Thomas se quedó mirando el saqueado cadáver de Sissy O'Brien. Estaba perplejo y sentía náuseas, pero sobre todo le embargaba la tristeza. Megan, su esposa, había sido trágicamente herida por el destino, pero por lo menos estaba viva. La vida de aquella pobre chica había terminado para siempre en medio del miedo y del sufrimiento, y todo para satisfacer algún tipo de avaricia que no alcanzaba a comprender.
Se encontraban alrededor de la muchacha, de pie bajo la brillante e inflexible luz de la sala de autopsias, y cada uno de ellos, a su manera, se preguntaba por el dolor. Y no sólo eso, sino que también se hacían preguntas acerca de Dios y de si realmente existiría.
Al cabo de dos o tres minutos, Thomas dijo de pronto:
– El rabo.
Michael le echó una mirada rápida. Aquélla era una cuestión en la que no tenía ganas de entrar.
Victor levantó la sábana de quirófano que cubría la mitad inferior del cuerpo de Sissy. Michael no quería mirar, pero no pudo evitar hacerlo, y con una terrible sensación de náusea y lascivia captó la visión de una pelambre poblada y sucia entre los muslos de Sissy.
– Todavía no he cortado en los intestinos inferiores -explicó Victor.
– Pero tiene una idea bastante clara de lo que le han hecho, ¿no es así?
Victor asintió.
– Sí.
– ¿Va a hacerlo ahora? Realmente necesitamos saberlo.
– No tienen que quedarse aquí.
Thomas le dirigió una mirada a Michael por encima del pañuelo y pensó: «Dios mío, este hombre está al límite de lo que puede soportar.» Conocía a Michael desde hacía tiempo. Sabía que era bueno y que tenía algo especial, sobre todo cuando se trataba de investigaciones enmarañadas y engañosas. Pero Joe Garboden le había advertido que ya no era el mismo, no desde lo sucedido en Rocky Woods. Y ahora podía ver por sí mismo que Michael estaba derrumbándose bajo el peso de sus propios traumas. Tenía la cara gris, los ojos se le habían dilatado y exhibía todos los síntomas de estar a punto de derrumbarse.
– Victor… -dijo Thomas-. Quizás sea mejor que nosotros nos saltemos esta parte. Ya me enviará algunas fotografías más tarde.
Pero Michael quería ver. Michael necesitaba ver. Estaba seguro de que existía alguna relación entre lo que le había pasado a Sissy O'Brien y lo sucedido en Rocky Woods. Estaba seguro de que si podía resolver un caso, podía exorcizar el otro. Toda su cordura y su alma dependían de ello.
– Está bien -le dijo a Victor-. Adelante.
Victor miró a Thomas, pero lo único que Thomas pudo hacer fue decir:
– Claro… si eso es lo que él quiere.
Victor les hizo señas a dos jóvenes médicos forenses y habló con ellos rápidamente y en voz baja. Uno de ellos, una chica negra, no hacía más que decir que no con la cabeza, pero Victor le puso una mano en el hombro y dijo:
– Esto es lo peor que podréis ver en esta profesión. Si sois capaces de enfrentaros a esto, podréis enfrentaros a cualquier cosa. Pensadlo bien.
Michael notaba que la transpiración le empapaba la espalda. Comenzó a sorber por la nariz como si tuviese un principio de resfriado, pero sólo era debido a los nervios. Estaba abrumado a causa del terror que sentía. Tenía la sensación de que el edificio entero empezaba a oprimirlo mientras la oscuridad se disponía a engullirlo. Observó cómo Víctor se inclinaba sobre los restos de Sissy O'Brien, con el bisturí reluciendo en la mano, pero no fue capaz de mirar hacia otra parte. Era terrible mirar; pero hubiera sido aún más terrible no mirar.
Solamente Victor hablaba al empezar a abrir el enroscado intestino grueso de color rosa; fue abriendo cada vez más hacia abajo, apartando la grasa, apartando la piel. Iba grabando en una cinta magnetofónica sus impresiones para poder entregarle a Thomas un informe preliminar fiel. Más tarde, cuando estuviera a solas, se pasaría horas diseccionando, analizando y preparando un catálogo completo de todo lo que le había ocurrido a Sissy O'Brien, y en qué orden, y qué hecho o hechos concretos le habían provocado finalmente la muerte.
– Podemos ver que el recto y la sección inferior del intestino grueso han sido groseramente distendidos por la forzada intrusión de un objeto extraño: un objeto de aproximadamente sesenta centímetros de largo y diez de diámetro.
Michael sabía lo que era, y a juzgar por las ensangrentadas y laceradas protuberancias que se veían en los intestinos de Sissy O'Brien, era lo que él pensaba. Pero todavía rezaba porque nada de aquello hubiera sucedido de verdad; y porque nadie hubiera sido capaz de perpetrar aquel acto. No se daba cuenta de que tenía la cara tan pálida como el marfil, como un santo mártir en alguna capilla medieval, y de que las lágrimas le rodaban por las mejillas.
«Esto no debería haber sucedido. Esto no puede ser. Oh, Dios mío, por favor, dime que no es cierto.»
– Vemos la presencia de varias perforaciones y laceraciones anómalas en los intestinos inferiores, cualquiera de las cuales habría podido por sí sola causar una peritonitis mortal -seguía diciendo Victor.
Michael podía oír la voz del médico, pero sólo muy a lo lejos, como si Victor estuviera en otra habitación y hablase por un megáfono de hojalata. Se sentía frío y distante, y notaba cómo se le iba la sangre de la cabeza. Se daba cuenta de que posiblemente fuera a desmayarse.
Victor tendió la mano y la chica negra le puso con fuerza un escalpelo en la mano. El forense se inclinó sobre el cuerpo de Sissy y, con mucho cuidado, comenzó a hendir la oscura y abultada sección del recto.
El tejido blancuzco se separó y Michael oyó decir a Thomas:
– Jesús.
Y eso fue todo. No se desmayó ni se cayó. Pero tampoco pudo moverse. Lo único que pudo hacer fue mirar fijamente los fieros ojos muertos del gato que había aparecido entre los pliegues de carne separados por el bisturí.
Se encontró a sí mismo sentado en una silla dura. No estaba muy seguro de cómo había llegado hasta allí. Alguien le sostenía la mano, una mujer. Michael tenía la mirada fija en un vaso de papel vacío. Oyó la voz de Victor, luego la de Thomas, y a continuación el chirriar de unas ruedas.
De pronto fue consciente del acre y denso olor a muerte que flotaba en el aire.
– No sé con qué va a tener que vérselas en este asunto, teniente -estaba diciendo Victor.
– Un demente -no hacía más que repetir Thomas-. Quienquiera que hiciese esto es un jodido demente.
– Envuelto y apretado con alambre… como un bebé… ya sabe, como un maldito redondo de carne de buey… y luego metido a la fuerza… Jesús…
Todavía estaba de pie junto a la ventana en el despacho de Victor cuando éste regresó. Eran casi las nueve. El cielo sobre la parte sur de Boston estaba cubierto de un humo denso que se había vuelto espectacularmente púrpura a causa del sol poniente; los incendios ardían a lo largo de todo el horizonte como las hogueras de un ejército en un asedio, un asedio de bárbaros, de hunos, de godos o de visigodos.
No se dio la vuelta cuando Victor entró en el despacho, pero lo oyó dejarse caer en el sillón basculante de capitán, dar la vuelta sin levantarse del sillón y abrir uno de los cajones del escritorio. Oyó el tintineo de vasos pequeños y el gluglú de una botella de whisky.
– ¿Y usted? -dijo Victor-. ¿Quiere?
Michael negó con la cabeza.
– ¿Quiere hablar con alguien? -le preguntó Victor.
– Yo… eh… hablaré con mi siquiatra esta misma noche, más tarde.
– Si quiere, puede llamarlo desde aquí.
– Ya lo he hecho. Ahora no está, ha salido a hacer una visita domiciliaria. A hipnotizar a una mujer de West Yarmouth que quiere adelgazar.
Víctor se acercó a la ventana y se quedó de pie a su lado apoyado en el marco, haciendo girar repetidamente el bourborí en el vaso.
– Parece que ustedes los bostonianos están destruyendo su propia ciudad la mar de bien, ¿no? -comentó.
– A mí no me pregunte -dijo Michael-. Después de lo que he visto hoy, creo que la gente es capaz de hacer absolutamente cualquier cosa. Quiero decir, ¿cómo puede alguien…?