se lo habían llevado a dormir a otra habitación mientras Patsy y él permanecían sentados en el sofá de la sala de recreo, vigilados por Joseph y Bryan.

Éstos habían estado jugando a las cartas en la mesa de ping pong y no habían dicho ni una palabra. Al avanzar la noche, Patsy se había quedado dormida apoyada en el hombro de Michael, y el monótono sonido de los naipes había hecho que él también se adormilara. Pero había tomado la determinación de mantenerse despierto, aunque sólo fuera para comprobar con sus propios ojos que los muchachos blancos como azucenas nunca dormían.

Por lo que Michael podía recordar, Joseph y Bryan habían continuado jugando en silencio y sin descanso hasta las cuatro de la mañana. Y no era sólo que no hubieran dormido; ni siquiera habían parpadeado.

Michael recordaba haber pensado: «Por Dios, espero que no le hagan daño a Patsy ni a Jason. Por favor. Señor, no permitas que eso suceda.» Pero eso era todo. Los muchachos blancos como azucenas debían de haberlo llevado a aquella habitación y debían de haberlo desnudado, y él ni siquiera se había dado cuenta.

Se puso en pie y, al hacerlo, la estrecha puerta de madera se abrió. Era Joseph, que llevaba puesta una camisa suelta de seda negra. Sonrió, le hizo una indicación con la cabeza y le dijo:

– El «señor Hillary» está dispuesto para desayunar.

– Dile al «señor Hillary» que se joda. ¿Dónde está mi ropa?

– No necesitará la ropa, señor Rearden.

– O me da la ropa o me quedo donde estoy.

La sonrisa de Joseph empezó a desvanecerse como el aliento en una ventana en el frío invierno.

– Señor Rearden, su encantadora esposa ya se encuentra abajo. Creo que sería una buena idea que bajara a reunirse con ella.

– Si se atreven a tocarla…

– Amar y tocar, señor Rearden. Amar y tocar. Todo forma parte de la misma maravillosa experiencia.

De mala gana, Michael lo siguió por la puerta y luego a lo largo de un estrecho rellano encalado con el suelo de tablones de roble. De vez en cuando, Joseph se volvía hacia atrás, le echaba una ojeada y le sonreía.

Pasaron por delante de tres ventanas, y Michael miró hacia fuera, a la bahía de Nahant y la playa en la que soplaba la brisa. Pudo ver su coche, todavía aparcado donde lo había dejado, de cara al norte, por si tenía que salir huyendo. Pero ya no quedaba ninguna esperanza de eso.

Joseph lo condujo escaleras abajo y volvieron a la biblioteca. Allí, en un sillón de alto respaldo, estaba sentado el «señor Hillary», con las piernas perezosamente cruzadas; llevaba el pelo cepillado hacia atrás y atado con una correa de cuero en una cola de caballo. Tenía los ojos de color rojo sangre muy abiertos y la mirada fija, como si estuviera abriéndosele el apetito; los labios tensados hacia atrás dejaban al descubierto los dientes.

Detrás de él, como si estuvieran posando para un retrato de familia, se hallaban de pie ocho o nueve muchachos blancos como azucenas, algunos de ellos vestidos con ropa de cuero negro, otros con trajes negros de Armani, otros con chalecos de brocado negro y camisas negras. De negro: con las caras blancas y los ojos llenos de sangre.

Sentada en equilibrio sobre el brazo del sillón que ocupaba el «señor Hillary» se encontraba la muchacha llamada Jacqueline, que se había recogido el pelo cobrizo en trenzas muy delgadas. Llevaba puesto un vestido blanco de gasa. Sobre ambos pechos se veían en el vestido pequeñas manchas de sangre seca.

Jacqueline le sonrió soñadoramente a Michael cuando éste entró en la biblioteca, y le señaló con la cabeza hacia el lado izquierdo de la habitación. Allí habían colocado una cama con la cabecera junto a las estanterías. Otros tres muchachos blancos como azucenas estaban de pie al lado; dos de ellos llevaban las gafas oscuras todavía puestas. El otro se llevaba continuamente el puño a la boca, tosía, y sorbía por la nariz.

Habían cubierto la cama con una colcha mohosa de brocado amarillo y rojo; y encima de la colcha yacía Patsy completamente desnuda; le habían atado las muñecas y los tobillos con cordones de cortina de seda negra.

– ¡Patsy! -gritó Michael con voz estremecida-. Patsy… ¿estás bien?

– Michael… ¡no me han hecho daño!

Michael avanzó con paso enérgico hacia el «señor Hillary» y le dijo:

– Suéltela. No estoy dispuesto a llegar a ningún acuerdo con usted si no la suelta.

– Michael -le comentó el «señor Hillary»-, tú eres uno de nosotros.

Llevaba en la mano una larga y delgada fusta de montar con mango de plata, el cual había perdido el brillo. Al hablar, golpeó con ella el muslo de Jacqueline, para poner énfasis. A cada golpe, Jacqueline hacía un gesto de dolor, pero no retiraba la pierna.

– Suéltela -repitió Michael.

El «señor Hillary» negó lentamente con la cabeza.

– Tú has leído esas historias vuestras de vampiros, ¿verdad, Michael? ¿Drácula, las brujas de Salem y todo lo demás? ¿Cómo extiende el vampiro su contaminación por toda la comunidad? Lo hace chupando sangre y contagiando a las víctimas su propia enfermedad, que también, se convierten en No Muertos. -Sonrió y golpeó aún más bruscamente con la fusta el muslo de Jacqueline-. Desde luego, no existen esos seres, los vampiros. El Señor, tu Dios, prohibió beber sangre, y ni el más rebelde de sus mensajeros se habría atrevido a desobedecer tal mandato. Lee vuestro Levítico.