Victor esperó a que terminara la frase, pero Michael no lo hizo, así que la terminó por él.
– ¿Cómo es posible que alguien sea capaz de torturar hasta la muerte a una muchacha joven e inocente, y luego matarla de una manera que ni usted ni yo podríamos soñar siquiera en la peor de nuestras pesadillas?
Michael lo miró con ojos inexpresivos. Victor se quitó las gafas y le sonrió.
– Hay algo que aprendí en Newark -dijo-. Si a alguien le importa una mierda la vida humana, es que le importa una mierda la vida humana. No les importa cómo maten a la gente, con disparos, a puñaladas, estrangulándolos, ¿qué más da, con tal de que acaben muertos? Sólo a las personas como usted y como yo nos importa la forma en que muere alguien. A los asesinos no les importa en absoluto. Si están quitándole la mismísima existencia a alguien, ¿qué más da que sufran?
Tras un silencio, Michael dijo:
– ¿No cree usted que a los que mataron a Sissy O'Brien o a Elaine Parker les importase cuánto sufrieran?
Victor dio un trago de whisky.
– Empiezo a pensar que sí… pero no en el sentido a que usted se refiere.
– No comprendo.
– Bien, déjeme expresarlo de este modo: estoy empezando a pensar que esas marcas de pinchazos de aguja son fundamentales en este asunto. No tenemos ninguna prueba física realmente consistente de que se las hicieran a Elaine Parker para llegar a las glándulas suprarrenales. Todos sus órganos internos estaban ya demasiado descompuestos. Pero las marcas externas de Elaine Parker son idénticas a las marcas de Sissy O'Brien. Incluso podrían haber sido infligidas con las mismas agujas. De modo que, de momento, creo que podemos suponer con bastante certeza que hemos establecido unas conexiones, hasta cierto punto fuertes, entre la muerte de Elaine y la muerte de Sissy. Ambas fueron torturadas sádicamente. Ambas pasaron un infierno, créame… y Elaine pasó por un infierno durante casi un año antes de que finalmente la mataran. Si es usted capaz de soportar el informe de la autopsia, le enviaré una copia. En todo esto hay mezclado mucho alambre cortante y muchos cigarrillos encendidos, y cucarachas, y también una rata viva.
¡Oh, Dios! -exclamó Michael. Realmente no deseaba escuchar nada más.
Pero Victor insistió.
– La cuestión es… ¿por qué las torturaron? No lo hicieron por dinero, porque no sabemos que nadie exigiera un rescate por ninguna de las dos, ¿no es así? Tampoco las torturaron a fin de obtener información. Estoy seguro de que ni Elaine ni Sissy conocían secretos que hicieran temblar la tierra, ¿no le parece? Y tampoco creo que Sissy pudiera influir en las opiniones legales de su padre. Tampoco las utilizaron para extorsionar a alguien, no las utilizaron para retorcerle a nadie el brazo y obligarle a hacer algo que no quisiera hacer.
– Entonces, ¿por qué? -preguntó Michael.
– Yo antes solía decir que sólo había tres grandes fuerzas en la vida humana que son la causa de todo: el dinero, el poder y el sexo. Pero si no se trata de dinero, ni se trata de poder, ni se trata de sexo… ¿de qué se trata?
Michael lo miraba fijamente, demasiado aturdido para poder decir nada sensato.
– Se trata de la vida en sí -dijo Victor al tiempo que le daba una palmada en el brazo-. No sólo el dinero, no sólo el poder, no sólo el sexo, sino la vida en sí misma.
– No le entiendo.
– Yo tampoco me entiendo. No sé qué demonios está pasando aquí, pero en el momento en que alguien empieza a manipular cuerpos humanos, puede usted apostar el culo a que alguien, en alguna parte, está buscando vida. Mire el Tercer Mundo -India, África-, la gente es capaz de vender cualquier parte del cuerpo, y eso es porque hay alguien en Occidente que las compra. Existe un mercado de ríñones, un mercado de hígados, incluso hay un mercado de testículos. Venga a ver al doctor Tijeretazo y llévese unas pelotas nuevas. ¡Por el amor de Dios! Y cuando la gente de Occidente no consigue comprar los órganos que quiere, dan el siguiente paso, que consiste en organizar lo que nosotros, doctores en pompas fúnebres, llamamos «donación a la fuerza». Encuentran a alguien compatible, lo matan y cogen lo que quieren.
– ¿Habla en serio? -preguntó Michael.
Víctor asintió enfáticamente con la cabeza.
– Nadie en su sano juicio debería apuntarse nunca para hacer donación de órganos o de médula. Siempre existe el riesgo de que un día alguien más rico que tú quiera tu hígado, puede que tus pulmones, o incluso el corazón… Y, tío, si da la casualidad de que eres compatible…
– Pero ahora estamos hablando de adrenalina -dijo Michael.
– Eso es -convino Víctor-. Adrenalina humana. Y puede que también cortisona. No sé por qué alguien habría de necesitarlas de una forma tan desesperada… pero tengo intención de averiguarlo.
– ¿Le ha hablado de esto a Thomas? -le preguntó Michael. Víctor asintió-. ¿Y qué ha dicho?
– No mucho. Thomas es lo que podríamos llamar un hombre pragmático. Aparte de eso, Thomas tiene el estómago sensible y no le gusta hablar de realidades fisiológicas. A Thomas no le importa oír lo mal que están las cosas mientras no se le diga que son mucho peores de ver.
Michael no pudo evitar recordar aquellos horrorosos ojos de gato mirándole fijamente desde las entrañas de Sissy O'Brien. Era como algo de Edgar Allan Poe o de George Fielding Eliot: El gato negro y El cuenco de cobre.
Pero ahora empezaba a mirar a Víctor bajo una perspectiva diferente, y estaba sorprendido y turbado; y, lo que era extraño, se sentía también complacido. Aquel forense delgado y poco afable de Newark, Nueva Jersey, había mostrado de pronto una buena disposición para pensar de un modo tangencial, para utilizar la imaginación. Víctor lo miró oscura y atentamente, sin la menor insinuación de sonrisa en el rostro, pero existía una fuerte corriente de simpatía profesional entre ellos, y también cierta clase de comprensión personal.
– No lo sé -dijo Víctor-. No estoy seguro. Pero alguna clase de pauta saldrá de todo esto, un motivo de alguna clase, algún móvil. En realidad, lo que estoy haciendo es pensar en voz alta. Me he tenido que enfrentar a la muerte durante la mayor parte de mi vida profesional. Mi tío era director de pompas fúnebres, y cuando yo tenía nueve años le ayudé a preparar a mi propio padre. ¿Qué le parece eso como educación? Conozco a la muerte, Michael. Para mí, la muerte es como una casa vacía una vez que se han sacado los muebles y han salido todas las personas. Puedo pasearme por ella; me hace sentir pesar, pero no me asusta. Pero mucha gente no quiere morir nunca, y lo que son capaces de hacer para permanecer vivos… bueno, apunte eso en su cerebro, en la casilla que dice «posibles móviles», ¿vale?
Michael consultó el reloj.
– ¿Tiene algo que hacer esta noche? -le preguntó a Victor-. No me importaría seguir hablando de estas cosas un poco más.
– Tengo que escribir algunas anotaciones.
– ¿Y después?
– Después nada, supongo. Una cena delante del televisor y a dormir un poco.
– En ese caso -le dijo Michael-, le invito a cenar. Yo vivo justo encima de la Cantina Napoletana de la calle Hanover. Sirven un saltimbocca de ternera que le hará llorar.
Victor lo pensó un poco y luego asintió.
– Vale, acepto. Me vendría bien un buen llanto.
Las persianas estaban bajadas en el cuarto de estar de Matthew Monyatta, en la urbanización Mission Hill, de modo que sólo un pequeño triángulo de luz caía sobre la pared izquierda. La habitación estaba vacía, desnuda, excepto por unos grandes almohadones negros y una mesa japonesa baja del mismo color. En el centro de la mesa, tres palitos de incienso de sándalo se consumían en un recipiente de cobre. El propio Matthew Monyatta estaba reclinado en el suelo, junto a la mesa, repartiendo los huesos. Tenía la cara seria y sudorosa. En el compact-disc sonaba Jah África, un hipnótico ritmo afrocaribeño, a un volumen muy bajo.