– Mierda! ¿Están locos?
– No lo parece. Llevan allí desde ayer por la mañana.
– Sabe Patrice quiénes son?
– No tiene ni idea, pero cree que tú a lo mejor sí lo sabes.
– Cómo voy a saber yo quiénes son? Me paso la vida en una cajita con el letrero «Narcóticos»; no tengo nada que ver con los Musulmanes Negros ni con la sublevación africana, ni con nada en lo que esté metido Latomba.
– Esos dos tipos blancos dicen que quieren que les devuelvan su dinero,
– Dinero? ¿Qué dinero?
– Escucha, Ralph… el dinero que se perdió cuando le tendimos la emboscada a Jambo. Por lo visto, alguien cogió la bolsa durante la emboscada, y ahora esa gente quieren que se la devuelvan.
– De modo que eso es lo que sucedió -dijo Ralph mientras dejaba escapar el humo por entre los dientes-. Bueno. Entonces, ¿por qué no se lo devuelve? A nadie le importa ya un carajo, una vez que perdimos de vista el dinero ya no nos sirve como prueba, quiero decir que el departamento se ha quedado sin cuatrocientos cincuenta de los grandes, pero c’est la vie.
– Ni hablar, Ralph. Por lo visto, el hermano que lo cogió decidió que era demasiado dinero para compartirlo con los demás hermanos, y ahora está en alguna parte y no consiguen encontrarlo. A lo mejor está en las Bermudas, o en Las Vegas. ¿Quién sabe?
– Pues dile a Latomba que llame a la policía.
– Vamos, Ralph, el apartamento de Latomba está justo en medio de la zona de batalla. La gente de Latomba le dispara a la policía en nombre del bebé muerto de Latomba, y los policías les devuelven los disparos. Oficialmente no podríamos montar una operación para rescatar a un rehén de la calle Seaver sin que exista un riesgo más elevado de lo aceptable tanto para policías como para civiles. Extraoficialmente les importaría una mierda lo que le pase a la señora Latomba y cualquiera que se llame Latomba.
– Entonces, ¿qué se supone que he de hacer yo?
– Se supone que vas a prestarle a Patrice Latomba tu experta ayuda para liberar a su mujer de los que la han cogido como rehén, vivita y coleando. No sé cómo de vivita. Patrice dice que han oído gritos.
– Patrice quiere que yo le ayude? ¿A quién intenta tomarle el pelo? Yo maté a su bebé.
– Precisamente. Y por eso piensa que se lo debes.
Ralph observó los bordes de Genghis Khan, que galopaba salvajemente por el decorado de la Universal, con la espalda lanzando destellos.
– Ni hablar, Newt -dijo-. Si quieres saber mi opinión, toda esta historia no es más que un puñetero truco, estúpido y burdo, para hacerme ir a la calle Seaver y permitirle a Latomba que me deje frito. Dile que me envíe una bomba por correo y me ahorrará tener que conducir hasta allí.
– Dice que si puedes salvar a su mujer hará que paren los disturbios y no presentará quejas contra ti por lo que le pasó al pequeño Toussaint.
– Y si no puedo salvar a su mujer? ¿Y si los que la retienen la hacen volar por los aires? ¿Qué va a hacer él entonces? ¿Darme la mano e invitarme a cenar cocina negra del sur?
Se hizo un silencio hueco y prolongado entre ellos. Finalmente Newt habló:
– En realidad, yo creo lo que dice, Ralph.
– Tú le crees? ¡Bueno! Pero tú no eres el que tiene que meterse en la boca del lobo, o lo que sea.
– Ralph… esos tipos han amenazado con torturar y matar a la mujer de Latomba si no les devuelven el dinero.
Ralph se dh un fuerte golpe con la palma de la mano en la frente.
– Y qué esperas que haga yo? No puedo hacer más de lo que pueda hacer él, no sin una brigada especial. Dile que eche la puerta abajo a patadas y que entre a tiro limpio. A lo mejor salva a su mujer, a lo mejor no.
– Tú puedes negociar con ellos, eso es lo que ha dicho Latomba. Puedes ofrecerles algún tipo de trato.
– Qué trato? Estoy suspendido, por si se te había olvidado. No puedo ofrecerles ni un emparedado.
– Vale, Ralph… no hace falta que te pongas así. Sólo estaba pasándote el recado.
– Sí… gracias, Newt. Perdona. Me parece que me compadezco a mí mismo, más que otra cosa.
– Mañana es mi día libre -dijo Newt-. ¿Por qué no nos vamos tú y yo al Sunset y vemos cuántas cervezas diferentes somos capaces de aguantar?
Ralph dirigió una mirada a la fotografia de Hemingway, que estaba colocada encima de la chimenea.
NUEVE
Iban conduciendo en dirección sur por la autopista Pilgrims; era una mañana brumosa iluminada por el sol, y en la radio sonaba rock’n’roll de los años setenta: Staying alive, The Air That I Breath y Reason to Be Cheerful
– Debería tomarme unas vacaciones -dijo Victor-. Hace años que no lo hago. Cada día un cadáver nuevo. ¿Sabes lo que quiero decir?
– Debe de ser muy deprimente -le comentó Michael.
– Oh, no, ni hablar, no es deprimente. Solamente resulta aburrido. ¿Sabes qué quiero decir? Cuando has visto un páncreas, los has visto todos.
Salieron de la carretera y tomaron el desvío hacia New Seabury justo antes de las once. Michael giró el volante para meter el coche en el jardín de su casa y comenzó a tocar la bocina de forma escandalosa. Patsy abrió inmediatamente la puerta de la cocina y bajó corriendo por las escaleras de madera; iba vestida con unos tejanos muy ajustados y una camisa de cuadros rosas, y llevaba el pelo sujeto hacia atrás con horquillas. Michael la estrechó con fuerza entre sus brazos y la notó tan cálida y sexy como siempre; olía a Lauren, como de costumbre.
– Éste es Victor Impronunciable -dijo por fin Michael a la vez que se daba la vuelta.
– Kurylowicz -aclaró Victor al tiempo que le tendía la mano.
Patsy le estrechó la mano y le sonrió.
– Me alegro de conocerte. Michael me ha hablado mucho de ti por teléfono.
– No diría la verdad, espero.
– Dijo que eras un amigo.
Subieron los escalones hasta la cocina y luego pasaron al cuarto de estar, donde se encontraban los dos sofás gastados y las sillas propias de un bazar de oportunidades; desde allí se veía la asombrosa vista del océano ázul y blanco.
– Queréis café? -les preguntó Patsy. Le brillaban los ojos porque estaba contentísima de ver a Michael,
– Sería estupendo -dijo éste.
Cuando Patsy se hubo marchado a la cocina, Victor observó:
– Fíjate en este lugar. Es precioso. No entiendo por qué quieres trabajar en la ciudad.
– Falta de ingresos -le explicó Michael-. Si no fuera por eso, ni con caballos salvajes podrían arrastrarme fuera de aquí.
– Cómo te encuentras? -le preguntó Victor.
– Desequilibrado, si quieres que te diga la verdad.
– Vas a ir a ver a ese siquiatra tuyo?
– Claro, esta tarde.
– Eso del hipnotismo, ¿de verdad sirve de algo?
– Desde luego. Es como vivir la peor de las pesadillas de cada cual. Uno las vive, se pasea por ellas, las conoce bien, aprende a entenderse con ellas…, del mismo modo que tú aprendiste a entenderte con la muerte.
Victor sonrió y miró hacia el mar.
– Sabes lo que me dijo mi padre antes de morir? «Por el amor de Dios, no dejes que el tío Kazyk me pinte los labios. No quiero que me entierren pareciéndome a tu tía Krysta.» Nos reímos tanto que casi se nos saltaron las lágrimas; luego lloramos, de todos modos. Bueno, tenía cáncer.
– Qué hizo que te trasladases desde Newark hasta aquí?
– Nada en particular. Este trabajo fue una oferta que me hicieron, así que me vine.
– ¿No estás casado?
Victor negó con la cabeza.
– Cuando uno ha visto lo que hay dentro de la gente, resulta difícil mantener cualquier tipo de relación física con las personas. Ello, en cierto modo, te hace distanciarte, si entiendes lo que quiero decir.
Patsy volvió con el café. Lo sirvió, se sentó junto a Michael y le dio un beso en la mejilla.