Patrice lo agarró inmediatamente de la manga.
– ¿Qué pasa? -quiso saber-. ¿La sueltan o qué?
Matthew lo miró fijamente; tenía el labio superior perlado de sudor.
– No puedo hacer nada por ti, tío. Vosotros mismos habéis hecho que esto caiga sobre vosotros. Vosotros los habéis dejado entrar, tío. No podéis culpar a nadie más que a vosotros mismos.
Recorrió el rellano dando tumbos y empezó a bajar las escaleras pesadamente. Patrice titubeó, sorprendido, pero luego echó a correr tras él.
– ¿Y Verna? -le gritó por encima de la barandilla.
– Ojalá que Dios la conserve a salvo, es lo único que puedo decirte.
– Pero… ¿qué tengo que hacer yo?
Matthew se detuvo a mitad de las escaleras.
– Van a hacerle daño, Patrice. Van a hacerle daño de una forma que tú no puedes ni imaginar.
– ¡Eso es! ¡Eso es! -chilló Patrice. Sacó la automática del 45 y la amartilló-. ¡Voy a volarles los puñeteros sesos! ¡Bertrand! ¡Voy a volarles los puñeteros sesos!
– La matarán antes de que llegues a pasar por la puerta -le advirtió Matthew-. Créeme, Patrice, no sabes con quién estás viéndotelas.
– Pero, ¿qué demonios quieren? -le preguntó Patrice a gritos desde arriba.
– Ya te lo han dicho. Quieren su dinero.
– ¡Yo no tengo su dinero, por el amor de Dios!
– Entonces más vale que averigües quién lo tiene; o si no, será mejor que reúnas cuatrocientos cincuenta de los grandes, y ahora mismo.
– ¡Qué dices! ¿De dónde quieres que yo saque semejante montón de dinero?
– Eso es lo que quieren, Patrice.
– ¿Qué vas a hacer tú? -exigió Patrice-. ¿Vas a dejarme plantado aquí o qué? ¿Me dejas aquí para que me las arregle yo solo con esas cucarachas?
– Patrice… deseo que Verna se encuentre a salvo y en libertad tanto como tú, pero no hay nada más que yo pueda hacer, aquí no, no a menos que encuentres el dinero.
– ¿Y el jefe de policía? ¿No podrías hablar con ese hombre? Escucha, pararemos los disturbios, lo pararemos todo.
– Dicen que si traes a la policía la matarán inmediatamente.
– ¿Y qué vas a hacer tú? ¿Te vas y ya está?
– Sólo hay una cosa que yo pueda hacer, y es averiguar contra quién y contra qué tenemos que vérnoslas. Entonces volveré.
Dicho esto, continuó bajando las escaleras.
– ¡Matthew! -aulló Patrice-. ¡Matthew, no puedes abandonarme! ¡Te necesito, tío!
Matthew se agarró con fuerza al pasamanos de la barandilla y le dijo con voz de trueno:
– ¡Están aquí! ¡Los hombres blancos blancos están aquí por tu culpa! ¡Les proporcionaste todo lo que querían! ¿Y ahora me pides que te salve?
Tras decir esto, Matthew bajó apresuradamente las escaleras y salió por la puerta hacia la calle antes de que Patrice pudiera contestarle.
Patrice se volvió hacia Bertrand y le preguntó: -Los hombres blancos blancos? ¿Qué demonios son los hombres blancos blancos?
Bertrand se encogió de hombros.
– Nunca había oído hablar de ningún hombre blanco blanco. Patrice volvió a la puerta de su apartamento y la golpeó furiosamente con los puños.
– iHijos de puta! ¡Como le pongáis un dedo encima a mi mujer, voy a poneros marcando, hijos de puta!
No hubo respuesta. Patrice se volvió a Bertrand y le dijo;
– Quién se llevó ese dinero, tío? ¿Dónde demonios está dinero?
Bertrand se rascó la cabeza y se encogió de hombros.
– Creo que será mejor que empecemos a preguntar por ahí.
Patrice dio un puñetazo contra el pasamanos de la barandilla.
– Quienquiera que sea el que se llevó el dinero, lo mataré ¡Lo mataré!
Y entonces Verna empezó a gritar.
– Patrice! ¡Patrice! ¡Patrice!
Justo antes del amanecer, Michael vio al gato que salía arrastrándose de las entrañas de Sissy O’Brien, con los ojos amarillos, escuálido, cubierto de mucosidad humana y gruñendo, y se despertó gritando.
Victor, que estaba adormilado en el sofá del cuarto de esta corrió hasta el dormitorio y se encontró a Michael empotrado entre la cama y la pared, sin dejar de dar salvajes puñetazos papel de la pared.
– Michael! -lo llamó a gritos-. ¡Michael! ¡Por el amor d Dios, Michael! -Lo cogió por los hombros e intentó levantarlo pero no lo consiguió; Michael se debatía con demasiada fiereza-. ¡Michael! -repitió--. ¡Michael, escúchame!
Por fin, Michael dejó de aporrear la pared y se dio la vuelta se quedó mirándolo fijamente. Tenía las pupilas como puntas de alfileres y la cara espantosamente blanca.
– Michael, soy Victor. ¿Te encuentras bien? Lenta y dolorosamente, Michael se incorporó.
– Estoy bien -dijo al cabo de un rato-. Acabo de tener una experiencia, eso es todo.
– ¿Una experiencia? ¿Qué clase de experiencia?
Michael trató de sonreírle irónicamente.
– Si la tuvieras tú, la llamarías una pesadilla. -Se palmeó frente-. A causa de mi condición sicológica concreta… yo lo experimento virtualmente. Se llama reconstrucción postraumática de los hechos, o algo así.
– Quieres café? Michael asintió.
– Lo siento. Me parece que no debía de haber ido ayer al depósito. Me ha disparado algo por dentro.
– No hay problema, olvídalo. ¿Por qué no intentas hablar con tu siquiatra?
– Puede que sea una buena idea, pero tendré que ir a verlo en persona. M somete a hipnoterapia, y ésta no funciona por teléfono.
Victor consultó el reloj.
– Escucha… ¿por qué no te llevo yo hasta allí? Me vendría bien tomarme algún tiempo libre. ¿Dónde dices que es? ¿En Hyannis?
El inspector Ralph Brossard estaba dando cabezadas delante de Genghis Khan cuando sonó el teléfono. Al principio creyó que estaba soñando, y esperó a que alguien contestase, pero el teléfono seguía sonando sin parar. Por fin, Ralph abrió los ojos y se dio cuenta de dónde estaba y qué pasaba.
Apartó a un lado las cajas medio vacías de chow mein y buey con chiles que abarrotaban la pequeña mesa al lado del armario, y cogió el teléfono.
– No estoy -dijo con voz espesa.
– Ralph? Ralph, soy Newt.
– Ya te lo he dicho, Newt. No estoy.
– Ralph, ha sucedido algo raro.
Ralph pasó la mirada por su apartamento encajonado, empapelado de marrón, en busca de algún cigarrillo, pero no encontró ninguno. Por la ventana sin cortinas veía el interminable flujo del tráfico de primeras horas de la mañana en la autopista John Fitzgerald, y el amanecer que iba haciéndose cada vez más gris sobre el puerto de Boston. También vio reflejada su propia imagen fantasmal, más parecida aún a Ernest Hemingway, ya que los dos días de suspensión de empleo le habían permitido dejarse crecer un poco la barba.
– Yo… esto… he tenido un contacto con Patrice Latomba
– dijo Newt.
– Latomba? ¿Estás tomándome el pelo? Espera un minuto, Newt, tengo que ir a buscar cigarrillos.
A pesar de las protestas de Newt, Ralph dejó caer el auricular y recorrió, chocándose con todo, el cuarto de estar, levantando libros y revistas y dejándolos caer de nuevo. Por fin encontró un paquete medio aplastado de Winston en la estrecha cocina barnizada de verde, y se inclinó sobre el quemador de gas con los ojos entrecerrados para encender un cigarrillo.
Volvió a coger el teléfono al tiempo que dejaba escapar el humo por la boca.
– Vale, Newt, ya estoy contigo. ¿De qué se trata?
– Patrice Latomba dice que a Verna, su mujer, la han cogido dos tipos blancos y la tienen como rehén en su propio apartamento.